domingo, 3 de abril de 2016

Con un gemido

Hoy quería ver un episodio de Los Simpson en su emisión en abierto en Antena 3. La guía prometía que empezaría a las dos de la tarde, pero ya eran las dos y diez y aún no había terminado Ahora caigo. Y no es que éste me parezca un mal programa, sólo que cuando se acaba sigues igual de ignorante y estás más aburrido que antes.
Después hubo unos minutos de anuncios, con una curiosa insistencia en la promoción de sus propias emisiones.
Por fin empezó el capítulo. Tras los créditos, una escena de unos dos minutos… Y se acabó. Una interrupción de siete minutos para ver anuncios. En ese momento decidí que, por mucho que me aseguraran que se iban a emitir dos capítulos seguidos y sin pausas, ya se me habían quitado las ganas de ver Los Simpson.
Not with a bang, but a whimper. La televisión en abierto acaba así, maltratando a los pocos espectadores que no pueden adaptarse a Internet, ancianos condenados a recibir retales de series entre tandas de anuncios de bollería industrial y de antologías de la copla. Son los programadores los que cobran por hacer así su trabajo. Allá ellos. ≈

Creer en tiempos revueltos

No creo que Elvira Lindo acierte cuando afirma que la efervescencia de procesiones de Semana Santa en todos los rincones de España desmiente el supuesto acoso del que tantos católicos se resienten. Según lo que uno observa, hasta en los pueblos más remotos parecen creerse que, más que expresiones de una fe religiosa, sus procesiones son bienes de peculiarísimo interés cultural y turístico; no es fácil distinguir el idiosincrático atractivo de un desfile de cofrades de Medina de Rioseco, pero así nos lo han prometido en un buen número de anuncios, como si no hubiera una infinidad de localidades a unos pocos kilómetros con una programación similar.

Sean un instrumento para dejarse ver y adquirir una cierta reputación social (como ocurre en buena medida en mi ciudad), sean vehículos de la superstición más majadera (como sospecho de la semana santa sevillana), las procesiones no parecen en ningún caso un despliegue de fuerza de la jerarquía católica, sino ocasiones que los anticlericales aprovechan para ganarse unos cuantos galones combatiendo un enemigo más bien pasivo.
El problema es muy distinto. Los errores de la iglesia católica vienen siendo numerosos, y creo que la agonía lenta a la que le somete la falta de vocaciones, de simpatías y de recursos es una consecuencia de esas debilidades. Pero los acosados son los católicos de a pie, quienes tienen que poner en juego sus convicciones en una sociedad secularizada y con escasa tolerancia hacia las expresiones, aun las más modestas, de una fe que para muchos, en su sectarismo esquemático, está connotada de inquisición, cruzadas, antisemitismo, discriminación de la mujer y abusos sexuales a menores. Sugiero a los curiosos la siguiente experiencia: que a la hora de debatir un asunto corriente como el aborto, la corrupción o la integración de los musulmanes, den a entender que el núcleo de sus creencias es cristiano. En el mejor de los casos los gestos serán de condescendencia; en el peor, muchos no podrán creer simplemente que una persona religiosa pueda opinar con libertad y de buena fe sobre esos temas. Y esto por no hablar de los paternalistas del estilo de Monedero, que usan a los creyentes despistados como mascotas o como coartada para demostrar al mundo lo tolerantes que son, siempre y cuando estén callados y se atengan a su papel como parte del atrezzo.
Y si no quieren probar esa experiencia, comprueben cómo el mundo del arte está plagado de profesionales del escándalo que, en la esperanza de provocar rechazos que les permitan caracterizarse como víctimas de la censura (y nunca, por cierto, de atentados contra su integridad física), se sirven como recurso preferente del uso ofensivo de la iconografía cristiana. ≈



miércoles, 30 de marzo de 2016

Un rito iniciático


Hoy he enseñado a mis hijos un número de Les Luthiers. Porque no han de heredar sólo los defectos.

