Y, ya en serio, echen un vistazo a esta despedida. A veces los americanos me sorprenden de veras.
miércoles 5 de noviembre de 2008
La memoria es caprichosa
Y, ya en serio, echen un vistazo a esta despedida. A veces los americanos me sorprenden de veras.
¡La Reina habla!

Los avances ofrecidos en la prensa demuestran que, en efecto, la Reina expone con desenvoltura sus puntos de vista sobre la unión entre homosexuales, la política exterior de George Bush, el aborto, la eutanasia y, en fin, los temas sobre los que se discute en tantas sobremesas.
Mi postura hacia la institución monárquica se resume en pocas palabras: prefiero que no exista, aunque no creo pertinente hacer campaña a favor de una república. Quiero decir que no me costará ningún esfuerzo tolerar la monarquía hasta que su existencia o no acabe por constituir un problema; dicho esto, en cuanto me pregunten no dudaré en apoyar la desaparición de reyes, príncipes, cortes (existentes o, como la española, virtuales) y demás acompañamiento. Naturalmente, dada la naturaleza de su posición, la Reina debería haber resistido la llamada de la vanidad y haberse abstenido de hacernos participar de su pensamiento; pero no es eso lo que me importa.
Atendiendo a los extractos ofrecidos por la prensa, si bien las opiniones de la Reina son las que cabría esperar de una aristócrata de orden que toma el té a la temperatura justa, no se puede encontrar en ellas nada verdaderamente original, ninguna observación que cale más allá de una mera toma de partido. En resumen, nada me incita a leer el libro completo.
Sofía de Grecia ha sido una mujer afortunada; ha pasado una infinidad de veladas en compañía de gentes con las más variadas responsabilidades, ha tratado de tú a tú a los más importantes estadistas, intelectuales, artistas y empresarios; ha podido recibir de ellos orientación para formarse, consejos, puntos de vista variados y bien formulados. Como resultado de esto, nos gustaría haber encontrado argumentaciones mejores que este azote a los republicanos:
"No hay que ser republicano ni monárquico, sino cons-ti-tu-cio-na-lis-ta. Hasta el sindicalista o el comunista más acérrimo, si está con la Constitución, tiene que estar con la Monarquía, que es lo que ahí pone. (...) Hoy, un republicano en España está tan fuera del contexto actual del país como... un monárquico en Francia. Para los republicanos, nadie tiene derechos de cuna. Ahora bien, cuando esos republicanos son ricos, o tienen un negocio, o una casa, ¡bien que dejan las propiedades en herencia a sus hijos! Coherencia, pues"
Basta calificar como pobre la comparación entre la herencia de títulos, cargos y privilegios de casta —los ridícula y reveladoramente llamados “derechos de cuna”— y la de bienes. Reconozco que me he esforzado en asimilar este extraordinario punto de vista, y sólo llego a advertir que para nuestra pensadora política la alternativa coherente a la monarquía es la socialización de los bienes reunidos en vida por el ciudadano común.
Su aportación a la filosofía del derecho no añade ninguna alegría. Para el insólito orden de ideas de la Reina, el acatamiento de la ley equivale a su aprobación incondicional. Suscita admiración que al decir esto sea capaz de olvidar sus propias opiniones sobre aspectos ya legislados, a veces en sentido contrario al de las normas que el Monarca ha sancionado con su firma.
Vista la sorpresa ajena ante las palabras de la reina, me decido a añadir la mía: es verdaderamente pasmoso que una persona en su posición no tenga nada más que ofrecer. La Reina habla, sí, pero ¿para qué?
martes 25 de marzo de 2008
Inesperada lección de ética (periodística)
El artículo ya está plantado en los jardines ajenos. Que nadie se lo pierda por ningún motivo; mañana, la traducción -tengo que practicar un poco-. De nada.
viernes 7 de marzo de 2008
miércoles 13 de febrero de 2008
Mikel Buesa en el Ateneo de Ourense: “Las organizaciones terroristas saben que no pueden vencer al Estado; lo que procuran es su desistimiento”
Pasó entonces a examinar la actitud del Gobierno de Zapatero respecto al terrorismo, orientada hacia la negociación desde su llegada al poder. Buesa propuso tres motivos hipotéticos que explicarían la adopción de esta nueva postura. La primera de ellas sería la influencia de intelectuales cercanos al Presidente como el politólogo Ignacio Sánchez Cuenca, autor de ETA contra el Estado, quien propone, basándose en principios de la teoría de juegos, la concesión de objetivos políticos a la banda terrorista como estrategia eficaz para el fin de la violencia. La concepción de este profesor “explica a Zapatero un terrorismo nacionalista que hasta entonces no sabía afrontar”, e influye notablemente a miembros prominentes del PSE como Jesús Eguiguren.
La segunda razón consistiría en la presión a la que el Presidente del Gobierno se vio sometido al gobernar en minoría. Sus pactos con grupos como PNV, EA, IU o ERC, para los que Batasuna y ETA ya se habían convertido en interlocutores, supusieron también “un aval” para la nueva política propuesta por Zapatero.
El ponente realizó una valoración de los resultados de la negociación. A pesar de la declaración aprobada en mayo de 2005 permitiendo los contactos con ETA en ausencia de violencia, nunca se realizó una verificación pública de la renuncia a los métodos terroristas. Desde el comienzo de la negociación se han contabilizado 15 oleadas de cartas de extorsión, 800 actos de terrorismo callejero que han terminado con una víctima mortal, 37 heridos y siete millones de euros de pérdidas materiales; mayo de 2007 fue el mes de mayor violencia, provocando la renuncia de cargos electos de unos veinte ayuntamientos y permitiendo así el acceso de ANV a alcaldías para las que no había conseguido votos suficientes.
Mikel Buesa denunció también la ruptura de la homogeneidad de trato por parte de los fiscales —dependientes del Gobierno— hacia las víctimas del terrorismo. En esta legislatura, siempre a instancias de las fiscalías, se ha fijado la mayor indemnización por un atentado para un diputado socialista (tres millones de euros para Eduardo Madina, quien perdió una pierna en un atentado) mientras que en el juicio por los atentados de marzo de 2004 en Madrid las víctimas que sufrieron secuelas físicas de mayor gravedad han recibido un millón y medio de euros.
martes 12 de febrero de 2008
Zapatero no se equivoca
miércoles 6 de febrero de 2008
Con la iglesia hemos topao
Es curioso comprobar cómo hay críticos muy rígidos de la teocracia islamista que, cuando la jerarquía católica interviene en el debate político, abjuran por un momento de su rigidez y defienden la libertad de expresión de los obispos.Pues no, señor Espada, no pueden entrar en un mismo saco un régimen teocrático y la intervención política de la jerarquía católica en una democracia liberal. La Conferencia Episcopal hace uso de sus libertades cuando dice lo que le da la gana en un país donde cuenta con adeptos, contrarios e indiferentes. Mientras tanto, en los países islámicos los habitantes disponen de una sola receta religiosa, moral y cívica. Son problemas muy distintos. Por mi parte, podré entrar a debatir con los obispos cuando no esté de acuerdo con ellos (vale decir, casi siempre), aunque defenderé su interés en influir, siempre que sea educadamente, en la sociedad a la que pertenecen, como hago con todo el mundo.
Puestos a encontrar incoherencias, yo propongo esta otra:
Es curioso comprobar cómo hay críticos muy rígidos de las declaraciones políticas de la jerarquía católica que, cuando la Junta Islámica pide explícitamente el voto para su propio partido, abjuran por un momento de su furor laicista y no dicen ni pío.Creo recordar que ya me había pronunciado sobre el laicismo y la iglesia católica...
martes 29 de enero de 2008
Conferencia de Ricardo Moreno
Ricardo Moreno Bustillo, Catedrático de Instituto, Profesor Asociado de la Universidad Complutense y autor del Panfleto antipedagógico, inició ayer un ciclo de conferencias acerca de asuntos de actualidad organizado por UPyD en Ourense con una exposición sobre Las falacias de nuestro sistema educativo. Al acto, celebrado en el Ateneo de Ourense, asistieron más de doscientas personas.
La intervención comenzó con una revisión crítica del estado de la educación, sobre todo desde la reforma concretada por la LOGSE. "Es preciso reformar la enseñanza", afirmó, "más que innovarla". Para él, la formación de ciudadanos de un estado democrático ha de basarse en criterios y técnicas ya experimentadas y cuyo valor y eficacia han sido sancionadas históricamente por su uso.
Ricardo Moreno incidió en que, en una España donde nunca se habían dado mejores condiciones de prosperidad material y de libertad política, el ambiente en colegios e institutos ha degenerado y los resultados académicos resultan ser más pobres. Achacó el estado actual de cosas a la "jerga pedagógica" y a la manipulación de conceptos como el de motivación: "en principio, nadie está motivado para estudiar del mismo modo en que nadie está motivado para trabajar; es algo que se hace por obligación".
Explicó también que los autores de la actual reforma se defienden de sus críticos alegando que los profesores no la aplican adecuadamente. "Son argumentos que se asemejan mucho a los usados por los franquistas para descalificar a los que disentíamos del régimen dictatorial", afirmó para luego encarecer la labor de los docentes: "La mayoría de los profesores nos demoramos enseñando materias que no estamos obligados a impartir porque recibimos a alumnos que no han adquirido nociones imprescindibles para abordar el temario del curso".
Las falacias
Para el conferenciante, las falacias en las que se basa el sistema educativo público son las siguientes:
-A pesar de que la educación es un derecho, su conculcación (por ejemplo, a cargo de los alumnos que sabotean las clases) no puede sancionarse.
-La obligatoriedad de pertenecer al sistema educativo hasta los 16 años impide que un niño se encamine hacia el aprendizaje de un oficio desde los 12. En la práctica, los alumnos no pueden decidir sobre su propio futuro aunque sí sobre el de los demás.
-La creencia de que la enseñanza ha de bajar su calidad en aras de una mayor democratización.
-La pretensión de resolver simultáneamente dos problemas que sólo pueden abordarse consecutivamente: educar a quienes quieren estudiar y resolver lo que han de hacer quienes no quieren.
-El dogma del antiautoritarismo y la eliminación de un castigo proporcionado y razonado ante conductas indeseables del alumno. "Para educar también hay que frustrar y reprimir", porque no todos los comportamientos son admisibles en sociedad.
Por último, descartó analizar en términos ideológicos las bases de la LOGSE señalando que él sólo trataba de enfrentar el sentido común a "la estupidez".
lunes 21 de enero de 2008
Subvenciones high-class
Es una cita de Manuel Ramón Llamas, catedrático emérito de Hidrogeología, extraída de este interesante artículo de El País. Lo que me lleva a reproducirla es que, salvando las idiosincrasias y el tipo de subvención al que se alude, yo pienso exactamente igual respecto de los agricultores terracampinos.
Leguina no descansa
Vamos que, al final, van a tener razón los muy próximos a Rodríguez Zapatero cuando aseguran que el gran activo político del actual presidente del Gobierno es que "tiene muy buena suerte".
miércoles 16 de enero de 2008
Nuestra Agustina de Aragón
Solo quería decirte que no te pierdas la portada de este domingo de El semanal del periódico "El Mundo" (creo que es de ése; no estoy seguro, pero si no asegúrate). Ya me la comentarás, sale Rosa Díez. A mí me parece un exceso, pero aguardo impacientemente tu opinión. Un saludo.
Respuesta, 16 de enero de 2008:
Por fin he visto a nuestra Rosa disfrazada de Agustina de Aragón. Lo único que se me ocurre, amigo Gonzalo, es pensar en la confusión habitual entre información y espectáculo. Aquí van algunos matices que yo creo interesantes:

Si Rosa Díez tiene un defecto es el derivado de una personalidad muy extrovertida que le hace aproximarse a veces al límite del ridículo. En este caso, además, se dedica a rememorar la figura de Agustina intentando atraerse, a dos siglos vista, algunos de los atributos que se atribuyen a la primera: gallardía, liderazgo, valor y tal. Evidentemente, eso responde al concepto de sí misma que tiene Rosa, lo que me hace pensar en que los políticos con frecuencia deberían dejar en manos de los demás la cuestión de su imagen.
Tampoco quiero ser injusto. Rosa tiene muchas más cualidades muy positivas y siempre ha afrontado, en términos de coste incluso personal, los perjuicios que le ha traído mantener posturas políticas la mar de respetables.
Por último, piensa que la relación entre los medios de comunicación y las instancias que desean salir en los primeros es de puro chantaje: o sales en mi revista haciendo el indio o no sales. Y, no es por nada, de alguna manera hay que salvar el boicot mediático y financiero al que nos someten...
Un saludo enorme.
lunes 14 de enero de 2008
Modelo para (al)armar(la)
¿Se puede saber qué tengo de malo?
Todos contra Paulino Cubero
Han elegido tus versos, Paulino, pero no te arriendo la ganancia. Por eso te confío solemnemente toda mi solidaridad y te deseo toda la paciencia del mundo, que buena falta te va a hacer.
martes 18 de diciembre de 2007
Háganme caso y pasen una feliz Navidad

