El artículo de Mario Vargas Llosa en El País de hoy, acerca del tan traído y llevado asunto de las caricaturas de Mahoma, es el primero de su autor en mucho tiempo que podría firmar yo mismo. En él afirma que el comportamiento de la izquierda le da "ganas de llorar". Cierto. La verdadera lástima es la nada sutil elección de los temas para sus artículos: me gustaría ver en él la misma energía para criticar la invasión de Irak (que le produjo una verdadera reacción neurótica. Para él la invasión estaba injustificada, pero la ONU debía haberla aprobado si no quería resultar deslegitimada. Todavía no me he repuesto del espanto), para condenar las torturas en Guantánamo o en Abu Ghraib, para condenar los gobiernos corruptos e ineptos de los países iberoamericanos que han venido a parar en victorias electorales de la izquierda populista —ésta sí oportunamente condenada—, et alii.
Esta actitud no es la de un intelectual que se pueda preciar de su independencia. Desde que Vargas Llosa dejó de defender una línea ideológica para convertirse en un hombre de partido, sus artículos se han devaluado y su discurso se ha debilitado. Es lo que tiene, una vez más, el sectarismo.
lunes, 13 de febrero de 2006
miércoles, 8 de febrero de 2006
Libertinaje de expresión
En el fondo los pacatos tienen toda la razón: la libertad de expresión debe ser ejercida con responsabilidad y con moralidad. Sólo veo el inconveniente de la perfecta futilidad de la sentencia, puesto que todos reconoceremos que cualquier libertad siempre debe ser ejercida con responsabilidad y con moralidad. Debido a la insustancialidad de los artículos de los bienpensantes, echamos de menos la respuesta a las preguntas ¿a qué llamamos responsabilidad? ¿Qué criterios morales usaremos? ¿Encontraremos respuestas válidas para todos? Lo particular de la libertad de expresión es suspender cualquier gesto de poder legal en contra de determinadas expresiones, por mucho que ese gesto esté justificado por unos principios (considerados siempre discutibles por un elemental liberalismo) que hayan sido, por ejemplo, ridiculizados. Si las caricaturas nos han parecido inoportunas, o insultantes, o una simple cafrada, tenemos la libertad de decirlo así, pero suponer que debe haber un límite para la sátira es como suponer que la libertad de expresión es un principio en estado de naturaleza que nos cayó de un árbol y que debemos dominar y reducir, colectivamente, a una escala manejable.
Lo que yo discuto es ese propuesto dominio colectivo sobre la regulación de tal derecho.
Desde un punto de vista individual —porque, insisto, la expresión, si bien se produce en un entorno social y tiene unas consecuencias sociales, es un acto individual—, los demás tienen perfecto derecho a equivocarse, a ser inmorales o groseros, y yo a decirles que se equivocan, a proferir mi condena moral, discutir su gusto y su sentido de la oportunidad. Y nada más.
Conviene hacer dos distinciones. En general, y limitándonos a un plano político, asumimos que la amplitud de posibilidades que nos ofrecen todos nuestros derechos y libertades nos hace parejamente responsables de nuestros actos, de igual modo que afirmar la libertad de movimientos no suponga el derecho a la intromisión en los espacios privados ajenos, o que el libre mercado no llegue a la posibilidad de adquirir por Internet una bomba nuclear, o que la libertad de acción no justifique el asesinato cometido haciendo uso de ella. El límite tolerable en el ejercicio de los derechos individuales queda (o debería quedar) instituido por las leyes penales, que son (o deberían ser) las únicas que se redactan para que disuadir a los ciudadanos que quieran ejecutar determinadas acciones consideradas no admisibles, puesto que pondrían en riesgo los fundamentos acordados de la sociedad misma.