lunes, 21 de marzo de 2016

Cuatro notas políticas

1- Es imposible que Mariano Rajoy no sepa que ya no puede aspirar a repetir como Presidente.
2- Probablemente, algún miembro sensato del PSOE estará explicándole a Pedro Sánchez por qué el Primer Ministro de un país que debate a cada momento el monto y condiciones de su rescate con, entre otros, España, no está en condiciones de entrometerse en la política interna de esos países.
3- Albert Rivera debería desconfiar de las encuestas. Como se ha demostrado una vez tras otra, todas mienten.
4- Los militantes de Podemos se habrán sentido bastante estúpidos al leer la carta que su líder les dirige, rematada en estos términos: "os quiero". Lo cual, en otras palabras, es decirles: "os exijo que me queráis". ≈

lunes, 7 de marzo de 2016

Cándido en el siglo XXI

Agradeceremos al Comité del Nobel que nos haya presentado a Svetlana Alexievich. En esta conferencia repasa su trabajo recogiendo los testimonios de supervivientes de atrocidades muy próximas y muy propensas a ser olvidadas. Uno ha leído a Primo Levi, a Solzhenitsin, ha estudiado con atención el monólogo del rey Macbeth ante la muerte de su esposa («all our yesterdays have lighted fools / The way to dusty death»); aun así, resulta difícil encontrar un término de comparación, una negrura existencial como la de este ruego: «mamá, por favor, no me ahogues. No volveré a pedirte comida». Las circunstancias de la escena están explicadas en la conferencia. Alexievich conoció a esa madre, estigmatizada durante décadas en su pueblo, y le dio un abrazo. ¿Qué iba a hacer si no?
Pero lo que convierte a esta cronista en alguien extraordinario es su manera de remontarse desde los hechos y sacar conclusiones como ésta:
«Cuando hablo con los jóvenes, les digo que toda nuestra esperanza está depositada en ellos, en las nuevas generaciones que están por venir. Y les pido que no se conviertan en revolucionarios profesionales, que estudien lenguas, que viajen, que reflexionen, que aprendan un oficio o adquieran una profesión. Porque llegarán nuevos tiempos y otra vez nos faltarán profesionales. (...) [En Bielorrusia] no se luchó para recuperar la libertad y, como resultado del desmoronamiento del imperio, se la encontraron como si se tratara de un regalo. ¿Y qué hicimos con la libertad? No supimos manejarla. No teníamos políticos ni economistas profesionales»
Al llegar a estas líneas me resultó inevitable recordar la conclusión de Cándido cuando, después de que él y sus amigos hubieran sido atropellados por guerras, esclavitudes, maremotos, enfermedades, ejecuciones, et cætera, recalan en su alquería y le dice a Pangloss: vuestra filosofía está muy bien, pero hay que cultivar el jardín.
Y no hay más que añadir. ≈

miércoles, 2 de marzo de 2016

El mito del votante escarmentado

El deplorable discurso de investidura del candidato Sánchez consiguió reafirmarme en dos puntos. El primero, la pésima impresión que me había formado del sujeto en el célebre debate contra Rajoy.
El segundo sirve cuando un político cree su obligación hacer promesas a tontas y a locas: entonces la obligación del votante es no creerle. ≈