Vicente Verdú, en un artículo publicado hace un año, nos llamaba aguafiestas a los antinavideños y encarecía la fiesta aduciendo que la economía nacional se sostiene en buena parte gracias a los gastos disparatados asumidos por los consumidores (digamos que el consumidor es el resultante económico de la destilación del ser humano). Un argumento de primoroso utilitarismo, pero que ignora que a fin de cuentas el capital siempre encuentra la manera de moverse entre los millones de bolsillos del Leviatán.
No quiero irme por las ramas. Voy a pasar las fiestas en familia, pero muy lejos de España y con muchas cosas sobre las que pensar. A la vuelta a lo mejor hay algo interesante que contar. O no.
Aquí va mi mensaje. Sean felices en estas fechas. No es un deseo sino un consejo, porque quien es infeliz en Navidad es doblemente infeliz. Y lo digo en un tono ligero porque no ignoro que tener ilusión es mucho más importante que ser feliz.
Ah, y conozcan este villancico.
Diviértanse, pero no se rían
Fidel Castro, ayer.
lunes 17 de diciembre de 2007
miércoles 5 de diciembre de 2007
Culpas y responsabilidades
Boleros y tangos (tesis condensada)
martes 4 de diciembre de 2007
Dos películas
Hablar de una película entretenida y que da que pensar es fácil. La trama discurre alrededor de un caso de fraude e intoxicación masiva a cargo de una firma de fertilizantes químicos. Sin embargo, y para beneficio del espectador, la anécdota actúa meramente como un paisaje; importan mucho más los personajes, la red de intereses, motivaciones y conflictos que se abre ante nuestros ojos cuando surge una crisis inesperada.
Si hubiera de resumirse el todo en una tesis, ésta afirmaría que el trato con el mal, con la decisión éticamente incorrecta, suscita la degeneración de la persona. Karen Crowder (Tilda Swinton, a la que siempre me alegra ver en pantalla), la ejecutiva que desencadena conscientemente una atroz cadena de crímenes, vive al filo del ataque de pánico una existencia infeliz y solitaria. Arthur Edens, abogado dedicado durante años a marear la perdiz en beneficio de la empresa contaminante y de su bufete, ha de perder el juicio (¡enamorándose!) para recobrar el sentido moral. Michael Clayton, solucionador de problemas extraoficiales, a cambio de su dedicación de años al pasteleo recibe el desprecio de sus jefes, una insatisfacción crónica y una vida, intuimos, también muy solitaria.
Hay una escena memorable. Michael Clayton, en compañía de su hijo, tropieza con su espectral hermano Timmy, a quien debe buena parte de sus amarguras. Pasado el incómodo encuentro, a Michael le abruma el terror ante la perspectiva de que el futuro del niño acabe por parecerse al del tío drogadicto. Detiene el coche y asegura a su hijo, expresando más un deseo que una convicción, que ve en él una fuerza de la que el tío Timmy carece, que no es la clase de persona que desbarataría su vida de esa manera; ya que no puede evitar el riesgo, trata de conjurarlo. Este diálogo desvela con claridad la desesperación del padre y su voluntad de seguir siempre adelante.Sólo el final, inevitable peaje a pagar para que el espectador disfrute de un cierre a la trama de corrupción, mengua el interés que despierta el resto de una película muy correcta.
Beowulf meets Lara Croft
La última película de Zemeckis recoge el cantar de Beowulf y, tras aplicarle unos cuantos pases de guión para construir una trama más enteriza, nos lo presenta, sin miedo a la artificialidad de la imagen, en formato digital.
A pesar de que, como buena película CGI, lo maravilloso ocupe la pantalla buena parte del metraje, sorprende la cantidad e importancia de unos diálogos que no se limitan a un mero carácter enunciativo. La calidad del guión nos demuestra que se pretendía hacer una película adulta en un formato asociado al cine infantil —ahora llamado familiar—.
La pregunta se nos impone a todos al terminar de verla: ¿por qué hacer una película de animación digital para conservar los rasgos de los personajes, para esforzarse en recoger incluso los matices expresivos mediante un complejo y ultratecnológico método? ¿No se podía haber procurado una solución del estilo de 300? ¿No habría resultado más económico que los 150 millonazos declarados en su coste?
Cuando Umberto Eco afirmó que hacemos un uso masturbatorio de la tecnología no se refería al enorme negocio de la pornografía en Internet, sino a nuestra disposición a pasarnos largos ratos usando aparatos sin más propósito que el de disfrutar con su simple manipulación. Descontemos que la palabra “masturbatorio” para Eco contiene una carga peyorativa sin duda heredada de su educación en los colegios religiosos de los años 40 y preguntémonos si no tiene razón: ¿no es cierto que todos nosotros nos hemos dedicado horas y horas a manejar el ordenador sin obtener ninguna utilidad real, simplemente por el gusto de descubrirle aplicaciones y funciones nuevas y sorprendentes?
[En esta escena Beowulf pasa una noche en el museo de cera]
Es lo que le pasa a la productora, a Zemeckis y a todos los implicados con Beowulf. “Go wild!”, dijo el director a sus guionistas, “¡a lo loco!”, que el dinero no sea problema para hacer algo verdaderamente espectacular. Confían en que el logro tecnológico —ignorantes de que a fin de cuentas nuestra capacidad para maravillarnos ante los próximos hitos ya se nos ha estragado por culpa del incesante caudal de novedades con que Hollywood nos ahoga en todo momento— nos haga más interesante la experiencia cinematográfica, pero obligan a los espectadores a enfrentarse a texturas artificiales, movimientos caricaturescos (¡qué mal nadan los hombres, qué mal galopan los caballos!), colorines que evocan más certeramente un videojuego de última generación que una genuina ilusión de realidad, tal vez más lograda —y conseguida— en intentos del estilo de Final Fantasy. No desentona la aparición de la un tanto desabrigada Lara Croft incorporando a la madre de Grendel (los desnudos con píxeles no perturban nada, por si ésa fuera la intención), si consideramos el aspecto de Playstation que tiene toda la función.
Y todo esto, ¿con qué beneficio? Pues con el de permitirse largas tomas en las que se pase de planos de detalle a grandes panorámicas para volver a nuevos detalles, etcétera. Para lucirse, vaya. Por ejemplo, al comienzo se nos epata con un prolongadísimo movimiento del campo de visión desde la sala donde se celebra la fiesta, con especial atención a un par de ratas; una de ellas es capturada por una ave rapaz; la rata y el ave desaparecen (demostrando que su efímero protagonismo era completamente artificioso, una interpolación absurda), pero el movimiento de cámara continúa sin transiciones y a velocidad de vértigo, atravesando las secas y puntiagudas ramas de unos árboles cada vez más próximos a la guarida de Grendel, a quien entreveremos en otro detalle sufriendo por el ruido de los daneses jaraneros. Nada, nada, nada que no se hubiera podido resolver de manera más barata (en términos económicos y expresivos) con una sucesión de tomas que encadenasen la sala inicial y los paisajes sucesivos hasta llegar, por fin, a la cueva.
Si el propósito era escapar a las incómodas leyes del montaje y la fragmentación cinematográficos, el intento es fallido por dos motivos: primero, porque el montaje en el cine es el mayor proveedor de recursos expresivos, la contextura misma del lenguaje audiovisual; segundo —y relacionado con el primero—, porque el propio Zemeckis, con toda su presunción técnica, no puede renunciar al montaje. Ni a otras cosas: para dar una cierta apariencia de realidad, en la mayoría de los planos se desenfoca aquello que no se sitúa en primer término, tal como aparecería en una película de imagen real.
Lo dicho: ¿para qué?
lunes 3 de diciembre de 2007
Gaudeamus igitur ignaros dum sumus...
¿Y se puede saber cómo se tituló en la Universidad, y aun ingresó en ella, esa mayoría?
Hoy estoy contento
¿Qué podría ocurrirme condigno a mi alegría? Pues el ser por un día el sexto Jackson y bailar la robot routine con el bueno de Michael mientras canto Dancing Machine...
O cantar September con un falsete perfecto en compañía de Earth, Wind & Fire.
La felicidad, imagino, debe de ser abrumadoramente hortera.
jueves 22 de noviembre de 2007
Ha muerto Fernando Fernán Gómez

Una imagen para el recuerdo: La venganza de Don Mendo. La escojo porque viéndola lloré de risa, y reír es lo más parecido a la felicidad que he conocido. Como para estar agradecido, vaya.
lunes 19 de noviembre de 2007
Una aportación de Fale
Ayer Fale me dijo lo siguiente sobre un amigo suyo: "Lo que le pasa es que es una persona con criterio. Y tener criterio es algo muy conveniente para todo el mundo, menos para él".
Todavía me estoy riendo.
viernes 16 de noviembre de 2007
Juicio sobre Manuel Marín
Estoy de acuerdo en los dos juicios.
lunes 12 de noviembre de 2007
Ahí os quedáis: ilustres precedentes
Su Majestad el Rey se enfada y se las pira, pero esto no es original. Sarkozy ya lo había hecho. Y Fernando Delgado, María Antonia Iglesias y Rosa Regàs.
Y también Isabel San Sebastián.
Me acuerdo, claro, de Carme Chacón.
Por no hablar del más ilustre precedente: Chábeli Iglesias Preysler.
viernes 9 de noviembre de 2007
La inteligencia, la raza y Watson
Menuda marimorena. James Watson, todo un premio Nobel y descubridor de la disposición en forma de doble hélice de la estructura molecular del ADN, se ha mostrado escéptico respecto a una supuesta pusilanimidad que impide reconocer que no todos los grupos humanos han sido igualmente agraciados en sus facultades intelectuales. En consecuencia, todo un tumulto se ha desatado atizado por los medios de comunicación, concluyendo con la rectificación pública del ilustre biólogo y con su destitución de algún cómodo cargo honorario. A la mayoría le indignaron las declaraciones; unos pocos aludieron al escepticismo científico para que se examinasen en lo que aquéllas pudieran contener de verdad. En general, me quedo con la impresión de que pocos se molestaron en explicarse, siquiera a sí mismos, sus propias razones.
[Una tía con inteligencia]Como estos revuelos se repiten de vez en cuando, recordé los arrebatos pasados a consecuencia de la publicación en 1994 de The Bell Curve, libro en el cual Richard J. Herrnstein y Charles Murray desarrollaban científicamente parecidas ideas y la relación entre la inteligencia, su supuesta heredabilidad, el estatus social obtenido en las sociedades desarrolladas y los grupos étnicos. Como quiera que los autores afirmaban la diferencia entre etnias en el aspecto intelectual, se vivieron entonces pasiones parecidas a las contempladas hoy. Ángeles Caso, por ejemplo, hizo pie en sentimentalismos y en el peso de su furor para publicar en un dominical un tierno pero olvidable artículo cuya síntesis vendría a ser: “si no queremos que sea cierto, ¿cómo vamos a tolerar lo que afirman estos racistas?”. Estas líneas, espero, aportarán argumentos para que algunos sepan por qué deben pensar como piensan.
Aunque no nos resulte fácil definirla, guardamos un consenso práctico acerca de lo que es la inteligencia. Estamos acostumbrados a valorar a nuestros semejantes como personas más o menos espabiladas de una manera similar a como estimamos su belleza o su buena educación. No es algo mensurable, sin embargo, de la misma manera en que lo son la estatura, la masa corporal o la velocidad a la que se recorre una distancia. En estos casos hablamos de la simple medición de determinadas características según un criterio universal, como lo puede ser un metro de platino iridiado o un reloj en buena sincronía. Cuando se trata de la inteligencia, en cambio, nos referimos a la adecuación de las capacidades de una persona a un concepto, con todo lo que éste tiene de intangible y aún irreal; no nos permite clasificar a los individuos linealmente, como sí podríamos hacerlo por ejemplo siguiendo el criterio de la estatura. Es más: si preguntamos a alguien por qué considera a una persona como inteligente, ésta seguramente responderá con una suma de observaciones, tales como que comprende rápidamente los problemas a los que se enfrenta, que siempre sacó buenas notas sin estudiar gran cosa, que manifiesta una agudeza particular en su contemplación de la realidad, que habla con propiedad, que tiene buena memoria, que resuelve cálculos lógicos y matemáticos con facilidad o que completa los sudokus que la mayoría abandona. Pensamos, pues, en muchas facultades tal vez heterogéneas. Los tests de inteligencia proceden de una manera parecida. Se han fabricado concibiendo a priori cuáles son los factores relevantes para su estudio, y objetivándolos en una serie de ítems a los cuales se les conceden pesos diversos según la importancia que se les supone para una teórica capacidad global. El resultado total es producto de un determinado cálculo estadístico, esto es, un artificio y no una medición simple. Elevar este artificio a entidad biológica es un vicio de reificación o, dicho más filosóficamente, de hipóstasis.
El problema de la inteligencia es, como se ve, uno de los más espinosos de la psicología teórica y aplicada, y en particular de la psicometría. Tomemos, por ejemplo, la definición ofrecida por el excelente manual de Psicología de D. E. Papalia y Sally Wendkos Olds:
De esta definición me interesa destacar tres aspectos. El primero, la naturaleza mixta del concepto, su integración de herencia y ambiente. El segundo, el reconocimiento de la descomposición de la inteligencia en una serie, seguramente ampliable, de capacidades heterogéneas. El tercero, el principio teórico según el cual existe una única facultad que se expresa (“da como resultado”) en esa serie de capacidades. Los dos primeros, según lo hasta ahora sabido, son difícilmente atacables. Por el contrario, el tercero viene a asumir con excesiva candidez la existencia de una inteligencia global sin recordar su carácter de complejo teórico.

Todo se complica aún más cuando usamos en grupos artificialmente constituidos unos tests ideados para ser aplicados en individuos. En el caso que consideramos, se quiere agrupar a los individuos según criterios étnicos y raciales para proceder luego a una comparación entre colectivos. Antes de afrontar la pertinencia de dichos criterios, me permito reconocer que no se me ocurre ningún buen motivo por el cual sea interesante o conveniente establecer tales comparaciones, del mismo modo en que no deja de admirarme la coincidencia según la cual quien compara grupos étnicos siempre resulta ser defensor de la noción determinista de la inteligencia. Lo cual, a mi entender, delata importantes e indeseables prejuicios ideológicos en un tema en principio exclusivamente “científico”.Este determinismo se funda en determinados cálculos de la heredabilidad de la inteligencia. Descontando el hecho de que seguramente no podemos suponer tal capacidad en términos biológicamente definibles, estos coeficientes han sido producto de investigaciones falseadas, como lo eran la mayoría de los estudios que tomaban como sujetos a gemelos monocigóticos separados al nacer. Además, establecer una causalidad simple entre el “patrimonio genético” y una facultad tan volátil es sumamente complicado: algunos científicos calculan que en la inteligencia se inmiscuiría hasta un 40% de los genes de cada individuo, lo cual disminuye en mucho la posible heredabilidad de la aptitud y la validez de su carácter consecuente respecto de una determinada carga genética.