Los límites tolerables de la libertad de expresión llegan hasta el respeto a las personas y no a sus opiniones, ideologías o creencias. Es fácil suponer por qué: la vida humana es el valor supremo en nuestro orden social, y sabemos que históricamente esta consideración es excepcional: cuando la vida humana ha sido considerada prescindible se ha debido a que se han antepuesto consideraciones ideológicas. El cambio de valores provoca un acuerdo (en el mismo sentido en que hablan de acuerdo o contrato Hobbes o Rousseau) según el cual los principios se afirman discutibles; la democracia bien entendida admite y promociona espacios para la discusión y en ella se sigue la costumbre de delegar la representación para la toma de decisiones. La elevación de la consideración debida a la vida humana supone, correlativamente, una devaluación de los principios que seguimos los hombres. Es la única manera de salvaguardar aquélla. La noción de que «todas las opiniones son respetables» es absurda. Si lo fueran, no cabría la existencia de un sistema democrático tal como lo entendemos o proyectamos. Sí son respetables, en cambio, las personas. Ésta es la primera distinción: entre el ciudadano y sus valores personales. Ésta distinción no es reconocida por los que afirman tranquilamente que faltar a un dogma religioso es atentar contra el respeto a las personas que lo admiten como eje de sus valores. Es una gran equivocación. Si elevamos hasta tal punto la consideración otorgada a las opiniones, ideologías o creencias, desbaratamos la posibilidad del debate y sólo nos encontraremos en el conflicto, peyorativamente entendido; eliminamos la capacidad del hombre de evolucionar y cambiar de aspectos o de puntos de vista personales, porque si los valores constituyen al hombre, ¿no provocará un cambio de aquéllos una modificación consiguiente en éste último?

Si admitimos el pluralismo, si sabemos que todas las ideas, creencias y valores deben ser discutibles, comprendemos que no puede haber un principio superior al de la libertad de expresión.
(La triple hipóstasis de los bienpensantes) Las iniciativas de reconsiderar los límites propuestos para la libertad de expresión suponen tres hipóstasis: una, la de confundir a la persona con sus valores; otra, la de sobreentender que la crítica o la burla a una creencia suponen una crítica o una burla a una colectividad; otra más, el suponer que las leyes deben entrar en el terreno que debería ser regulado estrictamente por la buena crianza o por el sentido de la oportunidad.
(Llamar a las cosas por su nombre) Como de costumbre [véase el post del 7 de enero], las razones de quienes quieren matizar los derechos son, o al menos parecen, espurias. Por ejemplo, el miedo a las consecuencias últimas de las protestas en los países islámicos; por ejemplo, la simpatía o el acuerdo en general con los valores del supuesto ofendido. La creencia, en fin, de que los derechos están muy bien cuando sirven a mis intereses y opiniones, o cuando perjudican a mis adversarios. Si se trata de temor o de imparcialidad, ¿por qué lo llamamos moral?
(Ejercicio de historia virtual, sobre la proporcionalidad) Si las protestas se hubieran limitado a una prolongada serie de manifestaciones ante las embajadas danesas, ante la redacción del Jyllands-Posten, a la publicación de caricaturas de contraataque en las que se retratase a Jesucristo como un plutócrata explotador y belicoso, o a los daneses como mentecatos consumidores de galletas, el periódico probablemente habría aclarado mediante comunicado público que su intención no era la de ofender los sentimientos de los musulmanes y pediría disculpas si ése había sido el resultado. Se habría activado el debate en Europa: ¿hay razones para la protesta de los ofendidos? ¿Se deben admitir presiones para limitar la libertad de expresión? Se habría concluido de manera tácita que la libertad de expresión es un bien muy preciado, y el periódico habría sido caracterizado durante unos años como tendencioso. Y nada más.
En otras palabras: si insulto a otro individuo, y más sin mediar motivo alguno, mi conducta es francamente reprobable; si el insultado me responde con una cuchillada en el vientre, considerar que "me lo tengo bien merecido", o que "bien podría haber sabido que podía acabar con un cuchillo en la barriga" sonarán como discursos poco pertinentes. Es prioritario suponer que el cuchillero es un individuo peligroso y al que hay que denunciar; no existe una carga de razón suficiente para justificar semejante agresión. Supongo obvio que esta sencilla parábola sólo se refiere a la proporcionalidad de las reacciones, y no a la libertad de expresión. Y la presento aquí porque se está cometiendo el vicio de medir el alcance del insulto por la brutalidad de las acciones de protesta; hermosa lógica que evoca en mí la misma aprensión que me ataca al oír esa antigua locución popular: "¡Algo habrá hecho!".
(Para mis Memorias de un niño de izquierdas) Qué desasosiego siento cuando oigo defender la libertad de expresión con más energía en la COPE que en la SER.
(Un texto para reflexionar, o argumentum ad hominem)
«Si el pluralismo es un punto de vista válido, y si es posible el respeto entre los sistemas de valores que no son necesariamente hostiles entre sí, entonces lo que se sigue es tolerancia y resultados liberales, lo que no ocurre con el monismo (sólo un conjunto de valores es verdadero, todos los demás son falsos) o con el relativismo (mis valores son míos, los tuyos son tuyos, y si chocamos, mal que peor, ninguno podrá decir que tiene razón)»
Lo que yo discuto es ese propuesto dominio colectivo sobre la regulación de tal derecho.