martes, 1 de marzo de 2016

La tumba de la inteligencia

Elena Mengual ha publicado un buen artículo en El Mundo acerca de los linchamientos digitales que se dan en las redes contra los señalados, a cuenta de debilidades patentes o supuestas, por el capricho de la masa. Una característica notable de estos procesos es que, mientras la identidad de las víctimas siempre está disponible, sus agresores suelen ser anónimos, lo que ayuda a catalizar el ataque y a desencadenar una conducta de masas.
No es sólo cuestión de anonimato. En las redes sociales, y especialmente en Twitter, se tiende a emitir mensajes espontáneos y poco meditados, así como a premiar las expresiones breves y presuntamente divertidas; el resultado puede ser la polarización, la falta de matices y un efecto acumulativo y concentrado que puede ser devastador para el objeto de la atención de la manada. Tal vez quien responde con una gracia de ciento cuarenta caracteres a una metedura de pata o a una expresión risible crea que no causa un daño palpable; ¿podría asegurar lo mismo cuando su mensaje es uno más entre doscientos de parecido tenor?
Twitter no fue creado para ofender a nadie. Según nos cuentan, se hizo como medio para comunicarse con amigos y seguidores con mensajes personales, superficiales e inmediatos: su naturaleza era la intrascendencia. Pero los instrumentos acaban sirviendo para fines imprevistos, no siempre los más adecuados. Si bien puede ser útil que los usuarios twitteen enlaces a noticias interesantes, no parece que podamos esperar gran cosa de, digamos, opiniones políticas que quepan en un formato tan ceñido. Con frecuencia, usos como éstos resultan en las pataletas y las agresiones verbales a las que nos estamos acostumbrando.
No siempre las víctimas de los desaprensivos «se lo buscan»: a Guillermo Zapata le pareció divertido divulgar chistes en los que vejaba de un solo golpe a Irene Villa y a las víctimas de los asesinatos de Alcàsser. Como es natural, le sacaron los colores en el momento menos conveniente, cuando iba a convertirse en el concejal Zapata. Curiosamente, su partido considera que un sujeto así puede ocupar un cargo público. Y el juez Santiago Pedraz, después de que la interesada afirmara no sentirse agraviada por esos chistes, dictaminó que no cabía penar ofensa alguna.
A este respecto, Irene Villa dice lo siguiente:
«Creo que cuando tienes asumido y aceptado en lo más profundo de tu interior tu situación y tu cuerpo, no hay nada que pueda hacerte sufrir o sentirte vulnerable, y mucho menos un chiste, y mucho menos por esta gente que tiene tiempo para reírse de los demás o exaltar la violencia o mofarse del dolor del otro. (…) No hace daño el que quiere, sino el que puede. Y ellos no solamente no pueden, sino que se retratan en sus propios mensajes»
Palabras que completan su declaración judicial y ponen en razón las cosas. Bien lo podría haber dicho así: «a mí no me ofenden esos tweets, lo cual no me impide juzgarlos como una canallada». La ofensa a las víctimas no reside en que éstas se sientan peor por un chiste, sino en que se use su particular desgracia para rebajarlas a meros objetos humorísticos. Pero el ambiente era el que era, y el prudente juez no quiso preguntar a los deudos de las asesinadas de Alcàsser, no fueran a resultar más inoportunos que la flemática Villa...
Uno es escéptico respecto a Twitter. Como medio de comunicación, es perfecto para aburrir a los seguidores con selfies insustanciales y fotos de las tapas que se van a ingerir. Fuera de esto, cuando se pretende usar como canal para expresiones más trascendentes, degenera rápidamente en lo que Cayetana Álvarez de Toledo llamó memorablemente «un vertedero, la tumba de la inteligencia». Lo cual, dicho sea de paso, es un tweet paradigmático. ≈

viernes, 26 de febrero de 2016

Una cita

«La única libertad de importancia perdurable es la libertad de la inteligencia, es decir, la libertad de observación y de juicio practicada en provecho de propósitos intrínsecamente valiosos»

John Dewey, Experiencia y educación, V

miércoles, 24 de febrero de 2016

Cerebros a la fuga, cerebros en busca y captura

Desde el inicio de la crisis, uno de los lamentos más repetidos viene siendo la cantidad de jóvenes españoles que han emigrado al extranjero ante la falta de oportunidades laborales en su país. Un partido político los ha llegado a llamar «exiliados». Este discurso suele asumir dos bases: la primera, que la productividad y la riqueza de los españoles, nuestro futuro bienestar, quedan comprometidos ante ese caudal de conocimientos que se nos va por las fronteras; la segunda, que el fruto del gasto que ha corrido a cuenta del erario público en la formación y el desarrollo de esos talentos finalmente va a repercutir fuera y que, por lo tanto, ese gasto es una inversión perdida. El ingeniero que abandona el mercado laboral español, nos dicen, no sólo se lleva su formación, talento y capacidad de trabajo para aumentar el bienestar y la prosperidad en otras economías, sino que se lleva con él todo el esfuerzo que ha supuesto para los distintos sistemas públicos educarlo y mantenerle sano durante tantos años. ¿No es un suicidio económico para un país prescindir de los beneficios de semejante inversión?
Como suele suceder con todos los argumentos patrióticos, son dos falacias. No veo cómo ha de ser más productivo un ingeniero en paro viviendo en su país que uno trabajando en Alemania. El primero derrocha sus conocimientos, su tiempo y su ánimo en subempleos o languideciendo a costa de su familia. El segundo pone estos mismos elementos al servicio de una actividad productiva, adquiere experiencia profesional y refina sus condiciones para ser un agente económico útil. Como esto es evidente incluso para los que protestan por la fuga de cerebros, la respuesta que cabe esperar de ellos es que la administración debe «estimular» a la economía. No lo dicen con claridad, pero hablan de empresas públicas, de empleo público, de subvenciones y de protección a las empresas nacionales. En otras palabras, transferir artificialmente recursos desde los sectores provechosos hacia otros cuya productividad está en entredicho por depender, al menos en parte, de incentivos ajenos a la utilidad de los consumidores*.
Sobre el segundo argumento ha de hacerse una aclaración. El hecho de que el estado provea de algo a un individuo significa que ese algo deja de ser un bien público. Un titulado español de cualquiera de nuestras universidades públicas no ha contraído una deuda moral; su formación se ha convertido en una posesión suya o, mejor dicho, en una característica personal. Pensar de otra manera está a un solo paso de dar una limosna al pobre con la ridícula admonición: «no se lo gaste en vino»; implica que el estado no sólo debe responsabilizarse de proveer de un servicio, sino también del uso que los particulares hacen del mismo. Y si no podemos prohibir a nuestro ingeniero que emigre —eso sería violar sus libertades—, sólo nos queda encarar limpiamente el enfrentamiento entre lo público de la «inversión» y lo privado del rendimiento que procura. Si este enfrentamiento es considerado como una paradoja, sólo queda conformarse o abogar por las políticas de estímulo que he criticado antes. En cambio, si lo enjuiciamos como una contradicción, impugnamos una de las bases conceptuales de la educación pública y facilitamos un argumento a favor de la privatización del servicio.
Hay otros problemas asociados que merecen un análisis. Por ejemplo, la desproporción entre oferta y demanda de titulados universitarios en el mercado laboral español. Por ejemplo, el hecho de que son los titulados superiores los que emigran. ¿Por qué los ni-nis, a los que suponemos igualmente necesitados de empleo, no lo hacen? ≈