En este punto nos conviene recordar la diferencia entre genotipo y fenotipo. El genotipo, o estado de los genes de un individuo, es producto de la herencia. El fenotipo es conjunto de las propiedades morfológicas, fisiológicas y conductuales del individuo; siendo en buena medida una consecuencia del genotipo, se diferencia de éste en su naturaleza cambiante y en su constante desarrollo. Un individuo puede reunir en su genotipo las más favorables condiciones para ser un excelente atleta, pero su desarrollo como tal dependerá de que las desarrolle mediante el entrenamiento o de que siga una vida sedentaria, esto es, de la evolución de su fenotipo. Pues a este último ámbito es al que correspondería incluir la inteligencia. Esto, se debe insistir, no supone negar redondamente la influencia genética sino incidir, dada su condición derivativa, en su posible modificación.
El concepto de raza no nos ofrece mayores seguridades en su aplicación a la especie humana. De entrada, ahora sabemos que en poblaciones bien delimitadas hay tal variabilidad genética que incluso dentro de una misma familia podían comprenderse lo que antaño se entendían como razas distintas. Por ejemplo, en todas las poblaciones humanas se manifiestan todos los grupos sanguíneos, aunque se adviertan distintas proporciones dentro de los grupos. Para ayudar en la explicación de estos particulares nació el concepto de raza geográfica, definida como una “población de individuos diversos que se emparejan libremente entre sí, pero diferente de otras poblaciones en cuanto a las proporciones medias de diversos genes”. Como efecto de esta definición cualquier población local relativamente aislada se entiende como raza, lo cual, sumado a la gran variabilidad genética dentro de las poblaciones, conduce a que ya no puedan describirse prototipos raciales como los que exhibían las enciclopedias de antaño.
Distintos estudios han examinado la codificación genética de las proteínas en todos los grupos humanos —esto es, lo que verdaderamente determinan los genes—, con el resultado de que el 75% de los tipos de proteína son monomórficos, idénticos en todos los seres humanos. Si hay alguna diferencia entre poblaciones, debería hallarse en las proteínas polimórficas, presentadas en dos o más formas alternativas como ocurre, por ejemplo, con los grupos sanguíneos A, B y O. Se ha encontrado que ningún gen polimórfico —determinante de proteínas polimórficas—
discrimina tanto a un grupo como para que pueda ser considerado racial. Por tanto, las diferencias genéticas entre poblaciones humanas son insignificantes. Aún más: se sabe que la variabilidad genética dentro de los grupos es mucho mayor que fuera de ellos. Tan grande que, si un cataclismo acabara con toda la humanidad menos una sola población —constituida por, pongamos por ejemplo, aborígenes australianos—, esa comunidad aseguraría la preservación del 85% de la variabilidad genética humana. Lo cual nos lleva a que el concepto de raza humana sea rechazado por la inmensa mayoría de los científicos: de forma muy reveladora, más entre los biólogos que entre los antropólogos culturales. Los rasgos diferenciadores que permiten a algunos hablar de razas humanas son enteramente superficiales o se expresan en facultades o características simples. Y la inteligencia, sabemos, no es una facultad simple.
En apretado resumen de todo lo anterior, expuesto de manera acaso un tanto abstrusa: la inteligencia es un constructo originariamente teórico y aglutinante de capacidades tan diversas que son difícilmente unificables en un solo dato numérico; lo cual compromete tanto la postulación de una causalidad biológica simple como sus posibles heredabilidad e inmutabilidad; del mismo modo, la existencia de razas humanas sólo se sostiene siguiendo criterios superficiales o arbitrarios, lo que descalifica cualquier comparación entre colectivos, cuyo resultado seguramente expresará desigualdades de estatus socioeconómico y de riqueza ambiental y no diferencias genéticamente determinadas.Como se ve, fueron muchos los aspectos ignorados por el elemental, querido Watson cuando decidió meterse en semejante camisa de once varas. Aquí solamente se han señalado algunos. Es deseable que sirvan en la medida de nuestras posibilidades para quitarnos de encima esas malignas supersticiones de la inteligencia y de la raza en las que recaemos una y otra vez, y examinemos con claridad cuáles son los motivos últimos de nuestro regreso a prejuicios a veces aparentemente resguardados por argumentaciones científicas. Y propongo que nos decidamos de una buena vez a afrontar la pregunta más importante: ¿qué queremos hacer de nosotros mismos en el futuro? Creo que, una vez admitida la modestia del barro con el que estamos confeccionados, deberíamos inclinarnos por una constitución voluntarista de lo humano, más basada en lo que deberíamos ser que en lo que somos. Tal vez otro día me explique mejor a este respecto.
scargas eléctricas, la sobremedicación o la lobotomía. Y también me gustaría recordar que la teoría de la evolución, aplicada a las sociedades humanas, podría explicar cualquier cosa y su contrario, lo que nos debería invitar a la prudencia si queremos servirnos de ella para sancionar ciertos usos, por simpáticos que nos resulten, o actos de problemática moralidad. Un vicio al cual eran aficionados Herbert Spencer y Pekka Eric Auvinen, por ejemplo.Todo ese maravilloso volcán de emociones, sentimientos y pensamientos que definen a una persona, ¿se podrán algún día reducir a meras fórmulas bioquímicas?
No, no lo creo, y además no tendría ninguna utilidad. Hay partes del cerebro que realmente pueden ser descritas en términos bioquímicos y podemos describir cómo funcionan las neuronas, pero no podemos explicar que una persona se comporte de una determinada manera, porque eso depende de sus relaciones con los demás, de las influencias sociales y culturales que recibe. La complejidad del cerebro es tan enorme que resulta imposible describir lo que hacemos sólo en términos de reacciones bioquímicas o neuronales.
Fin de la cita. Al margen, le diré que procuro animar a todo el mundo a que aporte su nombre en Internet porque detrás de los anónimos suelen ocultarse quienes no aportan razones ni argumentos (no es su caso), los que formulan descorteses juicios de intenciones (como lo es el aludir a mi posible "buenismo" o tenerme peyorativamente por un "progre") y los trolls (tampoco es su caso). Usted verá si se trata de ser un figurón o no. De todos modos, le aclaro que está por demostrarse que yo haya tildado a nadie de racista, tanto en el artículo como en estos comentarios. Además, para que vea, estoy muy de acuerdo con usted en la existencia de un racismo inherente al ser humano y en que debemos "extremar la vigilancia".
1º Nunca he negado la existencia del determinismo biológico. Sí he criticado un determinismo ingenuo que pretende convertir a la genética o a la configuración cerebral en un "explicalotodo". A día de hoy, los conocimientos al respecto nos exigen prudencia. Los factores ambientales tienen un peso enorme, y los datos nos permiten sospecharlo así en el caso que nos ocupa, que es el de la inteligencia.
2º Como podrá comprobar pinchando en el enlace a la entrevista a Damasio, la pregunta tan cursi acerca del "maravilloso volcán de emociones", etcétera, corresponde a la periodista, de repente apoderada por el estro poético. Si aparece todo amontonado en un mismo párrafo provocando la confusión se debe a las deficiencias en la edición de los comentarios.
3º Parece confiar bastante en el control del comportamiento mediante la farmacopea. Sin subestimar los enormes logros en este campo, le debo advertir (puesto que he trabajado en ello) de que no suponen, ni mucho menos, una panacea. Cualquier psiquiatra le podrá comentar que el uso de un "paquete de pastillas" es como matar moscas a cañonazos.
4º Y dale con el buenismo. Limítese a argumentar, hombre, y deje de colgar etiquetas.
5º La naturaleza no es bondadosa ni cruel. Es lo que es y se acabó. Aplicarle categorías morales es como suponer intenciones a los animales, error típico de tantos documentales de vida salvaje y demás.
6º El homo sapiens se diferencia de otros mamíferos en que su evolución y desarrollo diferencial, si se puede decir así, es muy tardía; las idiosincrasias étnicas o "raciales" son, en consecuencia, superficiales.
7º Mucho cuidado con irse formando una casuística pescando de aquí y de allá ciertos estudios... Conclusiones estadísticamente significativas pueden no significar NADA en nuestra experiencia cotidiana. Por ejemplo, la archiconocida y archidemostrada superioridad de los hombres en pruebas lógicas y de las mujeres en pruebas verbales.
8º El nihilismo trascendental entiendo que escapa a los términos del debate. La pregunta contenida en el último comentario me resulta sencillamente incomprensible.
Pasemos por alto el hecho de que la gran mayoría de los habitantes de las sociedades industriales avanzadas no comprende las leyes que rigen a las partículas subatómicas (¿tal vez no se les ha transmitido la adecuada mutación genética? ¿De qué mutaciones hablamos? ¿Quién las ha demostrado?). Entiendo que no se menciona una hipótesis bastante menos atrevida y más parsimoniosa, que cabría examinar: que la magnífica adaptación de un masai, un inuit o un occidental a sus respectivos entornos se debe a su historia individual de aprendizaje y no a que su "rama evolutiva" haya privilegiado capacidades cualitativamente distintas. ¿Es acaso un vicio de "petición de principio" el suponer a priori que todos los seres humanos tienen facultades homologables? ¿No es más indebido suponer, igualmente a priori, que según la etnia o la "raza" a la que se pertenezca las capacidades intelectuales varían hasta un nivel significativo en nuestra vida cotidiana? En mi criterio (absolutamente científico: véanse las indicaciones de Mario Bunge sobre la investigación y su necesidad de enmarcarse en una determinada línea de conocimiento sin hacer indebidos saltos epistemológicos) lo que se ha de demostrar en todo caso es la diferencia de capacidades según las poblaciones, no la igualdad.
No afirmo, aclaro, que no se puedan formular tales preguntas en términos científicos; afirmo que todavía no se ha podido hacer; ni mucho menos, de momento, demostrar. ¿Dónde está el estudio que haya evaluado EN IGUALDAD DE CONDICIONES las capacidades intelectuales de distintas muestras, digamos, étnicas? Porque es así como se plantean los problemas en el ámbito científico y lo demás es una conversación de sobremesa. Las hipótesis no son más científicas porque vayan contra las ideas aceptadas; la osadía (que no es lo mismo que el libre pensamiento, mucho ojito con esto) no aporta un valor de veracidad; sí lo hace la capacidad de generar, dentro de una tradición científica, nuevas líneas de investigación que profundicen en campos del conocimiento susceptibles de plantearse preguntas en los particulares términos que exige el método hipotético-deductivo. Es decir, hay preguntas científicas y acientíficas, y hay opiniones sin mayor valor. Es acientífico preguntarse por la existencia de Dios, las implicaciones del súper-yo o nuestra dependencia respecto de la posición de las constelaciones. Afirmar que el africano está a priori menos capacitado para entender el funcionamiento de una economía compleja, por ejemplo, es una opinión emitida sin que de momento haya base alguna.
Luego podríamos hablar de los momentos en que se produce un cambio de paradigma, pero por de pronto ése es otro cantar...
Creo, además, que ligar el mayor o menor éxito de determinados programas de desarrollo a las capacidades de sus beneficiarios es de una enorme temeridad. Como lo explica muy convincentemente John Kenneth Galbraith en "Naciones ricas, naciones pobres" y lo sabe hasta el mismísimo Milton Friedman, no se pueden introducir patrones económicos complejos ni procesos de producción industrial en sociedades donde la población en general no ha accedido a una formación suficiente y donde hay un mercado basado en el sector primario. Pero eso no depende de que sean más o menos inteligentes ni de que tengan unas capacidades distintas, sino de los distintos trayectos recorridos por dichas sociedades. Es decir, que se trata de un problema más apto para las ciencias sociales que para la biología.
Para terminar, señalaré que creo detectar una cierta tendencia a considerar como falsas, sin mayor examen, las posturas que coincidan en apariencia con lo "políticamente correcto". No creo representar ese tipo de discurso porque me esfuerzo en argumentarlo hasta donde me es posible. Por eso veo como una inconveniencia un tanto irritante que se me insista tanto en que me corrija, basándose únicamente en que he representado tales puntos de vista. He recibido formación científica y me he preocupado por la epistemología; no soy un "progre", ni un "buenista", y me trae sin cuidado ser políticamente correcto; no me pronuncio sobre todos los temas que se me presenten porque me apetece ver las cosas por mí mismo y sólo hablo de lo que creo comprender. Y como no conservo complejos al respecto, me considero, sin un rastro de arrogancia pero tampoco de pusilanimidad, un librepensador. Las etiquetas no van conmigo, y no tengo la mala costumbre de aplicarlas a los demás. Sobre estos malos hábitos intelectuales seguramente me pronuncie en un artículo como es debido.
anonimo dijo:
Intervengo en el debate para exponer lo que creo un ejemplo de la evolución de las especies a través de la transmisión genética. No hace mucho, una persona anormalmente alta, dos metros veinte, dos metros cuarenta, carecía de ventaja competitiva. No los querían ni en los ejércitos ni siquiera para hacer de muerto (eran muy visibles, muy expuestos en el combate, necesitaban más alimento, su agilidad no era buena, etc..). Se exhibían en ferias de circo de tres al cuarto como "pasen y vean al gigante". Hoy día, el baloncesto, en la sociedad occidental, tiene gran predicamento. Esos humanos excesivamente altos, han encontrado un nicho de éxito social. Tienen éxito con las mujeres. Engendran hijos, muchos de ellos muy altos y así sucesivamente. Unos genes que provocan un crecimiento que da poca ventaja competitiva durante miles de años, no tenían muchas posibilidades de transmitirse. Ahora, son genes que se transmiten a toda velocidad. Las mujeres quieren ser altas porque las más cotizadas modelos lo son y buscan tíos altos para reproducirse. Antaño, una mujer excesivamente alta sobre la media, no tenía nada que hacer. Esta es la evolución de las especies.
Los genes que se transmiten son los que dan alguna ventaja competitiva en un nicho adecuado cuando ello supone "exito". Lo mismo que los genes de la altura, sucede con todos, sean constitutivos del desarrollo cerebral o sean constitutivos del color de la piel. La piel es un órgano más del cuerpo, como lo son los huesos o lo es el cerebro. De todos modos, los genes propiciatorios de la inteligencia tecnológica, tan apreciada en occidente, no se transmiten con la abundancia que se supondría, debido a que las personas de inteligencia tecnológica, se reproducen menos, por su propia complejidad mental que parece hacerles desistir de tener descendencia.
En cuanto a las teórías físicas complejas, efectivamente, muchas personas pueden estudiarlas, aprenderlas y usarlas. Pero comprenderlas, realmente lo que se dice comprender sus implicaciones, es otra cosa muy diferente. Mucha gente que cree comprender la teoría de la Relatividad de Einstein (hay quien piensa que estableció que todo es relativo, cuando realmente estableció verdades absolutas del Universo como que la velocidad de la luz en el vacío es de 300.000 Km/Seg, independiente de la velocidad que lleve el objeto emisor de la luz o que la masa equivale a una energía según la famosa ecuación E=M x C2), lo que comprende son los ejemplos que expuso (el espacio se curva como cuando sobre una membrana tensa, dejamos caer una bola de acero. La membrana se comba, como lo hace el espacio por efecto de la gravedad, y la bola rueda absorbida hacia el centro, y cosas así, pero esto es muy elemental) para que se pudiera entender lo que quería decir. Sin embargo, la inteligencia de Eisntein no estaba preparada para comprender la física cuántica e incluso llegó a negar que eso pudiera ser cierto, el que una partícula atómica pudiera ser al mismo tiempo materia y onda de luz, la existencia de los quarks, etc...
Hay muchos tipos de inteligencia, y ninguna es superior a la otra; es clásico lo de las mentes dotadas para la música o para la pintura. En cada medio se transmite con más profusión, por ser más necesaria o más apreciada en ese medio, la que más "éxito" tiene en él. Hace dos mil años, unos griegos podían filosofar debajo de un higuera comiendo almendras porque no tenían que defenderse de los leones. Los africanos si tenían que defenderse de los leones. No estaban para filosofías. Los genes que acaban transmitiendose durante cientos de años en dos ambientes tan diferentes, sobre todo a nivel de constitución cerebral, son muy distintos. Identificarlos, poder actuar sobre ellos, etc,.., es otra cosa, que sin duda se logrará. La medicina, sin duda, también altera la transmisión genética. A principios del siglo pasado, el gen de la diabetes mellitus prácticamente estaba en recesión. Los seres con esa enfermedad, no prosperaban, no se reproducían. Hoy es un gen en expansión. La insulina permitió a esas personas con ese mal, llevar una vida bastante normal y reproducirse. Hoy hay cientos de miles de personas portadoras de la diabetes mellitus.
Por otra parte, no hay que temer hablar de razas, porque existen. Un negro no sólo se diferencia de un blanco en el color de la piel. Su nariz se ha adaptado a respirar aire caliente y la del blanco a aspirar aire frío. Un chino tiene la piel amarillenta y los ojos cubiertos de grasa en los párpados para protegerlos del frío. Hay otras muchas diferencias, pero estas son muy visibles (los genitales serían visibles si fueramos desnudos). Pretender que las diferencias se detienen en los aspectos externos es ilógico.
Estoy de acuerdo con el interviniente anónimo anterior en que los mayores casos de racismo, los más sangrientos, por así decirlo, y los más difíciles de combatir son las persecuciones "racistas" dentro de la misma raza, las que han prodigado los nacionalistas: es de otra raza el que se me opone políticamente. Esto si que no tiene nada que ver con los genes. Debería estudiarse como un trastorno de la personalidad de los que lo siguen y lo creen (es evidente que muchos de los que lo promueven, sólo están aprovechándose de los otros).
Fdo: Carlos
anonimo dijo:
Soy aficionado a estos temas y he seguido este debate. Le diría a Argüello que esa preocupación por el anonimato y no anonimato, pudiera tratarse de una patológia. Llega en un momento a olvidarse de poner su nombre y escribe de nuevo para decir que el artículo anterior era de él. Supongo que el último comentario también es de él, no aparece firma, y tampoco se ha dado cuenta para rectificar el "fallo", lo que puede indicar algún tipo de furia interna.
Me ha dado la impresión que los intervinientes al artículo original de Argüello están tratando de hacer una defensa en general de la figura de Watson más que debatiendo punto por punto el pensamiento de Argüello, muy acadecimista (a mi entender) en su exposición. En general, la postura de los intervinientes anónimos me ha quedado más clara que la del Sr. Argüello, que me parece más de templar gaitas, (que no se enfade)independiente de que pueda uno estar de acuerdo con lo vertido en cada caso.