Desde un punto de vista individual —porque, insisto, la expresión, si bien se produce en un entorno social y tiene unas consecuencias sociales, es un acto individual—, los demás tienen perfecto derecho a equivocarse, a ser inmorales o groseros, y yo a decirles que se equivocan, a proferir mi condena moral, discutir su gusto y su sentido de la oportunidad. Y nada más.
Conviene hacer dos distinciones. En general, y limitándonos a un plano político, asumimos que la amplitud de posibilidades que nos ofrecen todos nuestros derechos y libertades nos hace parejamente responsables de nuestros actos, de igual modo que afirmar la libertad de movimientos no suponga el derecho a la intromisión en los espacios privados ajenos, o que el libre mercado no llegue a la posibilidad de adquirir por Internet una bomba nuclear, o que la libertad de acción no justifique el asesinato cometido haciendo uso de ella. El límite tolerable en el ejercicio de los derechos individuales queda (o debería quedar) instituido por las leyes penales, que son (o deberían ser) las únicas que se redactan para que disuadir a los ciudadanos que quieran ejecutar determinadas acciones consideradas no admisibles, puesto que pondrían en riesgo los fundamentos acordados de la sociedad misma.
Los límites tolerables de la libertad de expresión llegan hasta el respeto a las personas y no a sus opiniones, ideologías o creencias. Es fácil suponer por qué: la vida humana es el valor supremo en nuestro orden social, y sabemos que históricamente esta consideración es excepcional: cuando la vida humana ha sido considerada prescindible se ha debido a que se han antepuesto consideraciones ideológicas. El cambio de valores provoca un acuerdo (en el mismo sentido en que hablan de acuerdo o contrato Hobbes o Rousseau) según el cual los principios se afirman discutibles; la democracia bien entendida admite y promociona espacios para la discusión y en ella se sigue la costumbre de delegar la representación para la toma de decisiones. La elevación de la consideración debida a la vida humana supone, correlativamente, una devaluación de los principios que seguimos los hombres. Es la única manera de salvaguardar aquélla. La noción de que «todas las opiniones son respetables» es absurda. Si lo fueran, no cabría la existencia de un sistema democrático tal como lo entendemos o proyectamos. Sí son respetables, en cambio, las personas. Ésta es la primera distinción: entre el ciudadano y sus valores personales. Ésta distinción no es reconocida por los que afirman tranquilamente que faltar a un dogma religioso es atentar contra el respeto a las personas que lo admiten como eje de sus valores. Es una gran equivocación. Si elevamos hasta tal punto la consideración otorgada a las opiniones, ideologías o creencias, desbaratamos la posibilidad del debate y sólo nos encontraremos en el conflicto, peyorativamente entendido; eliminamos la capacidad del hombre de evolucionar y cambiar de aspectos o de puntos de vista personales, porque si los valores constituyen al hombre, ¿no provocará un cambio de aquéllos una modificación consiguiente en éste último?

[¡Parad! ¡Se nos han acabado las vírgenes!]
En efecto, los derechos deben ser ejercidos con responsabilidad, pero para ello deben poder ser ejercidos. Es un pilar de la humanidad tal como la entendemos construirse una concepción del mundo; no lo es elaborar una concepción del mundo determinada. Para la ordenación de la vida en sociedad, tener en cuenta la idea particular acerca de cómo son las cosas es algo completamente excusable. Se debe distinguir, y esta es la segunda distinción, entre la existencia del derecho, que debe ser lo más absoluta posible, y el uso que se hace de tal derecho, limitado por el propio individuo y opinable; ambos términos van completamente unidos en la práctica, pero para un análisis aceptable de la responsabilidad esta separación es fundamental.Si admitimos el pluralismo, si sabemos que todas las ideas, creencias y valores deben ser discutibles, comprendemos que no puede haber un principio superior al de la libertad de expresión.
(La triple hipóstasis de los bienpensantes) Las iniciativas de reconsiderar los límites propuestos para la libertad de expresión suponen tres hipóstasis: una, la de confundir a la persona con sus valores; otra, la de sobreentender que la crítica o la burla a una creencia suponen una crítica o una burla a una colectividad; otra más, el suponer que las leyes deben entrar en el terreno que debería ser regulado estrictamente por la buena crianza o por el sentido de la oportunidad.