* Nota: El caso de Abengoa nos debería incitar a la reflexión acerca los resultados de tales medidas: una empresa que, impulsada por las subvenciones y los privilegios, abraza una estrategia expansiva por encima de su viabilidad. Ahora, a los cientos (tal vez miles, si pudiéramos cuantificar todas las prerrogativas indirectas y el deterioro que éstas comportan de las condiciones globales del mercado) de millones de todos los contribuyentes de los que ya han dispuesto, se les van a sumar unos cuantos más para financiar la reorganización, despiece y probable liquidación de nuestro buque insignia de las energías renovables. Dados frutos como éstos, cabe preguntarse si el estímulo público es la mejor solución para que nuestros ingenieros se queden en casa.

lunes, 22 de febrero de 2016

Los verdaderos beneficiarios del cambio climático

Marian Tupy nos señala las exigencias a las que nos tendremos que acostumbrar en los próximos años. Según lo establecido en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, para el año 2020 los países desarrollados habrán de proveer al Fondo Verde para el Clima de unos 100.000 millones de dólares anuales, que serán administrados por el fondo Verde para el Clima con el fin de ayudar a los países en estado de desarrollo a «establecer prácticas adaptativas y paliativas que combatan al cambio climático».
Atenta a este contexto tan favorable, la prensa oficial de Zimbabue publica editoriales en los que solicita la donación de hasta un 11% de su Producto Interior Bruto para combatir y aliviar los efectos de las sequías que están sometiendo a una cruel hambruna a la población; estas sequías se entienden como resultados ya patentes del cambio climático. Para Tupy, deberíamos tomarnos esto como una amenaza y advertir que Robert Mugabe, el tirano que gobierna Zimbabue desde hace treinta y seis años, sabe que
«…there are plenty of gullible Westerners willing to believe that the frighteningly vile and comically incompetent government isn't at the root of Zimbabwe's food shortages, but that global warming is to blame. Of course, this is pure nonsense. Botswana and Zimbabwe share a border and their climate and natural resources are exceptionally similar. Yet, since 2004, food production has increased by 29 percent in Botswana, while declining by 9 percent in Zimbabwe. It is not drought but government policies that make nations starve!»
Por supuesto, nada resulta mejor acogido por una burocracia corrupta que una lluvia de millones bienintencionados. Un desarrollo más extenso y con los datos pertinentes, aquí.
Con todo esto, me pregunto si el debate acerca de la naturaleza y gravedad del cambio climático, tan atravesado hoy en día por la propaganda, acabará por resolverse mediante la pura confrontación de intereses entre donantes y beneficiarios. Si a fin de cuentas la oposición de incentivos no será más racional que el choque de eslóganes. ≈