Soy liberal, por eso visito éste periódico, y en general, los liberales olfateamos a distancia a los colectivizadores. Por ejemplo, esa complacencia que parece demostrar Argüello cuando se apoya en el economista Galbhrait comparado cuando menciona al economista liberal, "y hasta Milton Friedman", dice, no sé, no sé....; es como cuando un agnóstico abortista, intentando apoyar un argumento ante un antiabortista, dice que "y hasta el Obispo tal mantiene lo que digo yo". Es como cuando los fabianos tratan de pasar por liberales a la espera que llegue su hora. Es ese tufillo de azufre colectivo que no sé, no sé,...
Lo que no sé es mucho de genes y evolución, pero hay cosas que se ven a las claras. Un individuo, adecuadamente enseñado, puede aprender muchas cosas, está claro. Pero que existe una predisposición en cada individuo para una cosa más que para otra, está más claro todavía. Se ve hasta en los niños pequeños, a simple vista, vamos, sin que haga falta hacer muchos análisis. El socialismo, en la URSS, pretendió hacer un "hombre nuevo". Cambió el ambiente durante sesenta años y ya vemos ahora el hombre nuevo que ha hecho: ninguno (en realidad, creían más en la teoría de la evolución de Lamark que en la de Darwin; esto si me lo sé porque leí la biografía del chiflado soviético Lysenko).
A una persona se le puede enseñar educación pero cambiar su naturaleza, imposible. La cabra siempre tira al monte. Parecemos muy civilizados en nuestra sociedad occidental, pero si un día el hiper se queda desabastecido por una huelga u otro percance serio, salen las navajas ante los estantes. He pasado alguna situación de esas (una leve huelga de transportes, no te digo si es algo más grave) y no vi a nadie decir, "no, por favor, coja, coja usted éste último pack de leche...". Aparentemente pacíficas mujeres, con sus carros, arrollaban a ancianos, niños y lo que se pusiera por delante entre ellas y el estante menguante del pan y de la harina... Bueno, pero si hay hasta hostias para hacerse con las últimas entradas de un derby de fútbol y entre gente perfectamente trajeada y perfumada (eso lo he visto,), que no es ningún bien básico para la subsistencia. En fin.
Lo que no cabe duda es que Argüello sabe despertar el misterio. Esperamos ansiosos ese artículo que está pensándose escribir. Lo escribirá, no lo escribirá, lo escribirá, no lo escribirá,....??. Emoción, intriga, dolor en la barriga.
anonimo dijo:
Tengan en cuenta los intervinientes que Argüello da su nombre y tiene blog propio, con lo que evidentemente, nunca podrá hablar con el desparpajo y contundencia que lo hacen los anónimos.
Dicho esto, creo que Argüello hace una extensión del principio ético "todos los hombre son iguales ante la ley", que se han dado las personas civilizadas a sí mismas, (lo que es una novedad en la historia humana, prácticamente tiene menos de cien años frente a millones de años de evolución) al campo biológico "todos los hombres tienen o están dotados de las mismas capacidades de aprendizaje, o de entendimiento", o de inteligencia, o algo así, lo que es rotundamente falso. Incluso ese principio ético de todos iguales ante la ley, desde el punto de vista de la evolución puede ser pernicioso: es algo extraño a la naturaleza, donde todo está jerarquizado.
Cada vez veo más mezclados temas morales (y no digamos ideológicos) con temas biológicos. Los genes "quieren" transmitirse, para bien o para mal, son ciegos, y usan para ello como herramientas a una rata, una tortuga, una sabandija o una persona. No debe olvidarse. No tienen ninguna finalidad. Sólo transmitirse.
Miguel Argüello dijo:
Insisto en que se me está haciendo decir lo que no he dicho.
Carlos: acepto el ejemplo sobre la transmisión de la estatura, pero no me parece comparable con la inteligencia, que muy probablemente implique una enorme cantidad de genes (como ya dije, se estima que hasta un 40%), lo cual complica la posibilidad de una heredabilidad simple. No niego la transmisión genética, sino la creencia de que cualquier cosa depende sobre todo de los genes; hay unos caracteres que mucho y hay otros que no tanto.
Si consiguiéramos hacer nacer un clon de Einstein ahora mismo, lo más probable es que con una formación adecuada (nada espectacular) comprendiese lo que hoy en día es conocimiento científico corriente. Las limitaciones del insigne científico se debían a que era un hijo de su tiempo, no a que no estuviera biológicamente preparado.
Los africanos (¿se da cuenta de lo enorme que es el continente como para englobarlo en un solo brochazo?) hacían más cosas aparte de defenderse de los leones: cada tribu creó una tradición oral y una cosmología, por ejemplo, en sus ratos libres, tal como lo hacían los normandos y tantos otros.
Le cito: "Los genes que acaban transmitiendose durante cientos de años en dos ambientes tan diferentes, sobre todo a nivel de constitución cerebral, son muy distintos. Identificarlos, poder actuar sobre ellos, etc,.., es otra cosa, que sin duda se logrará". Vale, no me cierro a la posibilidad de tal logro, pero seguimos esperando. Mientras no se identifiquen tales genes no se pueden hacer afirmaciones categóricas al respecto. En el terreno de las ciencias naturales NADA es evidente por sí mismo.
De acuerdo con lo de los nacionalismos. No hay nadie más antinacionalista que yo. Pero no sé que pinta el nacionalismo en este asunto, la verdad.
Anónimo: por decirlo suavemente, su aportación a este debate no puede ser descrita como constructiva. Se esmera en descalificarme (tal vez padezco una "patología" o una "furia interna", desprendo "tufillo de azufre colectivo"...) y luego argumenta con un "hay cosas que se ven a las claras". Si ese es el nivel en el que se mueve, usted a lo suyo; y siga teniéndose por liberal, si gusta.
Último anónimo: No se trata de ampliar el principio político y ético de la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos al campo de la biología, y creo que nunca he sugerido tal cosa. Sí afirmo que mientras no se demuestre lo contrario (y NO se ha demostrado, requeteinsisto) debemos conservar el supuesto básico de que las capacidades intelectuales no varían en función de las poblaciones. No porque sea lo más bonito, sino porque es lo más prudente en términos epistemológicos. Creo que quien ha aportado al debate datos y razones fuera del ámbito moral he sido yo; no me atrevería a decir lo mismo de otros intervinientes -le diría quiénes, pero no puedo... (es broma)-.
miércoles 7 de noviembre de 2007
Nace un blog
Comenzamos con un instructivo artículo en el cual se reflexiona como es debido sobre ciertos aspectos de los servicios públicos. Gracias al Feedburner se podrán consultar las sucesivas actualizaciones mediante los enlaces correspondientes en la columna de la derecha.
martes 30 de octubre de 2007
L'irritation de M. Sarkozy
Descontada la acritud en sus reacciones, me parece que la retirada de la entrevista no es una mera espantá, sino una reacción digna y humanizadora del estadista. La decisión de emitir estas imágenes, eso sí, me parece indignante y alejada de la estatura que se le supone al mítico 60 minutes. Uno tiene estas manías: despreciar el off the record, el rumor, el margen de la noticia, lo que no se concibió para ser público.
lunes 29 de octubre de 2007
El caso del nen
Un tipo pega a una persona en el metro de Barcelona, la acción queda grabada y los medios la difunden repetidamente, lo que desencadena una espiral de comentarios. Al final las circunstancias acaban prevaleciendo sobre el hecho en sí. Un fenómeno de nuestros alterados tiempos. En sus célebres coplas, Jorge Manrique afirma que lo presente en un punto se es ido y acabado. Una idea obvia que ya no nos vale. Hoy el presente sigue siendo presente mientras duren las pilas.
En el caso de la agresión, la posibilidad de análisis colectivo en vez de aclarar las cosas las enturbia. El agredido estaba borracho o sereno, la víctima era una chica ecuatoriana. Los temas del día eclipsan el caso: violencia de género, racismo, conducta incívica, inseguridad. Detalles sin importancia a la hora de afrontar lo ocurrido: A pega a B y punto. La legislación tipifica los delitos con claridad y añade atenuantes y agravantes que permiten al tribunal ajustar el dobladillo y la sisa. Con eso debería bastar. El debate sociológico tiende a convertir los actos individuales en síntomas de nuestro entorno, a diluirlos en el amplio panorama de lo colectivo. Si el agresor hubiera elegido una víctima de otras características, nada habría cambiado en el fondo. Por ejemplo, si hubiese atacado a un luchador de sumo, habría mostrado más valor, no más civismo; el resultado habría sido distinto y las imágenes más divertidas, pero no el carácter delictivo del ataque. El que uno esté en condiciones de repeler una agresión no la justifica ni disminuye su gravedad.
Pero tampoco se puede repeler el presente de la imagen, así que en el futuro habremos de decidir si seguimos con el sistema jurídico ancestral o si juzgamos a bulto y entre todos. Luego está la realidad, claro: el dolor, la vejación, el miedo. Pero esto sólo es presente para quien los sufrió.
jueves 25 de octubre de 2007
Constatación antipática
Lo advierto con una sensación un tanto heladora: sólo yo comprendo al viajero que contempla con falsa impavidez la paliza del malote a la chica; su cobardía y la humillación que aquélla comporta en un mundo, según parece, repleto de héroes.
lunes 22 de octubre de 2007
Así se las ponían a Carod-Rovira
Josep-Lluís Carod-Rovira se enfrentó a unas preguntas muchas veces formuladas en un tono poco amable o incluso hostil, pero que no atendían al verdadero meollo —y enigma— de su nacionalismo identitario. Él se demostró demócrata y respetuoso de lo que pueda señalar la consulta sobre la independencia que él propone; lo demás fue llevar a término la típica profecía que se cumple a sí misma (bien dicho, mujer-pez): después de haber sido muy antipático con España cosecha la antipatía de los demás y la expone como la razón última de su desafección hacia España. ¿Por qué se le preguntó sobre su respeto al resultado de un referéndum de anexión a Cataluña en la Comunidad Valenciana? Naturalmente va a respetarlo, en primer lugar porque no le queda otro remedio. ¿Son ésas las agudas preguntas de la ciudadanía anónima?
No, no se debe reñir a Carod-Rovira porque piense lo que piensa, ni porque aliente una unión de “los Países Catalanes”. Se le debe indicar, y a ser posible con todo respeto, que se reconoce y estima cada una de las lenguas que existen y se usan en España, y que es lo más natural del mundo que quien quiera trabajar en Cataluña deba saber catalán; que sabemos que es un político sometido a las urnas, claro que sí, y que usa de su capacidad de influencia en la medida en que el sistema parlamentario se lo permite, faltaría más. Pero se le puede hacer escuchar lo que cada uno piense en torno a la relación entre Cataluña y el resto de España: en opinión de mucha gente no del todo desinformada, Cataluña ha sido secularmente beneficiada en su desarrollo económico por el Estado; el castellano no sólo ha sido un idioma de imposición, sino también adoptado por la sociedad catalana porque ha sido de gran utilidad para sus hablantes; basarse en supuestos y discutibles agravios históricos para fundamentar una idea nacional es una trampa que echa el lazo a las emociones con objetivos más oportunistas que racionales; un estado más grande garantiza mejor la defensa del bienestar, los derechos y las libertades de sus ciudadanos (y si no, véase el caso del País Vasco). Y se le pueden hacer preguntas muy democráticas: ¿Qué opina de que el Conseller Vendrell encarezca a Terra Lliure porque ayudó a “despertar conciencias”? ¿Es cierto que se penaliza a los comercios que no rotulan en catalán? ¿Eso incluye a las franquicias de Burger King? ¿Es cierto que el castellano ya no se usa como lengua vehicular en ningún centro educativo público? ¿No es cierto que su partido cultiva un rechazo a España no solamente achacable a la desconsideración de los vallisoletanos españolistas? Por ejemplo, ¿no es cierto que el único boicot promovido por un político ha sido el dirigido precisamente por Carod-Rovira contra la candidatura madrileña a los Juegos Olímpicos? ¿De verdad hemos de creernos que en sus dos reuniones con ETA —una de ellas desempeñando ya una importante responsabilidad institucional— se limitó a decirles que debían abandonar las armas? ¿No bastaba para eso una declaración pública, una llamada o una carta? ¿Qué opina de la escasísima participación en la consulta acerca de la modificación del Estatuto catalán?
Y se puede añadir: no, hombre, no; piense usted lo que le dé la gana, pero no me hable en nombre de Cataluña.
sábado 20 de octubre de 2007
Todos nacionalistas
Para los gobernantes del Bloque es preciso impugnar el uso del castellano en Galicia mediante una acusación directa: se trata de un idioma que se introdujo como resultado de una imposición. Esto se puede discutir de varias maneras. Por ejemplo, planteándonos si así se describe efectivamente una verdad histórica. Cierto es que la lengua gallega siempre permaneció fuera de las escuelas y de las instituciones oficiales; pero también lo es que entre los propios gallegos ha cundido durante decenios la idea despectiva de que el vernáculo era el idioma de lo rural y analfabeto mientras el castellano representaba a la urbe y la cultura. Ese prejuicio hacia el idioma, creo, no es atribuible a la pérfida España, ni al tiránico (y ferrolano) Franco, ni a los Reyes Católicos… Es más bien culpa de los mismos que lo alimentaron al ridiculizar a sus hablantes y al decidir ignorarlo.
Además, se puede plantear una pregunta muy osada: y si el castellano ha sido impuesto durante siglos —insisto en que me parece muy discutible—, ¿cuál es el problema? Los acontecimientos históricos abundan en crímenes, invasiones, conquistas y catástrofes, y todas las personalidades, aun las aparentemente más benignas, han sido objeto de debates historiográficos acerbos y a menudo superficiales sobre su significado y valor. Que sean más o menos simpáticos, mejores o peores, que arruinasen o enriqueciesen a la sociedad que lideraron, son opiniones un tanto desvaídas sobre unos hechos que forman inevitablemente parte de nuestro equipaje o, por decirlo a la manera cursi, de nuestro patrimonio histórico. Vacunémonos con Borges:
Como los drusos, como la luna, como la muerte, como la semana que viene, el pasado remoto es de aquellas cosas que puede enriquecer la ignorancia -que se alimentan sobre todo de la ignorancia. Es infinitamente plástico y agradable, mucho más servicial que el porvenir y mucho menos exigente de esfuerzos. Es la estación famosa y predilecta de las mitologías
El castellano, impuesto o no, es hoy en día tan autóctono como el gallego. Ambos son lenguas romances, y la Roma imperial no se distinguía precisamente por pedir permiso para ocupar territorios… Para los nacionalistas la historia será interpretable como la incesante lucha de un pueblo contra el opresor español o castellano o qué sé yo. Para mí, atribuir significados e intenciones a hechos y personas pasados desde los intereses actuales es manipular aquello que sólo debería estar en manos de historiadores especialmente conscientes del deber de ahorrarse valoraciones sobre su materia. Es, en suma, crear mitologías.
En el terreno político los niños simbolizan la inocencia y el ciudadano del futuro. Y el Bloque no nos da gato por liebre, sino gato por gato, cuando se manifiesta un tanto indirectamente a favor de instruir lingüísticamente a los futuros gallegos mediante medidas sustantivas etiquetables sin miedo a exagerar como “ingeniería de almas”. ¿Podríamos fiarnos de que en este caso la enseñanza en gallego va a ser independiente de una sobrecarga ideológica de tinte nacionalista? ¿Qué se enseñará acerca de Galicia? ¿Y sobre España? Distinguiré a toda velocidad entre instrucción y adoctrinamiento: la primera trata sobre hechos demostrables y la segunda sobre constructos ideológicos; así, cuando se explique a las criaturas que “Galiza é unha nazón” se caerá en el adoctrinamiento y no en la instrucción, dado que ese estatus de nación está radicalmente en entredicho, es objeto de opinión. Y la pregunta más incómoda: ¿qué distingue en las galescolas a la formación de la imposición? Cuando Anxo Quintana habla para los medios españoles elude sin problemas estas cuestiones; cuando hace una declaración para sus adeptos, en cambio, no deja de recurrir al victimismo y al tradicional asoballamento del pueblo gallego. Esta diversidad de discursos es como para desconfiar, la verdad.
Al final del anuncio, los niños empiezan sosteniendo las letras que componen la palabra LIBERTAD. Un par de pases mágicos y… ¡voilà! Pasa a ser LIBERDADE. La escena está hábilmente trazada para que el rechazo al castellano no sea evidente aunque quede implícito. A falta de un análisis semiológico más competente, el paso del inicial castellano al gallego resultante no me parece inocente. Dicho de otra manera, ¿por qué no se opta por simultanear las dos palabras en un escenario bilingüe?
Trataré de explicarme con claridad. El gallego es una lengua viva y en buen uso, y por lo tanto debe ser respetada y representada adecuadamente en las instituciones y en los centros de formación. Es la creación de las galescolas, o la imposición —ahora sí— de unas cuotas de materias a impartir en uno de los dos idiomas lo que genera un nuevo y eludible problema. En el ámbito de la educación pública el profesor podía escoger con naturalidad el idioma en que impartía sus clases; la consellería ahora lo decide por él, y con ello nos incita a todos a debatir cuáles son las cuotas más adecuadas. Desconfían del creciente uso del gallego por parte precisamente de los jóvenes más instruidos y prefieren dictar leyes sustantivas —las más peligrosas, las que se deben tratar con más tacto o sencillamente evitar— para precipitar un proceso natural y para caer una vez más en la típica hipóstasis esencialista de convertir un instrumento, el idioma, en un símbolo.
Lo que más me disgusta del nacionalismo, sea el del Bloque o cualquier otro, no es su inclinación a abusar de la propaganda agresiva y falaz, sino su insistencia en hacer brotar de la casi nada problemas y debates, por qué no decirlo, improcedentes, y que esos debates se nos hayan impuesto con tanto éxito. Nos hacen adoptar una y otra vez un lenguaje que sólo les beneficia a ellos: la deuda histórica, la víctima, el enfrentamiento con la potencia exterior, la nación por encima de todo. Olvidan siempre que los impuestos no los pagan los territorios, sino los ciudadanos. Se preocupan mucho por Galiza y poco por el futuro de los gallegos, mucho por la lengua gallega y poco por los galegofalantes. Nos obligan a entrar en el juego de preguntarnos “¿qué territorio recibe partidas presupuestarias más jugosas?”. Hacen creer que el interés de los ciudadanos se ha de confundir o subordinar al de una entidad más abstracta que trascendental como es Galicia. Nos convierten, en fin, a todos en nacionalistas.
Tampoco es para extrañarse: los gobiernos de Fraga ya se habían deslizado sin complejos por la senda de un galleguismo populista, y el fláccido socialismo actual no parece encontrarse en disposición de cambiar los términos del debate. Pero somos muchos —creo no equivocarme— quienes estamos hartos de la política tal como se viene entendiendo en los últimos años y queremos otra cosa. Para regenerar la democracia necesitamos crear un lenguaje nuevo, y algunos ya nos afanamos en ello. Si se les ha despertado la curiosidad, no tienen más que entrar en http://www.upyd.es/ para considerar lo que se allí se propone.
miércoles 17 de octubre de 2007
Hola a todos
martes 16 de octubre de 2007
Os que mandan en Galiza
En torno a la renuncia