(Llamar a las cosas por su nombre) Como de costumbre [véase el post del 7 de enero], las razones de quienes quieren matizar los derechos son, o al menos parecen, espurias. Por ejemplo, el miedo a las consecuencias últimas de las protestas en los países islámicos; por ejemplo, la simpatía o el acuerdo en general con los valores del supuesto ofendido. La creencia, en fin, de que los derechos están muy bien cuando sirven a mis intereses y opiniones, o cuando perjudican a mis adversarios. Si se trata de temor o de imparcialidad, ¿por qué lo llamamos moral?
(Ejercicio de historia virtual, sobre la proporcionalidad) Si las protestas se hubieran limitado a una prolongada serie de manifestaciones ante las embajadas danesas, ante la redacción del Jyllands-Posten, a la publicación de caricaturas de contraataque en las que se retratase a Jesucristo como un plutócrata explotador y belicoso, o a los daneses como mentecatos consumidores de galletas, el periódico probablemente habría aclarado mediante comunicado público que su intención no era la de ofender los sentimientos de los musulmanes y pediría disculpas si ése había sido el resultado. Se habría activado el debate en Europa: ¿hay razones para la protesta de los ofendidos? ¿Se deben admitir presiones para limitar la libertad de expresión? Se habría concluido de manera tácita que la libertad de expresión es un bien muy preciado, y el periódico habría sido caracterizado durante unos años como tendencioso. Y nada más.
En otras palabras: si insulto a otro individuo, y más sin mediar motivo alguno, mi conducta es francamente reprobable; si el insultado me responde con una cuchillada en el vientre, considerar que "me lo tengo bien merecido", o que "bien podría haber sabido que podía acabar con un cuchillo en la barriga" sonarán como discursos poco pertinentes. Es prioritario suponer que el cuchillero es un individuo peligroso y al que hay que denunciar; no existe una carga de razón suficiente para justificar semejante agresión. Supongo obvio que esta sencilla parábola sólo se refiere a la proporcionalidad de las reacciones, y no a la libertad de expresión. Y la presento aquí porque se está cometiendo el vicio de medir el alcance del insulto por la brutalidad de las acciones de protesta; hermosa lógica que evoca en mí la misma aprensión que me ataca al oír esa antigua locución popular: "¡Algo habrá hecho!".
(Para mis Memorias de un niño de izquierdas) Qué desasosiego siento cuando oigo defender la libertad de expresión con más energía en la COPE que en la SER.
(Un texto para reflexionar, o argumentum ad hominem)
«Si el pluralismo es un punto de vista válido, y si es posible el respeto entre los sistemas de valores que no son necesariamente hostiles entre sí, entonces lo que se sigue es tolerancia y resultados liberales, lo que no ocurre con el monismo (sólo un conjunto de valores es verdadero, todos los demás son falsos) o con el relativismo (mis valores son míos, los tuyos son tuyos, y si chocamos, mal que peor, ninguno podrá decir que tiene razón)»
Isaiah Berlin, Mi trayectoria intelectual
domingo, 5 de febrero de 2006
Orwell: “La libertad es poder decir a los demás lo que no quieren oír”
Es inevitable decirlo: los que protestan incendiando embajadas o paseándose con carteles donde se nos promete a los europeos una eficaz e ineludible decapitación ofrecen una imagen del Islam harto menos halagadora que las caricaturas de Mahoma ofrecidas por el Jyllands-Posten.
A propósito de este conflicto, los periódicos de los países donde la libertad de expresión es corriente y celosamente guardada se han lanzado a opinar sobre la propia libertad y sus límites. Para que conste mi originalidad, he de señalar que lo que voy a decir no lo he encontrado en ningún artículo: buenas o malas, son mis conclusiones.

La confusión es bastante notable si nos percatamos de que quien piensa de esta manera utiliza argumentos basados en que los valores a respetar son sostenidos, según convenga, individual o colectivamente; que pide que esta concepción del respeto gobierne los actos de los que se expresan, entendidos como colectividad. En un curioso artículo de El País (hoy mismo, 5 de febrero) se recogen dos opiniones que vienen a coincidir en que la libertad de expresión ha de ser ejercida de manera responsable, pero que difieren en el motivo: para Walid Wattrabi, «hay que ser respetuosos con la fe de millones de millones de personas incluso si a veces afecta a la libertad de expresión»; para el dibujante Baha Bujari, la religión no ha de tocarse «porque es algo entre uno mismo y Dios». Evidentemente, no hay una relación lógica ni factual que justifique esa petición de respeto basándose en la noción de la colectividad ni en la de individualidad de la creencia afectada. Urge explicar que esas caricaturas son actos individuales y no colectivos (no de occidente, no de Dinamarca, sino de un periódico y de cada uno de los dibujantes) que pueden suponer, a un criterio particular, disgusto, desagrado o incluso ofensa, pero cuya posibilidad de aparición debe ser amparada por todos, en buena medida porque a todos nos gustaría ser amparados en ciertos momentos para expresar lo que queramos.