miércoles, 17 de febrero de 2016

El proteccionismo en Castilla y León

Al escuchar ayer en la radio las noticias de Castilla y León, me convencí de que la vida económica de la región está absorbida por estos tres motivos:
— En el marco de las negociaciones de la plantilla de FASA Renault con la empresa, se solicita que, del mismo modo en que la Junta de Castilla y León y la Administración Central invirtieron a medias 500 millones de euros en el último plan industrial de la empresa, vuelvan a «comprometerse» de parecida manera «con el futuro de la empresa» en la región.
— Continúa la exigencia de que el carbón autóctono tenga ventajas frente al procedente del exterior con el fin de proteger los 1.500 puestos de trabajo de la minería, y que se considere ésta como un sector estratégico. Se solicita ahora, más concretamente, que se recargue con impuestos —¿aranceles?— el uso de carbón importado para la producción de energía eléctrica.
— El actual gobierno autonómico nos alerta sobre las consecuencias que tendría la irrupción de otros partidos políticos sobre algo tan sensible como la negociación de las ayudas recibidas en el marco de la Política Agraria Común europea.
Está claro: las tres noticias económicas más relevantes tratan sobre el uso de dinero público para mantener empresas y actividades cuya viabilidad está en entredicho. En otras palabras, sobre el aumento de las cargas a que están sometidos los ingresos.
Adam Smith explicó que los empresarios, con el fin de solicitar protección pública, tienden a hacer pasar su propio interés como si fuera el interés público. En la sociedad de masas y de la opinión pública, este hábito se ha extendido a todos los agentes económicos en tanto sean tan numerosos que tengan suficiente capacidad de presión o de ejercer la violencia y la coacción impunemente. En consecuencia, no son empresarios mineros los que queman neumáticos y ponen barricadas en las autovías, ni es el presidente del Grupo Renault el que amenaza con las catastróficas consecuencias sociales y económicas que seguirían a la desaparición de FASA en Valladolid o Palencia; tampoco los grandes latifundistas son los que paralizan el tráfico con tractoradas. Por mucho que los capitalistas sean beneficiarios de esas protestas, son los trabajadores y los pequeños propietarios quienes las ejecutan con entusiasmo; quienes han logrado unas condiciones comparativamente ventajosas respecto de los trabajadores sobre cuyas espaldas recaen los impuestos efectivos, que cargan la producción de riqueza mediante actividades económicas viables. Se trata del clásico mecanismo, descrito por Milton Friedman, mediante el que un beneficio concentrado para unos pocos supone una carga casi inapreciable para la mayoría que lo tolera.
Cosa extraña, gran parte del público general apoya este tipo de medidas proteccionistas, y las defiende con apelaciones a la dureza del trabajo en la mina, al temor al colapso económico en una región determinada o a la importancia de que los pueblos sigan poblados por esos románticos crepusculares, los trabajadores del campo. Admiten al parecer sofismas económicos y métodos de presión con frecuencia inaceptables. Según creo, es el mismo público que protesta por la tarifa eléctrica y el escándalo continuado de las prejubilaciones; el mismo cuyo contacto con el agro se limita a los dos fines de semana anuales que pasa en una casa rural. El mismo, por cierto, que en su vida particular busca un equilibrio ventajoso entre calidad y precio, con toda lógica, sin preguntarse de dónde vienen los productos que adquiere en el bazar chino.
Naturalmente. En las relaciones económicas en que participamos por propia voluntad, sin que las decisiones estén distorsionadas por la intervención del poder público, el criterio fundamental es el de la eficiencia; es muy raro que se entre a juzgar la justicia —suponiendo que se pueda— de una transacción. El comportamiento económico que refrendamos a diario con nuestros actos no permite, sin contradicción, excluir de esa lógica a determinadas actividades y admitir así a costa de nuestro propio bienestar la formación de una casta protegida de trabajadores de grandes empresas, bancos o «sectores estratégicos». Por lo que sé, esa gravosa desigualdad no ha provocado de momento ninguna queja en firme.
Además de Smith y Friedman, muchos otros (Bastiat, Hazlitt) se han extendido largamente y con buen criterio contra este tipo de proteccionismo. Cualquiera que se proponga estatuir el privilegio de un determinado sector debería enfrentarse al menos una vez a esa obra maestra del panfleto que es Lo que se ve y lo que no se ve. De momento, señalemos cómo estas medidas contribuyen al estancamiento económico de Castilla y León al desencadenar lo que se conoce como tragedia de los comunes: los intereses individuales puestos en juego de manera que perjudican el interés colectivo y provocan una asignación ineficiente de los recursos generales —o los agotan—. Para quienes confiamos en los órdenes espontáneos, es un nuevo ejemplo de cómo las decisiones injustas nos conducen a la pobreza. ≈