Ya sabemos que la metáfora del camino se utiliza con asiduidad para referirse a la experiencia vital. Sea al hablar de un currículum vitae o carrera de la vida, del itinerario que alude a lo previsible de las etapas recorridas, o de los populares versos de Machado que primero niegan la figura para luego abrazarla con toda la fuerza, es muy difícil escuchar a alguien que contemple su propia vida sin referirse a ella como un trayecto con sus accidentes: cuestas, pendientes, curvas o recortes abruptos se entrelazan con las anécdotas referidas con toda naturalidad y de manera casi imperceptible para el oyente. No obstante, la imagen se antoja muy limitada. Aunque consista precisamente en una transposición de la dimensión temporal a la espacial, no da cuenta satisfactoriamente del movimiento incesante de la vida, del inevitable transcurrir del tiempo, como sí lo hace otra imagen muy común aunque menos sancionada por el uso cotidiano, la del río. La metáfora fluvial describe adecuadamente la fuerza del tiempo que forma parte de la contextura misma de la experiencia. Uno penetra en el agua y puede flotar y nadar formando parte ya, siquiera como cuerpo extraño, de un elemento fluyente en el que puede desenvolverse y a cuya corriente puede resistirse, pero siempre en vano. Por una parte, las fuerzas se agotan y cunden más cuando se usan a favor del sentido que toman las aguas; por la otra, dejarse flotar es dejarse llevar.
Ambos casos vuelven a ser diversos, aunque en otro aspecto son complementarios. El camino terrestre siempre conduce a encrucijadas en las cuales el viajero puede tomar partido por cualquiera de las alternativas. Por el contrario, quien se desplaza corriente abajo del río deja atrás desembocaduras incapaz de considerar nada al respecto, imposibilitado para que los juicios y deseos que se pueda formar cuenten. El caminante es soberano y su decisión es activa, el navegante vive pasivamente en la constricción de sus capacidades. Quien recorre la metáfora del camino puede ir y volver, arrepentirse e incluso corregir sus malos pasos, equivocarse y acertar o incluso probar suerte sin miedo a cometer errores insalvables. Quien boga en la metáfora del río sabe que es inútil gastarse en esfuerzos contra la corriente y que la ruta ya está trazada de antemano, incluso si él ignora adónde le conduce —a pesar de que Jorge Manrique ya nos lo explicó en toda su crudeza—. Si la vida como camino nos incita a pensar en un trayecto decidido, ese trayecto puede estar efectivamente determinado o recorrerse al albur del capricho o el azar, pero al menos existe la posibilidad de decidir un destino; por el contrario, el río va a parar necesariamente en "la mar, que es el morir". El primer caso hace que nos preguntemos acerca del cumplimiento de nuestro proyecto si acaso nos lo llegásemos a formular. Lejos de este voluntarismo, la versión fluvial nos convierte en cínicos conscientes del futuro que a todos acecha, un destino que desnuda de sentido a los acontecimientos vitales para convertirlos en meras anécdotas. En resumen, el camino nos habla de actividad y el río del mero aunque trascendental paso del tiempo al que no se puede burlar. Uno y otro tropo inciden en aspectos distintos de la vida del hombre, aunque compartan el concepto de desplazamiento. En uno predomina el ethos, el carácter, mientras con el otro se daría cuenta del daimon, la dimensión divina, lo inescrutable e inmanejable. Si existe una confluencia entre lo denotado en ambas imágenes, ésa está representada y ensamblada en la fórmula narrativa de la tragedia.
No nos resulta difícil admitir a la renuncia como uno de los constituyentes de la madurez, lo cual merece una explicación. A cada instante volvemos la mirada y nos percatamos de las encrucijadas o desembocaduras dejadas a nuestra espalda, todo aquello que acaba por componer la biografía. Si la memoria se comporta con poca amabilidad recordando los proyectos pretéritos y nunca cumplidos, siempre nos ejercitaremos en la afanosa elaboración de un sentido a nuestras experiencias incluidas naturalmente las menos gratas, tales como las ilusiones abandonadas, las pérdidas sentimentales y materiales o las habitualmente traumáticas crisis emocionales. Esta insistencia en las experiencias de carácter más amargo es arbitraria sólo en apariencia; un hombre que cumpliese todos sus deseos no tendría conflictos que transformar en un discurso coherente e interpretable, vale decir explicable. Lo que nos impone el deber de articular un discurso es el conflicto, el choque de nuestros deseos con los acontecimientos efectivos —y aquí se usa acontecimientos en forma amplia, para denotar tanto a los de origen externo como a los privados y de orden psíquico—.
Lo distintivo de la renuncia en su sentido biográfico es que se trata del cese de un deseo, de un proyecto, de una expectativa que contribuyó a ordenar nuestra actividad y que pierde su poder generador una vez pasado un momento determinado reconocido como punto de no retorno. En otros términos ahora más familiares, el inabordable fluir del tiempo desnuda el trayecto proyectado hasta dejarlo en la más pura virtualidad. Cuando nos damos cuenta de ello y lo llegamos a asimilar, admitimos la renuncia. Hay varias posibilidades para dar este paso: como ya queda sugerido, acaso por la continua limitación del tiempo restante, que acaba por revelarse insuficiente; acaso a consecuencia de actos que estrechan nuestras posteriores capacidades o nos han llevado a un curso de los acontecimientos en principio no deseado; acaso por una evaluación rebajada o más certera de las propias fuerzas. En cualquier caso, siempre nos muestra la naturaleza dual peculiar a la tragedia. Se quiere decir que intervienen, de una parte, nuestra eterna ignorancia de los resultados distantes de nuestras acciones y, de la otra, que se verifica en el cotejo de la experiencia respecto a las expectativas previas. Lo cual sirve tanto como señalar el irremediable conflicto entre el proyecto y su evaluación, la previsión y la revisión, el futuro y el pasado.
lunes 1 de octubre de 2007
Yo estuve allí
Tenemos criatura. Haría una crónica de lo que pasó el 29 de septiembre de 2007 en el Auditorio de la Casa de Campo de Madrid, pero lo mejor es que lo vean -y lo escuchen- ustedes mismos. Son cuatro excelentes discursos, cuatro, para convencer incluso a los más zotes, con perdón.
miércoles 26 de septiembre de 2007
lunes 24 de septiembre de 2007
¿De qué estamos hablando?
En ese texto, el insigne catedrático hace un repaso a la historia de la separación entre la Iglesia y el Estado para censurar la llamada que la iglesia católica hace a la objeción de conciencia (o desobediencia civil, ustedes eligen) para que los niños y púberes no cursen la dichosa asignatura de Educación para la Ciudadanía. Como es de rigor, lamenta que el catolicismo no haya encontrado su lugar en una sociedad moderna, y propone el modelo de las Iglesias protestantes o de las Iglesias católicas francesa o alemana, “que han asumido sin reticencias la modernidad y la secularización y que conviven cómodamente en situaciones de laicidad”. El artículo termina con una conceptualización de cosecha propia acerca de lo que significan laicidad y laicismo. Así, la laicidad es “una situación” de secularización en “su dimensión político-jurídica” que supone “respeto para los que profesan cualquier religión”. El laicismo, sin embargo, vendría a ser “una actitud enfrentada y beligerante con la Iglesia” y, citando a Norberto Bobbio, “un comportamiento de los intransigentes defensores de los pretendidos valores laicos contrapuestos a las religiones y de intolerancia hacia las fes y las instituciones religiosas”. Por lo tanto, a juicio del autor la confusión entre los dos términos es interesada y pretende presentar como víctima a una Iglesia católica que nada tendría que temer aceptando la laicidad.
Pues hombre, no está mal, pero a mí no me deja satisfecho porque mi idea era un poco distinta. Así que recurro al Diccionario de la RAE en busca de un poco de luz —tranquilos todos: no voy a dar la lata con las etimologías como un Gustavo Bueno cualquiera—. Primera curiosidad: la laicidad no figura. No así el laicismo, que ostenta orgullosamente la siguiente definición: “Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Pueden comparar la disparidad de definiciones entre lo que nos dicen los académicos y lo que nos cuentan Peces-Barba y Bobbio.
No voy a proponer la estúpida idea de que lo que no sale en el diccionario no cuenta, así que en aras de un debate honrado me inventaré una definición, escueta pero concluyente, para la laicidad: “cualidad de laico”. Siendo lo laico —y vuelvo a transcribir, concretamente la segunda acepción— lo “independiente de cualquier organización o confesión religiosa”. Por último, y en un afán de exhaustividad de los que ahuyentan a los lectores, encontramos laicizar (“hacer laico o independiente de toda influencia religiosa”) y laicización, su acción y efecto.
Se mire por donde se mire, no encuentro en ninguna de estas definiciones nada que case con una actitud enfrentada con la Iglesia, ni mucho menos con una supuesta intransigencia. Semejante confusión léxica puede justificarse por dos motivos: que no exista un término más adecuado para denotar la actitud beligerante con la iglesia; o que las definiciones existentes de los términos de este campo semántico sean insatisfactorias o irrelevantes. La primera de las motivaciones es sencilla de rebatir. Podríamos hablar, por ejemplo, de prejuicios antirreligiosos o irreligiosos, de anticlericalismo, incluso de profanidad o sacrilegio. En cuanto a la segunda…
Nadie puede sostener en serio que es útil forzar el significado de los términos para contraponer a la manera de Peces-Barba una cualidad, la laicidad, con una doctrina, el laicismo. Es, ni más ni menos, un crimen de lesa lógica. Así que voy a intentar aclarar el problema formulando un ejemplo paremiológico, un poco al estilo del “Ahí hay un niño que dice ¡ay!”. Vendría a quedar así:
“Unión, Progreso y Democracia defiende la laicidad del Estado; en consecuencia, es un partido político laicista”
¿A que no queda mal? Yo no veo el menor tinte agresivo en ello, y sí la descripción de un impulso razonable al reconocimiento de la separación de intereses y competencias entre la Iglesia y el Estado, algo de lo que aún estamos muy lejos. Luego podría entretenerme explicando que, mientras no se perfeccione la laicidad, muchos consideraremos imprescindible seguir siendo laicistas; no porque se nos erice el vello al ver una sotana o una procesión de Viernes Santo, no, sino porque creemos con el mayor de los respetos que las creencias personales no deben salir de un ámbito personal, y que, por ejemplo, la imposición al alumnado de una asignatura de adoctrinamiento religioso supone una intromisión indeseable en las competencias propias de un estado aconfesional. También podría explicar que defender la independencia respecto de cualquier organización o confesión religiosa no busca el perjuicio de la Iglesia católica —la mayoritaria en nuestro país—, sino la neutralidad absoluta respecto de cualquier creencia que no haya de ser compartida por todos los ciudadanos; que defendemos el alejamiento de la iglesia católica de la educación pública, sí, pero también el de las confesiones protestantes, islámica, budista o taoísta; que entendemos que ésta es la manera más eficaz y justa de defender la tolerancia entre los creyentes y de defender a todos, creyentes o escépticos, de los intolerantes; y que acabar con las lecciones de religión en la escuela pública no supone rechazar ni ignorar la tradición judeocristiana a la que tanto debemos, sino educar a los ciudadanos en unos valores voluntaristas y constructivos (y a menudo construidos, ay, con la fiera oposición del estamento religioso) para que crean lo que les dé la gana mientras sea en paz y libertad. El adoctrinamiento, señores, excede el respeto a valores y tradiciones pasados: es querer formar obligatoriamente a los ciudadanos del futuro en creencias que, querámoslo o no, nuestra convivencia no hace imprescindibles.
Pero para explicar esto lo primero es que todos sepamos de qué estamos hablando… Incluyendo un progresista de abolengo como Peces-Barba.
Coño, qué satisfecho me he quedado con este post.
martes 18 de septiembre de 2007
El hombre decente
[Voici Lèvy]Desde que consulté por primera vez el índice, me sobresaltó. La entrada se titula Por qué, no obstante, acertamos al equivocarnos con Sartre en vez de tener razón con Camus; el libro, El siglo de Sartre; el autor, Bernard-Henri Lèvy. He leído a Albert Camus con admiración y también, creo, con provecho. Sus novelas me provocan y sus ensayos me abren puertas. Su actitud no solamente se compadece con un elemental sentido de la tolerancia; fue capaz de mirar hacia la izquierda para detectar y denunciar la barbarie estalinista en curso. Y para colmo lo hizo en un momento en que, como no tardó en comprobar, la manifestación de determinadas posturas comportaba el pago de un precio a menudo demasiado elevado. Así que, a la vista del capítulo de Lèvy, sin poder evitarlo me pregunto : ¿es que se pudo acertar con Sartre?
En una extraña prosa —el autor entiende como literario un estilo impresionista, de frases cortas y párrafos a menudo brevísimos— vamos entrando en materia. La relación entre Sartre y Camus, aparentes complementarios, iba sobre ruedas. Allí donde uno, el mandarín, imponía rigurosos castigos intelectuales a sus admiradores a base de abstrusos ensayos, el otro humanizaba la doctrina existencialista en textos escritos y leídos con una facilidad sorprendente. Uno, el jefe, era feo como un sapo y severo en el trato; el otro, al modo de nuestro contemporáneo Lèvy, muy atractivo y con un sentido del humor algo gamberrete. Para dos hombres a los que les gustaban muchísimo las mujeres esto no tardó en convertirse en un motivo de conflicto. No obstante, el vínculo era sólido desde el reconocimiento mutuo como autores y el valor demostrado (aunque en este aspecto no fueron, ni mucho menos, parejos) en la resistencia durante la ocupación nazi.
Al parecer, además de los celos de seductor frustrado, Sartre comprobó cómo el auge de la popularidad de su amigo convirtió e éste en un osado capaz de criticar nada menos que a Merleau-Ponty.Ante tamaño desprecio por las verdades coyunturales, el comité de redacción de Les Temps modernes se reúne y decide efectuar una crítica durísima al veleidoso pied-noir. La “chapuza”, “el galimatías filosófico”, será respondida por un personaje secundario, Francis Jeanson, que escribe sin vacilar: “usted no está en la derecha; está en las nubes”. Demasiado bien comprende Camus que acaba de quedarse sin amigos. Merece mucho la pena leer su respuesta, donde la indignación no llega a anular un cierto tinte irónico y la clara denuncia del método crítico de la redacción de su antigua revista:
No pudiendo clasificarme todavía a la derecha, en efecto, cabrá al menos mostrar mediante el examen de mi estilo o el estudio de mi libro que mi actitud es real, antihistórica e ineficaz. A continuación se aplicará el método de autoridad, que a mi parecer hace furor entre los escritores de la libertad, para mostrar que, según Hegel y Marx, esta actitud sirve objetivamente a la reacción. Y como el libro y su autor no encajan, simplemente, en esa demostración, su colaborador ha rehecho denodadamente mi libro y mi biografía. Y como, accesoriamente, resulta muy difícil encontrar hoy, en mi actitud pública, argumentos a favor de su tesis, se ha replegado, para tener razón un día, hacia un futuro que me ha fabricado de pies a cabeza y que me cierra la boca.
Y no se resiste a mostrar alguna condecoración de guerra:
(…) empiezo a estar un poco harto de verme, y de ver sobre todo a viejos militantes que no rehusaron ninguna de las luchas de su época, recibir sin tregua lecciones de eficacia de unos censores que lo único que colocaron en el sentido de la historia fue su butaca…
Según todos los testimonios, tanto Sartre como Camus acusaron el golpe, aunque la parte más severa le correspondió a éste último, quien, en palabras de María Casares, se paseaba por la casa “como un toro herido”. Por su parte, El autor de El ser y la nada declararía que había perdido a “probablemente el último buen amigo”.
Lèvy, para justificar el título del capítulo y demostrar que fue mejor acertar equivocándose con Sartre, decide prescindir de la ética política para posar un pie en la poesía y otro en la metafísica. Nos explica con algún acento lírico que Camus es un filósofo mediterráneo que practica un “sentimiento del sí”, de búsqueda del diálogo con la tierra y la naturaleza. Por el contrario, Sartre sería un grave filósofo del no, del extrañamiento del mundo y sus objetos respecto de la conciencia del hombre, del inconformismo en suma. Se concluye, por tanto, que Sartre defiende más radicalmente la libertad que un Camus limitado a adorar el mundo, a consentirlo y bendecirlo con “fe ciega en la naturaleza”.
No temo haber resumido mal la opinión del autor de El siglo de Sartre, porque su exposición es así de elemental y exagerada. Lástima que, en el terreno de los hechos y no en el de la metafísica, los resultados no sean tal como los desearía Lèvy. ¿Quién se preocupa más de la libertad política del hombre, quien critica el gulag o quien evita juzgarlo en nombre del rumbo que ha de tomar la historia? ¿Quien practica con constancia el argumento de autoridad o quien desafía a ésta examinando sus doctrinas y exponiendo sus contradicciones internas? ¿Quien tolera el desacuerdo ideológico o quien lo convierte en puntillo de honor hasta provocar la ruptura personal?
(…) desde hace ciento cincuenta años, la ideología europea se había constituido contra las nociones de naturaleza y de belleza (y por consiguiente de límite) que han estado, en cambio, en el centro del pensamiento mediterráneo. (…) Europa siempre había estado en esa lucha entre mediodía y medianoche y (…) no se constituirá una civilización viva al margen de esa tensión, es decir sin esa tradición mediterránea descuidada desde hace tanto tiempo.
Cerraré, en fin, el asunto recurriendo a un método acaso menos elevado, pero más cercano de mis actuales circunstancias vitales e intelectuales: el que nos propone ese inmenso propagandista que es Jean-François Revel en El conocimiento inútil. A la hora de pasar revista a la vergonzante actitud de la mayoría de los intelectuales frente a las sacudidas de su tiempo, no puede dejar pasar el caso Camus. ¿Por qué alguien nacido en Argelia y siempre comprometido con los conflictos tardocoloniales mantuvo durante sus últimos años un obstinado silencio acerca de la tragedia de la guerra sorda entre el FLN y el estado francés, acerca de la brutalidad de los atentados de unos y de la asesina represión de los otros? Muy sencillo: desde su separación del grupo de Les Temps modernes, todas sus declaraciones habían sido ridiculizadas y despachadas como producto de tendencias reaccionarias. Incapaz de hacerse entender por la izquierda que le había condenado a una suerte de ostracismo, y de admitir las justificaciones no menos totalitarias de la derecha, sólo podía callar y trabajar discretamente a favor del alivio de las penas de los detenidos, franceses o argelinos, y muy particularmente promoviendo la conmutación de las penas de muerte.
El resumen de todos estos conflictos queda perfectamente fijado en su famosa y magnífica sentencia: “je crois à la justice, mais pas avec les bombes. Entre ma mère et la justice, je préfère ma mère”. Naturalmente, se interpretó esta alusión a su madre como a la madre patria, con lo cual la campaña de desprestigio contra él prosiguió con toda energía. Naturalmente, el autor se refería a su madre, la señora Camus, y no a la patria. Cuando muere en un accidente de circulación a los 46 años, nos explica Revel, “es, al mismo tiempo, uno de los escritores franceses más célebres en todo el mundo, y el más despedazado. También es el más afligido”. Qué lástima.
Acaba este post acerca, no del pensamiento camusiano, sino de su actitud vital y su sentido de la dignidad. Que descanse en paz el hombre rebelde que, aun a muy alto precio, supo ser decente.
martes 11 de septiembre de 2007
Palmarés