Ningún periodista se ha tomado la molestia de preguntar a los islamistas moderados si no son más graves los disturbios de Siria y Líbano que la publicación de las caricaturas. ¿Cuál habría sido la respuesta? Por cierto, el mismo Wattrabi se preguntaba retóricamente si se publicaría un dibujo de Jesucristo fornicando con San Juan (¡vive Dios, qué imaginación la de este buen hombre!). ¿Será preciso recordar las galerías de arte occidentales han acogido un crucifijo introducido en un depósito lleno de orina (vean la foto)? ¿Que he visto con estos ojos que se han de comer los gusanos, y en este estado plurinacional que habito, una publicación satírica en la que un Cristo en la cruz se beneficiaba del milagro de la resurrección gracias a una felación de María Magdalena? Afortunadamente, en algunos lugares del mundo hemos dejado atrás la teocracia…
Y éste es, creo, el problema político al que nos enfrentamos: unos regímenes que alientan un concepto de la vida pública atravesado por una concepción reduccionista e invasora de la religión. Muy posiblemente, buena parte de la responsabilidad de tal implantación cabe achacarla a los países más avanzados, que han alentado a su conveniencia determinadas dictaduras y estrangulado movimientos más laicistas que permitieran a los habitantes de los países islámicos desplazarse en pos de un concepto distinto de la vida política. Muy posiblemente las protestas han sido alentadas indirectamente gracias a una atención obsesiva de los medios occidentales, la que recibieron las (inaceptables) primeras medidas diplomáticas y comerciales de presión por parte de los países más tempraneros; nada precisan con tanto ardor los más brutos del lugar como una suficiente atención mediática. Y necesitamos apoyar a otro Islam porque necesitamos un Islam tolerante muy distinto del actual, que no mida con distintos raseros la violencia religiosa y la publicación de unos dibujos ofensivos.
Me voy por las ramas. En resumen, el respeto es algo muy deseable y sí, debemos favorecerlo. Pero ahora, ante la duda, todos deberíamos estar a favor de la libertad. Y sin fisuras.
A propósito de este conflicto, los periódicos de los países donde la libertad de expresión es corriente y celosamente guardada se han lanzado a opinar sobre la propia libertad y sus límites. Para que conste mi originalidad, he de señalar que lo que voy a decir no lo he encontrado en ningún artículo: buenas o malas, son mis conclusiones.

[Con un par]
A mi juicio, es un error pronunciarse como se ha hecho en la mayoría de los casos, repitiendo lo que ha acabado por convertirse en una cantinela según la cual la libertad de expresión y de prensa es de un valor incalculable, pero que debe ejercerse con el suficiente tacto como para no ofender a los demás. Ambos juicios, por separado, son perfectamente plausibles, pero unidos en un texto escrito en un contexto semejante ofrecen la lamentable impresión de que bordean la justificación de la autocensura: uno más uno otra vez no hacen dos. Según estos especuladores, debemos tener derecho a decir lo que queramos y como queramos, aunque no queramos (eufemismo por podamos) usarlo.
La confusión es bastante notable si nos percatamos de que quien piensa de esta manera utiliza argumentos basados en que los valores a respetar son sostenidos, según convenga, individual o colectivamente; que pide que esta concepción del respeto gobierne los actos de los que se expresan, entendidos como colectividad. En un curioso artículo de El País (hoy mismo, 5 de febrero) se recogen dos opiniones que vienen a coincidir en que la libertad de expresión ha de ser ejercida de manera responsable, pero que difieren en el motivo: para Walid Wattrabi, «hay que ser respetuosos con la fe de millones de millones de personas incluso si a veces afecta a la libertad de expresión»; para el dibujante Baha Bujari, la religión no ha de tocarse «porque es algo entre uno mismo y Dios». Evidentemente, no hay una relación lógica ni factual que justifique esa petición de respeto basándose en la noción de la colectividad ni en la de individualidad de la creencia afectada. Urge explicar que esas caricaturas son actos individuales y no colectivos (no de occidente, no de Dinamarca, sino de un periódico y de cada uno de los dibujantes) que pueden suponer, a un criterio particular, disgusto, desagrado o incluso ofensa, pero cuya posibilidad de aparición debe ser amparada por todos, en buena medida porque a todos nos gustaría ser amparados en ciertos momentos para expresar lo que queramos.