martes, 16 de febrero de 2016

Voltaire contra Pascal

Ayer releí la carta filosófica que Voltaire dedicó a Pascal. Había olvidado que en ella discute la famosa apuesta acerca de la existencia de Dios, formulada así en los Pensamientos:
«Vous avez deux choses à perdre : le vrai et le bien, et deux choses à engager : votre raison et votre volonté, votre connaissance et votre béatitude, et votre nature deux choses à fuir : l'erreur et la misère. Votre raison n'est pas plus blessée puisqu'il faut nécessairement choisir, en choisissant l'un que l'autre. Voilà un point vidé. Mais votre béatitude ? Pesons le gain et la perte en prenant croix que Dieu est. Estimons ces deux cas : si vous gagnez vous gagnez tout, et si vous perdez vous ne perdez rien : gagez donc qu'il est sans hésiter. Cela est admirable. Oui il faut gager, mais je gage peutêtre trop. Voyons puisqu'il y a pareil hasard de gain et de perte, si vous n'aviez qu'à gagner deux vies pour une vous pourriez encore gager»
Después de condenar la puerilidad de este argumento, el deísta Voltaire lo refuta apuntando al centro del problema: «l'intérêt que j'ai à croire une chose n'est pas une preuve de l'existence de cette chose». Un amigo podría prometerme el imperio del mundo a condición de que yo le dé la razón. ¡Ojalá esté en lo cierto! Pero, por desgracia para mis ambiciones, no puedo creerle si no me demuestra antes la exactitud de sus convicciones.
Y añade algo más. Si hemos de creer al jansenista Pascal, el camino de la salvación está cerrado para la gran mayoría. El jansenismo, como buena doctrina de la predestinación, prometía la salvación a un número ridículamente pequeño de elegidos («un bonheur infini, auquel, d'un million d'hommes, à peine un seul a droit d'aspirer»). Así las cosas, ¿qué interés tengo en creerle?, le pregunta Voltaire. «No me hable de juego de azar, de apuesta o de jugar a cara o cruz en tanto me atemoriza con las espinas que siembra en el camino que quiero y debo seguir. Su razonamiento no serviría más que para hacer ateos, si no fuera porque la voz de la naturaleza entera nos grita que hay un Dios con tanta fuerza como debilidad tienen semejantes sutilezas».
Voltaire apunta, si bien no termina de exponer, otro defecto mayor de la apuesta. Lejos de ser inocuo o benevolente, el dios de Pascal es exigente, temible; aboca a sus creyentes a un rigorismo moral a cuya altura no pueden sublimarse muchos espíritus. La apuesta de Pascal es muy cara y asimétrica. Si se acierta apostando por la existencia de Dios, se gana una ínfima probabilidad de una eternidad de dicha; si se falla, se obtiene el absoluto vacío como recompensa de una vida de privaciones y, lo que es peor, de la renuncia de las propias convicciones.
Bien pensado, esta discusión es muy poca cosa: otra escaramuza en la guerra de la individualidad contra sus enemigos.
Adenda
Todo se ha dicho ya alguna vez, y con palabras mejor escogidas que las que uno puede llegar a usar. Gracias a este artículo de la Wikipedia aprendo que un tal Hans Jonas objetó a Pascal de la siguiente manera:
«Si prefiero creer en Dios, debo vivir de acuerdo con esa creencia para ganar la vida eterna, lo cual supone renunciar a la vida terrestre. Si gano, lo gano todo; pero si pierdo, es decir, si Dios no es, la diferencia se debe establecer entre mi vida vivida y la nada de la muerte. Como entre la vida y la nada la diferencia es inconmensurable, si bien apostando sobre la existencia de Dios, he perdido todo lo que tiene de estimable. Pero si yo apuesto por el ateísmo y Dios es, pierdo también todo lo que hay de estimable, la felicidad eterna. En los dos casos la pérdida es infinita»
Para los curiosos, aquí hay mucho más. ≈