lunes 3 de septiembre de 2007
Premio para el caballero

P. ¿Sigue pensando entonces que, pese a los costes que ha tenido, valió la pena todo ese gigantesco esfuerzo?
R. Intentar salvar vidas vale la pena, aunque uno se deje jirones. No es que sólo valga la pena, es que no me lo perdonaría a mí mismo. Intentar salvar vidas desde los principios democráticos. Sería un presidente sin alma, sin entrañas.
viernes 31 de agosto de 2007
La otra Rosa
Lo del acoso a las mujeres es constante. ¿Se acuerda de Pilar Miró? ¿De Clara Campomanes? No es que me compare con ellas, pero su caso me ha consolado mucho.
Sí: Clara Campomanes.
Suma y sigue

[Aizpeolea en la intimidad]
jueves 30 de agosto de 2007
Sin tiempo para posar
La comparecencia de Rosa Díez y Fernando Savater, anunciada para esta mañana, ha obrado el mismo efecto. No lo digo porque no fuera previsible, ya que el abandono del PSOE por parte de Díez y la fundación de un nuevo partido eran sucesos que se empezaban a dar por sentados, aunque aún no fueran oficiales. Previsible sí, pero en el megalítico panorama político español cualquier evento fuera de lo común, aun en cámara lenta, pilla a todos sin componer el gesto para la foto. Veamos.
En el PSOE se está despidiendo a Rosa Díez con los malos modales que venían observando con ella durante los últimos años. Se ha insinuado, para deshonra eterna de quienes lo han dicho así, que no tenía intención de renunciar a su puesto de europarlamentaria: una mentira destinada a desgastar antes de tiempo la imagen de la rebelde. Se ha afirmado que sus tesis estaban más próximas al PP, del mismo modo que El País intenta convencernos a todos de que Basta Ya en el fondo sólo puede robar votos a la derecha: no se trata de una mentira, sino una lectura estúpida de la realidad dirigida a los forofos de Zapatero, los únicos que pueden creérsela. No hablan de lo que peor les sienta de Rosa Díez, que es que ella no se ha movido, y es el partido el que se ha vuelto irreconocible desde que convirtieron en paria a Nicolás Redondo. Nada, ellos a lo suyo, que va a ser agitar banderitas de España de aquí a marzo... aunque nunca en Euskadi, Cataluña ni Galicia, por supuesto.
En el PP se frotan las manos porque esperan (con razón) que el nuevo partido redunde en un desgaste del PSOE, aunque no se atreven a felicitarse en alta voz porque en el fondo desconfían de un partido abiertamente progresista, que no vacila en señalar también a la derecha como responsable del olor a gato encerrado de nuestra vida política.
En la COPE también lo celebran, pero les cuesta admitir que el mayor intelectual, Savater, respalde al nuevo partido; lo tildan de veleidoso, no le perdonan sus posturas laicistas ni su honrado compromiso con el progresismo.
En la SER no saben a qué carta quedarse. Por una parte, intentan cavar un abismo entre su PSOE y el nuevo proyecto, apelando al temor al vacío ideológico de los socialistas descontentos. Por otra, recuerdan la derrota sufrida cuando se soñó con un gobierno vasco socialista-popular, como si Patxi López, el factótum de Zapatero, hubiera conseguido mejorar los resultados... Por otra más, se afirma que es una apuesta destinada a estrellarse en las próximas elecciones. No se dan cuenta de que a muchos de los que nos hemos incluído en el proyecto el éxito electoral no nos parece el objetivo determinante, que nos basta con aprovechar esta oportunidad de tener razón y enfrentarnos de una vez y en serio a los problemas muy reales que padecemos los españoles y de los que ya nos hemos aburrido.
Me temo, y no es broma, que los únicos en enterarse de algo son los del ABC.
miércoles 29 de agosto de 2007
Los himnos de Quin

Anxo Quintana tiene a bien ofrecernos de vez en cuando los mejores ítems de su repertorio argumentativo para que nos entretengamos todos pensando un poquito. Su último motivo de reflexión es el pequeño escándalo que se ha montado en torno a la oportunidad de enseñar el himno gallego en las proyectadas galescolas, creadas a imagen y semejanza de las ikastolas que nos han proporcionado, entre otras ventajas, algunos de los más conspicuos representantes del terrorismo patriótico.
Para que no haya malentendidos, se debe aclarar que la iniciativa de enseñar el himno durante el ciclo de Educación Infantil partió de él y de su partido. La Conselleira de Educación, la socialista Laura Sánchez Piñón, se apresuró con buen criterio a recordar que el desarrollo de los currículos corresponde a su departamento, y que el himno no figura en aquéllos para edades tan tempranas.
Magnífico momento para que Quintana, aprovechando una celebración partidaria, haya estallado en llamas patrióticas. Acusa al PP de ultrajar a los gallegos comparando el himno compuesto por Eduardo Pondal y Pascual Veiga con un eructo; lo cual no es equivocado ni falso, sino una redonda mentira (*). Como mentira es decir que el propósito de la conselleira sea prohibirlo, a condición de saber que no impartir una materia es cosa bien distinta de prohibirla.
No, amigos, el victimismo de Quin no se para en barras: “Aquí el himno es considerado pornografía, como un videojuego violento o como un eructo”. Y todavía me estoy preguntando a qué o a quién se refiere; ingenuo de mí, como si a un nacionalista alguna vez le hubiera importado que las ofensas de las que se duele sean reales.
Y es que la izquierda española le decepciona, porque “siempre está dispuesta a seguirle el juego a la derecha más rancia”. Cuánta razón tiene Quin, y cuánto lamento que la izquierda española siga en efecto el juego al rancio conservadurismo del Bloque y de todos los que le votan convencidos de que su doctrina nacionalista es liberadora, con el mismo apego a la evidencia de quien confía en que el agua se pueda convertir en vino.
¿Sólo hay quejas? Qué va. Nuestro amigo nos describe con tintes sentimentales aquella nochebuena en la que, a sus cinco añitos, descubrió el himno cantado en familia “con un respeto profundo”… Todo un argumento de autoridad, puesto que a partir de ahora no cantar el himno gallego supondrá la omisión del reconocimiento debido a la familia Quintana, que mantuvo con vida “esos versos preciosos” en la larga y oscura etapa de la dictadura.
Y, para terminar, la referencia inevitable: “Lo que no consiguió Franco no lo conseguirá nadie en este país”. Por “este país” entiéndase a Galicia. Y ahora me lo explico todo. Las carreteras secundarias de tercera, las autovías trituradas, los incendios forestales, la dichosa preocupación identitaria como pantalla que todo lo justifica, la obsesión por los símbolos… Así, ciertamente, me doy cuenta de que la profecía quintanesca está en vías de cumplirse, de que lo que no consiguió Franco (eminente gallego, como recuerdo en cada ocasión que se me presenta), ni luego Fraga durante tantos años, tampoco vaya a conseguirlo la actual administración: que los gallegos se preocupen de lo que verdaderamente cuenta.
Porque este otro ejemplar de gallego, Antón Reixa, ha escrito una columna en El País (edición Galicia) en la que culpa de la polémica del himno… ¡al PP! O es tan ignorante que no sabe siquiera que la discusión se inició en el seno del bipartito, o no le interesa saberlo. Y, saltándome el mandamiento que me prohíbe hacer juicios de intenciones, me paro a pensar en las subvenciones que recibe de forma concomitante a la manifestación de sus simpatías políticas.
Y pienso en otras coincidencias. Por ejemplo, en el actual debate interno del PNV, en el cual se decidirá a qué velocidad van a plantear la cuestión soberanista a pesar de que siguen faltando las condiciones para un debate plenamente democrático en el País Vasco. Por ejemplo, en Carod Rovira haciendo abuso tanto de su ignorancia sobre hechos históricos como de su reducida representación parlamentaria para proponer a fecha fija un referéndum de autodeterminación a la catalana manera. Y termino preguntándome por qué estamos siempre igual, y de quién es la culpa. Y sí: buena parte de la culpa la tiene nuestro gobierno, como la tiene el partido que lo sustenta, el PSOE, no en mayor medida que el PP, también adicto a los nacionalismos cuando se trata de gobernar el Estado o lo que sea. Por eso creo que merecemos otra cosa.
Nota:
* Núñez Feijóo había respondido que a los niños de tres meses hay que enseñarles, en vez de himnos, a dormir y a eructar. No son palabras dignas de un Cicerón, pero tampoco merecen la interpretación injuriosa que el Vicepresidente de la Xunta interesadamente les da.
lunes 27 de agosto de 2007
El gran guiñol de Julio Medem