Ningún periodista se ha tomado la molestia de preguntar a los islamistas moderados si no son más graves los disturbios de Siria y Líbano que la publicación de las caricaturas. ¿Cuál habría sido la respuesta? Por cierto, el mismo Wattrabi se preguntaba retóricamente si se publicaría un dibujo de Jesucristo fornicando con San Juan (¡vive Dios, qué imaginación la de este buen hombre!). ¿Será preciso recordar las galerías de arte occidentales han acogido un crucifijo introducido en un depósito lleno de orina (vean la foto)? ¿Que he visto con estos ojos que se han de comer los gusanos, y en este estado plurinacional que habito, una publicación satírica en la que un Cristo en la cruz se beneficiaba del milagro de la resurrección gracias a una felación de María Magdalena? Afortunadamente, en algunos lugares del mundo hemos dejado atrás la teocracia…
Y éste es, creo, el problema político al que nos enfrentamos: unos regímenes que alientan un concepto de la vida pública atravesado por una concepción reduccionista e invasora de la religión. Muy posiblemente, buena parte de la responsabilidad de tal implantación cabe achacarla a los países más avanzados, que han alentado a su conveniencia determinadas dictaduras y estrangulado movimientos más laicistas que permitieran a los habitantes de los países islámicos desplazarse en pos de un concepto distinto de la vida política. Muy posiblemente las protestas han sido alentadas indirectamente gracias a una atención obsesiva de los medios occidentales, la que recibieron las (inaceptables) primeras medidas diplomáticas y comerciales de presión por parte de los países más tempraneros; nada precisan con tanto ardor los más brutos del lugar como una suficiente atención mediática. Y necesitamos apoyar a otro Islam porque necesitamos un Islam tolerante muy distinto del actual, que no mida con distintos raseros la violencia religiosa y la publicación de unos dibujos ofensivos.
Me voy por las ramas. En resumen, el respeto es algo muy deseable y sí, debemos favorecerlo. Pero ahora, ante la duda, todos deberíamos estar a favor de la libertad. Y sin fisuras.
sábado, 4 de febrero de 2006
Amar la vida
Mientras estoy escribiendo escucho un recital de Vinicius, Toquinho y Quarteto em Cy. Una máxima de Dorival Caymmi, me lo prometo, figurará en mi evangelio privado: "quien no ama la samba no ama la vida".
Mis delgadas líneas rojas
La mujer que quiera enamorarme nunca, NUNCA, deberá proferir una de estas sentencias o apotegmas:
«No puedo estar sin hacer nada»
«¿Eres así de rápido para todo?»
«Busco al hombre de mi vida»
«El pan está seco, la sopa sosa, el vino picado, el filete demasiado hecho y el camarero me mira mal»
«Las mujeres somos más sensibles»
«Necesito estar con alguien»
«Yo digo las cosas a la cara»
«Qué peli más chula. Me encantó la fotografía»
«Si las mujeres mandásemos todo iría mejor»
«¿Puedes leerme el pensamiento?»
[después de hora y media de narración] «...y entonces él me dijo: "ya ves". ¿Tú te crees?»
«Es que soy así»
«No puedo estar sin hacer nada»
«¿Eres así de rápido para todo?»
«Busco al hombre de mi vida»
«El pan está seco, la sopa sosa, el vino picado, el filete demasiado hecho y el camarero me mira mal»
«Las mujeres somos más sensibles»
«Necesito estar con alguien»
«Yo digo las cosas a la cara»
«Qué peli más chula. Me encantó la fotografía»
«Si las mujeres mandásemos todo iría mejor»
«¿Puedes leerme el pensamiento?»
[después de hora y media de narración] «...y entonces él me dijo: "ya ves". ¿Tú te crees?»
«Es que soy así»
viernes, 3 de febrero de 2006
Muerte accidental del derecho natural
Desde que varios aspectos de la vida en sociedad son progresivamente regulados mediante normas que incluyen regímenes sancionadores, la capacidad de los ciudadanos de administrarse a sí mismos buscando pequeños consensos o rigiéndose por la costumbre cada vez está más deteriorada.