viernes, 12 de febrero de 2016

Cómo se defiende la civilización

Últimamente las siguientes escenas me han infundido algún optimismo:
Una biblioteca pública llena de personas en silencio, cada cual estudiando sus cosas.
En un huerto próximo a El Escorial dos hortelanos de origen marroquí han puesto mesa y sillas debajo de un árbol. La mañana es tan cálida que permite disfrutar de la sombra y de la brisa. Apaciblemente, sin interesarse por nosotros, están jugando a las damas.
Son las siete y media de la mañana y aún es noche cerrada. Dos hermanos de unos 10 años marchan calle adelante con la mochila al hombro. Se defienden del frío de la mañana con el paso rápido y hundiendo el bozo en el cuello de la cazadora. Tal vez porque es un barrio donde menudean los niños que a duras penas acuden al colegio; tal vez porque al verlos caminando tan decididos me parece entender la voluntad de progresar por el camino del estudio, pienso un poco conmovido: «yo fui uno de ésos» ≈

miércoles, 10 de febrero de 2016

El sufragio contra los órdenes espontáneos

El problema político que se va a plantear con una claridad cada vez mayor es la conciliación entre la influencia de nuestras decisiones en la vida de los demás y la necesidad de defender la autonomía individual de las intromisiones ajenas. Lo que significa, en resumidas cuentas, dudar de la legitimidad de la eficacia que hoy concedemos al voto.
Debo reconocerlo: afirmo lo anterior porque creo que el comportamiento de la ciudadanía está siendo mediocre. ≈

lunes, 8 de febrero de 2016

Una cita excelente

Viene del café de Ocata, y dice esto:
«Cuando oigo hablar a un maestro de lo bien que le sale todo, de lo interesados que están todos sus alumnos, y de lo que se desvivien por aprender, sé que me encuentro o ante un ser divino o ante un farsante»
El resto de la entrada también tiene interés ≈

domingo, 29 de noviembre de 2015

De baja calidad


Una vez que el intelectual Monedero dejó insinuado con su acostumbrada finura que Albert Rivera esnifa cocaína, nuestra atención debería dirigirse hacia otros lados. Concretamente, hacia el centro y hacia los márgenes.
Pablo Iglesias, interpelado por el asunto, se mostró como un meritorio discípulo de Lakoff: «No creo que Rivera tenga ningún problema con las drogas ni pienso que haya tenido ningún problema con la cocaína jamás». Maite Rico, en El País, llama a esto «tender una mano a su rival» y nos demuestra a todos que se puede escribir en periódicos a pesar de padecer de una insensibilidad marmórea hacia el lenguaje. Ignora la comentarista que la declaración de Iglesias está calculada para fijar de una vez por todas en un mismo enunciado la asociación entre el candidato Rivera, la droga y la cocaína. También ignora que el malicioso uso de la expresión «no tener un problema con las drogas» guarda un doble sentido que sin duda celebrarán sus partidarios.
No lo tendremos en cuenta. El País ya nos enseñó que, cuando se trata de Podemos, decir «no me gusta» equivale a una condena sin matices.
Consultar los comentarios al vídeo de Monedero produce, sin el menor agrado, una cierta ambivalencia. En ellos se enredan los que juzgan indigno al intelectual gramsciano con quienes reclaman un análisis de orina, sangre y cabello a Rivera como requisito indispensable para sostener su querella. Estos últimos explican que el error de Monedero no reside en el perjuicio a la buena imagen de la que tanto depende todo candidato político, sino en todo caso en su falta de veracidad: una manera como otra cualquiera de encerrar otra vez a Oscar Wilde en la cárcel de Reading.
Mucho se protesta de la bajeza de nuestros políticos. Uno, cada vez que puede, insiste en preocuparse más por la calidad de los electores ~

jueves, 20 de agosto de 2015

¿Un líder de talla europea?


Desde que Syriza gobierna los griegos parecen tener sólo malas noticias: han empeorado sus resultados económicos (lo cual quiere decir que viven aún peor que antes), han agravado su problema de deuda, han retrasado las reformas económicas necesarias, se han sometido a un corralito bancario, han participado en un referéndum planteado en términos viscosos y cuyo resultado no podía ser tomado en consideración ni siquiera por los convocantes… Estos pobres resultados se rompen contra el dique de la popularidad del Primer Ministro, al parecer intacta a pesar de haber incumplido con entusiasmo sus promesas rupturistas.
La digna, si bien tardía, dimisión de Tsipras después de estos meses de vaivenes, ineptitudes y decepciones aclararía, creo yo, bastante las cosas. Podría ganar las próximas elecciones el único político que representaría para sus votantes una suerte de austeridad de rostro humano, la mejor posibilidad para que la opinión pública griega tolere en una mayor medida las medidas de racionalización económica que la sensatez sugiere. Si Tsipras admite ese papel ante los suyos y ante la Unión Europea, se convertirá en una piedra preciosa que la todopoderosa Merkel estará obligada a custodiar. Sacrificar el temerario oposicionismo de antes le haría paradójicamente más fuerte en el juego europeo de los opuestos que se necesitan mutuamente. Y con ello los griegos saldrían ganando.