Por ejemplo, tras ver Caótica Ana, la historia de una ibicenca hippie (todo un pleonasmo, por lo visto) y sus venturas y desventuras desde que se refugia en el mecenazgo de una mujer misteriosa, riquísima y “maternal”. Con la inconsistencia psíquica a la que nos tienen acostumbrados los personajes de Medem, se enamora y desenamora, descubre en sí ciertas capacidades como médium de mujeres muertas en trágicas circunstancias —expresión que dignifica a los fallecimientos producidos en maneras poco corrientes— durante los últimos dos mil años, y acaba conduciéndose según las pautas que le indica su verdadera y revelada naturaleza; es decir, “poéticamente”. Todo ello bien sembrado de las ocurrencias casi alegóricas ya conocidas en nuestro hombre: la luna, la tierra, el mar —donde, cómo no han de bañarse mujeres desnudas (*)—, las grutas, o, para sorpresa de todos, una lectura harto literal de la convencional oposición entre políticos halcones y palomas. En fin, Medem recurriendo al repertorio de temas, símbolos y opuestos: masculinidad y feminidad —con una visión aburridamente lisonjera hacia las mujeres—, nacimiento y muerte, el vínculo paterno-filial y tal. Si de algo ha de acusarse al director, que no sea de incoherencia. Su propósito es construir una mitología completa y mostrada mediante señales fácilmente reconocibles para un espectador deseoso de que lo adulen.
Parte del problema del cine de Medem se me reveló al imaginar las razones que le han llevado a elegir a un actor francés para interpretar a un saharaui. Nicolas Cazalé es indiscutiblemente hermoso y, aunque no tiene rasgos que nos lo permitan asimilar a un magrebí —o más bien a causa de eso—, con su morenez y su mirada escondida sí puede representar el estereotipo de bello zagal de las dunas. Además, no tiene grandes problemas en enseñar el culo en alguna escena (**). ¿Qué actor verdaderamente saharaui habría seducido convincentemente a la protagonista de la película? Y una pregunta un poco oblicua: ¿quién es más racista ante esta inconsistencia? ¿Yo por resaltarla, o quien escogió a un actor francés porque probablemente es imposible encontrar a un saharaui guapo y dispuesto a desvestirse en pantalla, vale decir, para representar uno de los tópicos más paternalistas de nuestras sociedades industrializadas?
Descubrí, en consecuencia, que a Medem le importan muy poco los personajes, las circunstancias que les rodean y los problemas que les afligen. Para sus propósitos lo más importante es mostrar una imagen descarnada, una mera representación ideal aunque increíble, o por lo menos inverosímil por la escasa probabilidad. Y es lo más cómodo, por cierto. La conducta de los personajes, en todo su cine, es caprichosa y de una versatilidad sobrehumana. Su contorno vital, poblado de imágenes y símbolos, puede desplegarse ante nuestros ojos con toda comodidad, olvidado de las molestas constricciones que vendrían impuestas por unos caracteres de cierta coherencia. En el fondo, nos encontramos ante un gran guiñol, muy fácil para el narrador y muy halagador para un espectador ávido de experiencias poéticas. Si a todo esto le sumamos alguna escena en la que se busque el llanto mediante todos los trucos y chantajes a mano, obtendremos el éxito de conmover a la audiencia aun a punta de pistola. Me refiero, claro está, a la escena del baile de Ana con el padre enfermo, objeto de buena parte de mi capacidad para la vergüenza ajena.
La mayor de las virtudes de Medem, su dominio del lenguaje cinematográfico, sólo flaquea en la secuencia del gran final, a cuya confusión se le suma la evidencia de una ingenuidad política y de un infantilismo de fondo bastante sorprendentes… o quizás no, teniendo en cuenta el concepto que parece haberse creado acerca de las personas.
Y miren bien: el pérfido Mr. H que planea guerras como quien come espárragos es nada menos que Gerrit Graham, quien representó a un rockero disparatado, Beef, en una película tan enloquecida como El fantasma del paraíso. ¿Qué todo esto les suena a chino? Pues hale, a ver el sexto largo de Brian de Palma, que es muy divertido.* No critico la elección de tal imagen —las mujeres desnudas me gustan como al que más—, sino su uso corriente, formulario.
** No es cuestión de capricho mencionar lo del desnudo en pantalla, porque puede tener una relevancia más allá de la anécdota. Para ilustrar la actitud del pueblo saharaui ante la representación gráfica del sexo, recordaré que, con motivo de un festival cinematográfico organizado por cineastas españoles en los campos de refugiados de Argelia, se proyectaron varias películas que fueron objeto de una curiosa y pronto desvanecida polémica. Cada vez que los personajes de aquéllas mantenían un contacto íntimo, algún vigilante nativo se apresuraba a obstruir la proyección. Además, y salvando una discusión más profunda acerca de la oportunidad de tal conducta, me interesa consignar la actitud, bastante tolerante o condescendiente, de nuestros cineastas ante este peculiar caso de censura.
viernes 24 de agosto de 2007
jueves 23 de agosto de 2007
miércoles 22 de agosto de 2007
Habla el holandés errante
El director de cine holandés de más éxito, Paul Verhoeven, ha recibido el Premio a la Carrera de Toda una Vida en el Festival de Cine Fantástico de Ámsterdam; sin embargo, él rechaza contemplar su propia carrera como si fuera un logro: “no se trata más que de mí. Es muy infantil”.Robert Vuijsje.: ¿Cuándo se dio cuenta de que “lo había conseguido” en Hollywood?
Paul Verhoeven: Eso de “conseguirlo” no existe. La vida es existencial. Recorremos la vida y de camino probamos algunas cosas; después vemos si funcionan. En el negocio del cine se trata de conseguir financiación para la próxima película. Tener un éxito es la mejor manera de facilitar las cosas de cara a futuras películas y se acabó. Y al final, todos nos morimos. Tal vez más tarde en la vida uno se dé cuenta de eso, de si uno “lo ha conseguido”, como usted dice. O tal vez no.
R.V.: ¿No ve lo bien que le han ido las cosas en América?
P.V.: Tal vez los demás lo ven así desde fuera, pero yo lo veo desde dentro. Mi vida gira en torno a hacer películas. Lo único que tengo en mente es mi próxima película. Y como no estoy satisfecho con mi situación actual a ese respecto, estoy insatisfecho con toda mi vida profesional.
R.V.: Usted es el hombre que no era nadie al llegar a Hollywood para acabar por conseguirlo. ¿Qué hay de malo en reconocerlo?
P.V.: Usted sigue con eso de “conseguirlo”. ¡Que no lo he conseguido! Parece que usted se ha perdido toda la revolución existencialista de los últimos cien años. ¿Alguna vez ha abierto un libro? La vida no se puede describir en términos tan infantiles.
R.V.: Creo que sólo trato de hacerle una pregunta sencilla y razonable.
P.V.: Lo vuelvo a explicar: mi posición como director de cine en Holanda se hizo insostenible en los años ochenta. La manera en que me hacían presentar mis proyectos a los Fondos de Producción [la institución estatal que concedía las subvenciones al cine] para conseguir su aprobación era humillante. Tenía que arrodillarme para conseguir financiación. En los años setenta, las películas eran juzgadas por esos Fondos siguiendo el criterio de la audiencia que pudieran obtener. Con la entrada de Jan Blokker en los Fondos de Producción, de repente todo tenía que ser responsable social y culturalmente. Él destruyó el cine holandés. [Verhoeven se refiere aquí a las crecientes dificultades que encontró para rodar después del escándalo despertado por su película Vivir a tope (Spetters, 1980), con sus crudas escenas de violencia y sexo, incluyendo una violación múltiple y el suicidio de uno de los protagonistas]
R.V.: Le interrumpo un momento: después de veinte años usted sigue mentando a Jan Blokker en todas las entrevistas. ¿No se da cuenta de la enorme desproporción y de la insignificancia de una refriega tan antigua?
P.V.: Bueno, ahora que “lo he conseguido”, ¿no me voy a poder preocupar por lo que sea?
R.V.: Haga lo que quiera. Mi pregunta es: ¿por qué usted se subestima y manifiesta ser menos importante de lo que ha conseguido desde entonces? Es como Johan Cruyjff peleándose con Co Adriaanse, que está diez pisos por debajo de él. ¿Por qué? ¿No pueden los holandeses ser superestrellas?
P.V.: Sólo es que me gusta meterme con ese hombre en cada ocasión que se me presenta. Blokker dice que después de tantos años debería dejar de quejarme de él. Para mí, ésa es una razón para argumentar en cada entrevista que él ha sido un desastre para el cine holandés. Lo hago con la esperanza de que usted lo transcriba y, particularmente, de que él lo lea. No tiene que ver con el hecho de ser holandés; sólo se trata de mí. Es muy infantil. Después de todo, todos cagamos y meamos, a pesar de lo satisfechos que estemos. En ese nivel está Jan Blokker: para mí tiene tanto significado como el cagar.
R.V.: Volviendo a su vida, usted tuvo que salir de Holanda.
P.V.: Se me arrojó al frío, me convertí en un kalgestellt. Se me rechazaban todas las películas que proponía. No es que quisiera en especial irme a América, sino que la invitación resultó llegar de allí. Me ofrecieron Robocop (1987), pero no la quería hacer. Sólo la hice después de que mi mujer recogiera el guión, literalmente, del cubo de la basura y me recomendase rodarla.

R.V.: Robocop se convirtió de inmediato en un éxito, y la siguieron Desafío Total (Total Recall, 1990) e Instinto Básico (Basic Instinct, 1992). Nunca un director holandés había llegado a tanto en Hollywood.
P.V.: Es que usted no quiere entender. Estamos hablando de una vida real y esos términos tan simplistas no me sirven. La imagen de mí mismo repantigándome y relajándome mientras pienso en lo buenas que deben de ser mis películas... esa imagen no es real. Para mí, no es nada el haber tenido éxito. Siempre necesitas moverte hacia el próximo proyecto. Vine a Hollywood e intenté hacer películas. Me doy cuenta de que así ha resultado y de que a cada película le ha sucedido otra. Es así de esquemático.
R.V.: ¿No llegó a América con un plan?
P.V.: ¡No! Mi perspectiva era la del temor existencial de no poder hacer más películas en Holanda. Billy Wilder se fue a América también por miedo, aunque su temor existencial era de otra clase. No me diferencio para nada de otros inmigrantes. Todos entran en ese país [los EEUU] de la misma manera. El hombre que me cuida el jardín llegó porque en México no tenía nada para comer, y ahora puede mandar a sus hijos a la universidad. Ésa es exactamente la misma victoria que yo he logrado, con la única diferencia de que yo llegué a América con una formación superior. Para mí, hacer Robocop no fue un obstáculo menor que mi ineptitud para aprender griego o latín en la escuela.
R.V.: Eso no ha cambiado. ¿No ha sentido la necesidad de aprender inglés en condiciones? ¿O es que eso es parte de su atractivo?
P.V.: Lo hablo suficientemente como para dirigir películas en América.
R.V.: Su atractivo... circulan historias jugosas sobre sus romances con las actrices de sus películas. ¿Qué hay de eso?
P.V.: Durante el rodaje de Instinto Básico, Sharon Stone y yo estuvimos en cierto modo enamorados. El resultado de la decisión de no acostarnos se nota en pantalla. Sharon me intrigaba tanto que el gigantesco interés que sentía por ella se percibe en cada uno de los planos en que aparece. Al no haber caído en la tentación, la película ganó en emoción. Tiene que seguir habiendo misterio. Si me hubiera acostado con ella, la tensión habría desaparecido al instante. La realidad habría hecho naufragar a la fantasía. Tal vez eché a perder la mejor oportunidad de mi vida y tal vez hubiéramos estado fenomenal juntos, pero lo más importante era la película.
R.V.: Cuando acabaron el trabajo, ¿cuál fue el resultado de este juego psicológico?P.V.: Después, a causa de toda esa tensión, ella no me quiso nunca más.
R.V.: ¿Y usted aún la quería?
P.V.: No, yo tampoco. Realizar una película así lleva catorce semanas. Cuando esa tensión sigue, pero sin realizarse, llega hasta un cierto punto y se para. La relación descarriló.
R.V.: ¿Por eso Showgirls (1995) no fue una buena película? Si damos crédito a American Rhapsody, el libro de Joe Eszterhas, el guionista de Instinto básico y Showgirls, la protagonista, Elizabeth Berkley, iba contando historias de todo tipo en el plató sobre aventuras románticas con usted…
P.V.: Joe Eszterhas miente en todo, naturalmente. Altera la realidad y lo hace tan bien que lo que cuenta parece cierto.
R.V.: ¿Qué piensa su esposa de todo esto?
P.V.: Durante el rodaje de Instinto Básico le pregunté a Martine si podía acostarme con Sharon. Me recomendó que no lo hiciera para no perder la concentración en la película. Ella lo percibió muy bien, aunque su consejo también era apropiado a su posición. Ahora se supone que todo ha de ser muy pacato, pero yo viví los años setenta.
R.V.: ¿Tienen ustedes un “matrimonio abierto”?
P.V.: Creo que usted quiere decir “comprensivo”. Sí que lo teníamos, sí. Pero, aun entonces, las situaciones se fueron desarrollando de una manera que sólo podemos denominar existencial. Al final resulta que al otro no le gusta. Ahora esa necesidad se ha desvanecido. Pero la atracción por otras mujeres nunca cesa.
R.V.: ¿Se arrepiente de Showgirls? Se trata de la primera de sus películas americanas que no funcionó.P.V.: El arrepentimiento no existe; esa palabra no significa nada. Así es la vida. No se puede expresar con términos como el de “arrepentimiento”. Sí, las posibilidades de rodar una película después de Showgirls no fueron tan favorables como después de haber hecho Instinto Básico. Es mala suerte, pero nada más. Usted constantemente quiere mitologizar, pero eso no es correcto. Estamos atascados con la mitología. Lo hicieron los griegos, los cristianos, los judíos, los musulmanes unos cuantos cientos de años más tarde… No se da cuenta de hasta qué punto.
R.V.: Es que no creo que usted vea las cosas de semejante manera, en blanco y negro. Antes de irse a América, usted ganó unas veinte mil coronas por una película y tuvo que pedir prestado dinero a sus padres para comprarse una casa. Ahora usted es un director de cine de éxito en Hollywood. Hay una diferencia enorme.
P.V.: Para mí no, no de la manera en la que pienso acerca de la vida. A mis padres les hizo mucha ilusión ser capaces de darme una casa. Es otra manera de verlo. Además, me lo habrían dado de todas formas como herencia, así que no se trata de dinero.
R.V.: Sin embargo, no creo que usted no piense nunca con satisfacción en lo que ha logrado.
P.V.: Claro que pienso a veces en el pasado. Pero para una entrevista es más interesante si formulo una opinión rotunda. Usted tiene una determinada imagen de mí y desea verla confirmada, pero yo a eso no juego. No quiero confirmar lo obvio. Pero de veras pienso lo que digo. El impulso y la energía en mi vida vienen de la próxima película.
R.V.: ¿Dónde nació esa ambición?
P.V.: Antes he explicado que se originó porque mi padre era el director de mi escuela. En consecuencia, tenía que sacar las mejores notas y ser el mejor en todo. Pero, ¿sacaba las mejores notas gracias a mi padre, o es que yo era el mejor estudiante? No me gusta psicologizar mucho eso…
R.V.: Una cosa más: ¿sigue la política holandesa?
P.V.: No he seguido mucho lo de la situación de Srebenica, pero parece que el parlamento ha hecho bien al decidir la evacuación. Se debería hacer lo mismo en otros países: sacar las conclusiones de una política que falla. Como el caso de Israel, por ejemplo, que desgraciadamente se ha convertido en fascista.
R.V.: Es un conflicto entre dos partes equivocadas.
P.V.: Los judíos no pueden recurrir a la Biblia para someter la tierra. Todo se reduce a esto: Dios no es un mercader. Es una cita de Gore Vidal; a lo mejor usted lo conoce y todo.
R.V.: Usted era el más listo de la clase; no deja de enfatizar su cultura general y lo leído que es, ¿y ahora sólo le dejan hacer películas de ciencia ficción?
P.V.: En una palabra, sí.
R.V.: ¿No es algo frustrante?
P.V.: A veces pienso acerca de a qué me he limitado simplemente porque una vez me comprometí con la ciencia ficción. Nunca debí haberlo hecho. Por entonces, Robocop fue el único acceso que tuve. Es así como sucedió. Ahora en Hollywood se me considera como “ese tío de las películas de ciencia ficción”. Rara vez me ofrecen otras cosas. A veces algunos thrillers, por lo de Instinto Básico; pero no son así de buenos. Podría realizar una comedia romántica. Podría dirigir una película como La boda de mi mejor amigo, me las puedo apañar con material así de ligero. Pero nunca me llaman para esos proyectos. Es frustrante; pero no es algo que pueda conmigo. En realidad, y por volver a su primera pregunta, me viene un ejemplo a la cabeza. Más o menos cuando se estrenó Robocop, me estaba tomando un café con Martine, Jan de Bont y su entonces esposa Monique van de Ven. Había un cine en la acera de enfrente con una cola que daba la vuelta a la esquina: toda era gente que quería ver Robocop. No me sentí como si lo hubiera conseguido, pero ciertamente, en ese mismo momento, se volvía tangible que la película funcionaba. Y sí, fue verdaderamente agradable.
jueves 9 de agosto de 2007
Fastidio (post número 100)
martes 7 de agosto de 2007
Todo un caballero