La Ministra de Sanidad acaba de descubrir algunos fundamentos de filosofía del derecho. Por ejemplo, que cuando uno se pone a prohibir, la gente sobreentiende que lo no prohibido está permitido, y actúa en consecuencia. Apenas ha pasado un mes desde que entró en vigor la Ley de medidas frente al tabaquismo y un precipitado furor evaluativo la ha llevado a observar que, si bien el estricto cumplimiento es satisfactorio, los efectos logrados sobre las conductas no son los deseados. Viene a propósito una cita del por otra parte un tanto inhumano Herbert Spencer (La esclavitud del porvenir, en El individuo contra el Estado):
«La teoría según la cual el político procede habitualmente, es la de que las medidas adoptadas no rebasarán los límites que él pretende trazarles de antemano. Estudia atentamente los resultados inmediatos de tal o cual acto, pero no sus efectos remotos, y menos aún los concomitantes»
En esta ocasión el Gobierno ha previsto mal, pero por haber calculado que un cumplimiento cabal de la ley iba a corresponder con su objetivo práctico de la disminución del consumo de tabaco. Cumplir la ley permite, después de todo, fumar más de lo que se proponía la Ministra; esa distancia entre el efecto conseguido (evaluado después de ¡sólo un mes!) y lo pretendido por la ley no estaba prevista, aunque fuera previsible. Vivir para ver.
Algún asesor jurídico debe de tenerla advertida de que es inconstitucional redactar una ley con un artículo único que rece: Prohibido fumar so pena de castigo grande. Ha querido entonces hacer otra ley que pareciera inspirarse en principios incuestionables, pero hete aquí que, una vez que cuando esa ley se promulga y se cumple no ha encontrado razones suficientes para conformarnos. Debe dar "un paso más". Y, mientras tanto, los ciudadanos comprendemos que facilitar a los no fumadores vivir sin humos no es lo mismo que obligar a los ciudadanos a no fumar.
Una opinión osada, pero que me permitirán expresar porque no fumo: la ministra se entrega a estos arranques porque por fin ha gozado el insuperable gusto de la docilidad del ciudadano ante la norma.
(Un juego de palabras) Allí donde me gano el sueldo la dirección ha pegado varios carteles que dicen: «En cumplimiento de la normativa vigente se prohíbe fumar en este centro de trabajo». Alguien, apegado a la literalidad de la norma, ha tachado se prohíbe y en su lugar ha escrito no se permite.
La Ministra de Sanidad acaba de descubrir algunos fundamentos de filosofía del derecho. Por ejemplo, que cuando uno se pone a prohibir, la gente sobreentiende que lo no prohibido está permitido, y actúa en consecuencia. Apenas ha pasado un mes desde que entró en vigor la Ley de medidas frente al tabaquismo y un precipitado furor evaluativo la ha llevado a observar que, si bien el estricto cumplimiento es satisfactorio, los efectos logrados sobre las conductas no son los deseados. Viene a propósito una cita del por otra parte un tanto inhumano Herbert Spencer (La esclavitud del porvenir, en El individuo contra el Estado):
«La teoría según la cual el político procede habitualmente, es la de que las medidas adoptadas no rebasarán los límites que él pretende trazarles de antemano. Estudia atentamente los resultados inmediatos de tal o cual acto, pero no sus efectos remotos, y menos aún los concomitantes»
En esta ocasión el Gobierno ha previsto mal, pero por haber calculado que un cumplimiento cabal de la ley iba a corresponder con su objetivo práctico de la disminución del consumo de tabaco. Cumplir la ley permite, después de todo, fumar más de lo que se proponía la Ministra; esa distancia entre el efecto conseguido (evaluado después de ¡sólo un mes!) y lo pretendido por la ley no estaba prevista, aunque fuera previsible. Vivir para ver.
Algún asesor jurídico debe de tenerla advertida de que es inconstitucional redactar una ley con un artículo único que rece: Prohibido fumar so pena de castigo grande. Ha querido entonces hacer otra ley que pareciera inspirarse en principios incuestionables, pero hete aquí que, una vez que cuando esa ley se promulga y se cumple no ha encontrado razones suficientes para conformarnos. Debe dar "un paso más". Y, mientras tanto, los ciudadanos comprendemos que facilitar a los no fumadores vivir sin humos no es lo mismo que obligar a los ciudadanos a no fumar.
Una opinión osada, pero que me permitirán expresar porque no fumo: la ministra se entrega a estos arranques porque por fin ha gozado el insuperable gusto de la docilidad del ciudadano ante la norma.