Lo iremos viendo con interés, aunque sin mucho optimismo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La memoria es caprichosa

Sí que lo es. Hoy, cuando tanto se habla de cambio y de ponerse al día, me ha venido a la memoria esta joya del cine español. ¿Para cuándo una versión con Will Ferrell y otros cómicos yanquis de esos que no tienen gracia?





Y, ya en serio, echen un vistazo a esta despedida. A veces los americanos me sorprenden de veras.

¡La Reina habla!

Cuando los avances técnicos lo permitieron, el lema publicitario de una película fue: “¡La Garbo habla!”. Ahora vivimos un pequeño revuelo, igualmente publicitario, provocado por la promesa de conocer no la voz, sino las opiniones de S.M. la Reina de España, doña Sofía contenidas en el libro de entrevistas concedidas a Pilar Urbano.


Los avances ofrecidos en la prensa demuestran que, en efecto, la Reina expone con desenvoltura sus puntos de vista sobre la unión entre homosexuales, la política exterior de George Bush, el aborto, la eutanasia y, en fin, los temas sobre los que se discute en tantas sobremesas.

Mi postura hacia la institución monárquica se resume en pocas palabras: prefiero que no exista, aunque no creo pertinente hacer campaña a favor de una república. Quiero decir que no me costará ningún esfuerzo tolerar la monarquía hasta que su existencia o no acabe por constituir un problema; dicho esto, en cuanto me pregunten no dudaré en apoyar la desaparición de reyes, príncipes, cortes (existentes o, como la española, virtuales) y demás acompañamiento. Naturalmente, dada la naturaleza de su posición, la Reina debería haber resistido la llamada de la vanidad y haberse abstenido de participarnos sus pensamientos; pero no es eso lo que me importa.

Atendiendo a los extractos ofrecidos por la prensa, si bien las opiniones de la Reina son las que cabría esperar de una aristócrata de orden que toma el té a la temperatura justa, no se puede encontrar en ellas nada verdaderamente original, ninguna observación que cale más allá de una mera toma de partido. En resumen, nada me incita a leer el libro completo.

Sofía de Grecia ha sido una mujer afortunada; ha pasado una infinidad de veladas en compañía de gentes con las más variadas responsabilidades, ha tratado de tú a tú a los más importantes estadistas, intelectuales, artistas y empresarios; ha podido recibir de ellos orientación para formarse, consejos, puntos de vista variados y bien articulados. Como resultado de esto, nos gustaría haber encontrado argumentaciones mejores que este azote a los republicanos:

"No hay que ser republicano ni monárquico, sino cons-ti-tu-cio-na-lis-ta. Hasta el sindicalista o el comunista más acérrimo, si está con la Constitución, tiene que estar con la Monarquía, que es lo que ahí pone. (...) Hoy, un republicano en España está tan fuera del contexto actual del país como... un monárquico en Francia. Para los republicanos, nadie tiene derechos de cuna. Ahora bien, cuando esos republicanos son ricos, o tienen un negocio, o una casa, ¡bien que dejan las propiedades en herencia a sus hijos! Coherencia, pues"


Basta calificar como pobre la comparación entre la herencia de títulos, cargos y privilegios de casta —los ridícula y reveladoramente llamados “derechos de cuna”— y la de bienes. Reconozco que me he esforzado en asimilar este punto de vista, y sólo llego a advertir que para nuestra pensadora política la alternativa coherente a la monarquía es la socialización de los bienes reunidos en vida por el ciudadano común.

Su aportación a la filosofía del derecho no añade ninguna alegría. Para el orden de ideas de la Reina, el acatamiento de la ley equivale a su aprobación incondicional. Suscita admiración que al decir esto sea capaz de olvidar sus propias opiniones sobre aspectos ya legislados, a veces en sentido contrario al de las normas que el Monarca ha sancionado con su firma.

Vista la sorpresa ajena ante las palabras de la reina, me decido a añadir la mía: es verdaderamente pasmoso que una persona en su posición no tenga nada más que ofrecer. La Reina habla, sí, pero ¿para qué?