Cuando la Muerte le convocó, hizo lo que cualquiera en su lugar, ganar tiempo; pero no de cualquier manera: era muy inteligente y sabía que sólo mediante la seducción y el desafío, proponiendo una partida de ajedrez desesperada, podía resistir lo suficiente para realizar un solo acto que le justificase.
Se trata de la diferencia entre saber que se es mortal y experimentar de modo fulminante esa condición, entre conocer y cobrar conciencia. Es la inminencia de la muerte la que le hace reaccionar y le devuelve una genuina preocupación por la vida, la que por fin le ofrece un sentido a su existencia salvando (prolongando, mejor dicho) la de la familia de juglares.
Fue Borges quien expresó en El inmortal la curiosa intuición de que al don de la vida eterna le correspondería una pareja, incesante, degeneración; un abandono que nos haría más primitivos, más simples, menos piadosos. No estamos para relativismos morales: tanto el Antonius Block de Bergman como Borges saben que la muerte nos hace mejores, o cuando menos más interesantes.
lunes 30 de julio de 2007
Cultura para todos

- Siempre he soñado con subir a un globo, como en La vuelta al mundo en ochenta días.
- Ah, sí -contextualizaba el entrevistador-, como Willy Fogg...
jueves 12 de julio de 2007
Soy rebelde porque la COPE me hizo así
Sigo opinando en torno al asunto y con una irresponsabilidad mayor por cuanto ahora, cuando sí se ha desarrollado el contenido y está más o menos accesible, permanezco en una perfecta y no disculpable ignorancia respecto al mismo. Pero bueno, tampoco voy a entrar en ese tema, sino en el rechazo que ha recibido la asignatura por parte de la iglesia católica y de los sectores vinculados a ella. He llegado a oír, en palabras de insignes representantes de la Conferencia Episcopal, que se trata de colaborar o no “con el mal”, ni más ni menos; un lenguaje digno de épocas bastante menos tolerantes.
El caso es que se está promoviendo la objeción de conciencia de los alumnos (más bien de los padres) a la asignatura, con un éxito suficiente como para constituir un verdadero problema durante el próximo curso. El Ministerio de Educación sostiene que recibir la asignatura no depende de la potestad de los padres de los alumnos y que la ley ha de ser cumplida, tanto para el caso de las matemáticas como para el de la educación cívica. Y este es el punto que quiero destacar: la libertad en las sociedades más desarrolladas entendida como la no aceptación de las imposiciones del Estado. Acaso el asunto quede un poco oculto porque quienes quieren escapar a la coacción del Estado no son hordas de militantes antiglobalización, ni siquiera simpáticos progres: son los representantes más conspicuos del conservadurismo español, convenientemente adoctrinados por la Iglesia más oficial (la que no comulga con pan comprado en el súper del barrio, vamos) y patrocinados eficazmente por la cadena cope. Si describimos el caso como una rebelión mientras echamos un vistazo a los rebeldes y a los impositores, nos quedaremos estupefactos de cuánto han cambiado las cosas en el plazo de escasos decenios.
Sería una suerte que en los textos de la asignatura se incluyera una precisa delimitación de la capacidad de oposición y de objeción del ciudadano frente al Estado; y sería una suerte porque es un asunto de la mayor trascendencia, pero para el cual no disponemos de una solución que no sea la de la facticidad pura y dura, la del resultado del enfrentamiento entre la administración y el administrado. Podríamos caer en la tentación de atajar mediante el método de dirimir en cada caso particular qué es lo justo o lo injusto, y hasta qué punto es admisible la obligatoriedad de seguir lo que el poder ejecutivo y legislativo nos indique; sin embargo nada ganaríamos con ello, porque nuestro propósito no es el de reñir por cada motivo menor de conflicto, sino el de encontrar un criterio sólido y a ser posible sencillo para dirimir estos debates. De lo contrario tenderíamos a ir por la senda de los países leguleyos, donde la excepción es la norma y la seguridad jurídica se diluye en montones de leyes y reglamentos de aplicabilidad cada vez más limitada y en cuyos huecos anida (¡tachán!) el huevo de la serpiente de la corrupción.
Lo cual no quiere decir que el contenido de los conflictos sea ajeno al problema; al contrario: los pensadores políticos han reflexionado en torno a casos tan extremos como el tiranicidio con la conclusión mayoritaria de que la búsqueda del bien común en determinadas circunstancias puede justificar, o bien exculpar, a quienes atenten. O pensemos en los impuestos; si nuestra convicción es de que suponen una carga superior a lo aceptable o de que su uso no es el debido, ¿es legítimo que dejemos de pagarlos? ¿Es más lícito defraudar a la Hacienda Pública que evitar la Declaración emigrando a Suiza? Al contrario que en el caso anterior, parece que lo aconsejable es pagar, aunque sea a regañadientes; ahora bien, si hablamos de defraudar o emigrar…
Demasiados rodeos para recordar que lo legal no es lo mismo que lo justo, y que en una sociedad que supuestamente se asienta en principios tales como la libertad de expresión de los ciudadanos sería una ingenuidad esperar que los ciudadanos no intentasen ajustar o justificar sus actos según unas pautas ideológicas que nadie puede, en principio, acallar.
Y, dada la hora que es y el sueño que tengo, dejo este texto a medias con la intención de continuarlo en otro post que, sin duda, ya están esperando ansiosamente.
miércoles 11 de julio de 2007
En torno a un pequeño problema

Pensaba que esto era sólo una aporía ética, pero probablemente lo es también psicológica, e incluso ontológica. Huy, madre…
martes 10 de julio de 2007
Hagan sus apuestas
¿Se trata de una red? ¿De una actividad que empieza a popularizarse entre las púberes portuguesas? Por de pronto, me pasma que una jovencita de 14 años y beneficiaria de una conexión de banda ancha pueda realizar un striptease o masturbarse ante su webcam a cambio de 10 euros para llamadas y mensajes de móvil. También me admira que la información, que han repetido en España —sin mucho juicio— al menos El País y La Voz de Galicia, venga tan desnuda de datos concretos, de pruebas, de circunstancias que vayan más allá de los detalles escabrosos.
Piensen ustedes lo que quieran, pero en mi opinión se ha abierto la temporada de los periodistas ambiciosos: Internet es, a la vez, el chivo expiatorio y la fuente proveedora de toda sabiduría y de todo escándalo sabroso cuando el verano llega y los personajes importantes callan. Respiren tranquilos y pasen unas felices vacaciones; ya verán lo que queda de todo esto en octubre.
jueves 5 de julio de 2007
Desde el Castillo de If

Es seguro que el desdichado Dantés, mientras pena en su primer y completo aislamiento, cuando nada le ofrecía el horizonte que no fueran las regulares raciones de bazofia en una triste escudilla, comienza a comprender que todos sus afanes, las promesas del trabajo productivo y del sacrificio recompensado por el amor perfecto, de la felicidad que uno se gana a golpes de esfuerzo, eran como vanidades, como los esfuerzos de un ser moribundo ya desde el nacimiento: su vida, vale decir la Vida, no tiene ningún sentido. Ni siquiera nos consta que antes fuera, además de bueno y trabajador, un joven muy piadoso.
Luego goza del favor de la fortuna y dedica el resto de la novela a cobrarse venganza de quienes le habían arrebatado su vida anterior de probo marinero y procurado la lección dolorosa del nihilismo, que le queda perfectamente grabada: aborrece (al menos hasta el desenlace) de su propia identidad y se procura tantas personalidades como le vienen en gana, incluida alguna decididamente hortera y a la moda de la época, como la de Simbad el Marino. Demuestra que su imaginación vuela mucho más alto que la de los demás, hasta el punto de que casi todo lo humano se le hace ajeno; basta leer cómo disfruta de la mazzolata veneciana (ya saben, el procedimiento de ejecución en el cual al reo: a- se le propinaba un buen mazazo en la cabeza, b- se le practicaba un tajo en la garganta y c- se le pataleaba el pecho para que el público gozase con las violentas emisiones de sangre), cómo se convierte en un verdadero demiurgo de las vidas y las conciencias ajenas... El Conde comprende.
Si, antes de conocer al bueno de Faría, alguna simpática y bien intencionada, aunque poco precavida alma caritativa hubiera podido infiltrarse sutilmente en el calabozo de Edmundo Dantés para encontrar una explicación a su desdicha, para que pudiera convertir su sufrimiento en un medio para concertar un discurso y un sentido a su existencia (pongamos: “aunque todos te consideren un traidor, aunque no tengas ya fortuna, ni familia, ni amigos, aunque tu amada esté en brazos de tu enemigo, Dios te sigue queriendo”; o “te basta con saber de la integridad de tu conciencia”), lo más seguro es que el prisionero se hubiera comportado con alguna violencia mandando a hacer puñetas a quien sostuviera opiniones tan inoportunas en semejante coyuntura. Y no digamos ya si la imprudencia llegase al intento de convencer el pobre Edmundo de que “nada, hombre, el tiempo lo cura todo”, o de que “de todo se aprende”. “¿Aprender?”, podría replicar nuestro protagonista; “¿Aprender a este precio de sufrimiento y desesperación? ¿Para qué, si puede saberse? ¿Para contar los meses hasta que se me extingan todas las fuerzas y me llegue la última hora? ¡Prefiero vivir en la ignorancia!”. Y, claro, tendría razón. Así que ya saben, terapeutas aficionados: antes de buscar tales lugares comunes para explicar las penas de los demás, procuren comprender. Otro día hablaré de la escuela Paris Hilton de pensamiento contemporáneo. Por el momento y a este respecto me conformo con recomendar de nuevo que lean a Ferlosio.
miércoles 4 de julio de 2007
28 minutos después
No hablaré de cine, porque si lo hiciera tendría que revisar el catálogo de las últimas modas estéticas: exceso de montaje, efectismo, cámara temblequeante, teleobjetivos, regodeo en ocurrencias visuales que no pasan de ingeniosas, sustos triviales con abundancia de falsas alarmas, primerísimos planos de rostros de miradas perdidas o trascendentes, etcétera.
El recibimiento, al menos en España, ha consistido en una curiosa forma de beneplácito que pasaba por interpretar la trama como una suerte de alegoría crítica de las invasiones estadounidenses allende sus fronteras. Hay soldados, zonas de especial protección, tremendismo dramático con los marines de protagonistas, asesinos que desprecian sus propias vidas… Naturalmente, viene a la memoria la zona verde de Bagdad y otros escenarios igualmente tristes.
No vayamos tan deprisa. Es cierto que en muchos pasajes de la película los soldados son una amenaza tan mortífera para los protagonistas como los propios infectados. Sin embargo, no conviene dejar de atender al verdadero desencadenante del conflicto: la catástrofe que se lleva por delante a los quince mil supervivientes y en definitiva extiende el virus más allá del Canal de la Mancha sobreviene a impulsos tan defendibles como la nostalgia de los hermanitos, la piedad o la curiosidad científica. Cuando uno ve en pantalla las variadas escabechinas, no deja de pensar que si no se hubieran forzado y relajado las normas de seguridad —inhumanas, crudelísimas— de la zona de control, si se hubiera obedecido al alto mando que ordenaba la ejecución de la mamita portadora del virus, no habría que afrontar semejantes apuros.
Es una conclusión bastante más cínica, si no completamente inversa, a la que adelantaban apresuradamente unos cuantos comentaristas. Lo siento; últimamente no doy para más.
jueves 21 de junio de 2007
Insisto
ETA sabía algo que sus interlocutores ignoraban, que un Pacto con el terrorismo debía tener una característica común con el Pacto contra el terrorismo: tenía que ser un acuerdo de Estado, comprometer al partido de la oposición, con el fin de garantizar la continuidad del proceso más allá de posibles cambios electorales