(Un juego de palabras) Allí donde me gano el sueldo la dirección ha pegado varios carteles que dicen: «En cumplimiento de la normativa vigente se prohíbe fumar en este centro de trabajo». Alguien, apegado a la literalidad de la norma, ha tachado se prohíbe y en su lugar ha escrito no se permite.
jueves, 2 de febrero de 2006
Ars Iniuriae
Hoy una compañera de trabajo me ha designado, en presencia de otros dos compañeros, como «cerdo», «maleducado», «sinvergüenza» y otros calificativos entre los que creo recordar «cabrón». Esta forma de expresarse viene a indicar perfectamente lo enrarecido del clima laboral en el que tengo que navegar y llegar a las componendas que tenga a mi alcance. Un matiz y dos preguntas:
(El pato cojo) Como resultado de un concurso de traslados a punto de resolverse, lo más probable es que pronto tenga que abandonar el puesto de trabajo que ahora ocupo. Se trata de un puesto de cierta responsabilidad, la justa para que haya dos categorías profesionales por debajo de la mía y, en principio, esperando mis instrucciones. A una de estas dos categorías pertenecía la encantadora persona que ha declarado este alto concepto de mí. Una compañera que, entre otras cosas, interpreta mi futura marcha como una pérdida de autoridad, y que aprovecha la oportunidad para reprocharme así un apercibimiento que hube de hacerle (en privado y en términos francamente correctos) en noviembre del año pasado. Ya tengo dicho en otra parte que las deudas siempre se pagan.
En los Estados Unidos se llama lame duck o "pato cojo" al presidente que está a punto de concluir su segunda y última legislatura. Su autoridad se evapora poco a poco, y cada vez es más contestado e ignorado: importa más a los subordinados llegar en buena situación simbólica o material al final de la legislatura actual o, preferiblemente, al inicio de la próxima. A menudo me veo como un miembro de esta rara especie.
(Una pregunta revolucionaria) ¿Qué hacer?
(La duda inevitable) ¿Habré dado algún motivo, por ínfimo que pueda parecer, para que alguien piense así de mí?
(El pato cojo) Como resultado de un concurso de traslados a punto de resolverse, lo más probable es que pronto tenga que abandonar el puesto de trabajo que ahora ocupo. Se trata de un puesto de cierta responsabilidad, la justa para que haya dos categorías profesionales por debajo de la mía y, en principio, esperando mis instrucciones. A una de estas dos categorías pertenecía la encantadora persona que ha declarado este alto concepto de mí. Una compañera que, entre otras cosas, interpreta mi futura marcha como una pérdida de autoridad, y que aprovecha la oportunidad para reprocharme así un apercibimiento que hube de hacerle (en privado y en términos francamente correctos) en noviembre del año pasado. Ya tengo dicho en otra parte que las deudas siempre se pagan.
En los Estados Unidos se llama lame duck o "pato cojo" al presidente que está a punto de concluir su segunda y última legislatura. Su autoridad se evapora poco a poco, y cada vez es más contestado e ignorado: importa más a los subordinados llegar en buena situación simbólica o material al final de la legislatura actual o, preferiblemente, al inicio de la próxima. A menudo me veo como un miembro de esta rara especie.
(Una pregunta revolucionaria) ¿Qué hacer?
(La duda inevitable) ¿Habré dado algún motivo, por ínfimo que pueda parecer, para que alguien piense así de mí?
miércoles, 1 de febrero de 2006
En la montaña mágica
Dos vaqueros, ovejeros más bien, mozos familiarizados con la precariedad, se conocen poco a poco en unas circunstancias de aislamiento extremado y se enamoran. Pero la verdadera soledad no les rodea en la montaña donde pastorean ovejas, sino a lo largo de toda su biografía. El mayor acierto del guión es hacernos entender que ellos, hasta que encuentran la conmoción del amor, no han alcanzado una suficiente conciencia de sí mismos como para reconocerse solos. Son demasiado toscos, no han podido literaturizar sus experiencias, la vida no les ha mostrado otras caras; su envidiable estoicismo no es electivo y por lo tanto no es estoicismo.
El súbito amor les hace reconocerse, mutuamente y a sí mismos, como personas distintivas. Lo comprendemos mientras vemos su manera de vivir la vida, entre paréntesis, anhelando el momento del breve reencuentro durante el que volverán a su auténtico ser. Las únicas palabras de ternura que oímos en la película son las que se dirigen entre sí, nunca a (o de) sus respectivas esposas.
Lo que quiero decir es que pensar que Brokeback Mountain es una película sobre la homosexualidad es no haber visto Brokeback Mountain. Pensar que es un western es no saber lo que es un western.
Ang Lee tiene la virtud de filmar a sus personajes a la distancia correcta, sin abusar del primerísimo plano (plaga muy de actualidad) ni del empeño de mostrar paisajes fotogénicos. Entendemos a los protagonistas también en su corporeidad, en sus posturas y ademanes.
La oveja despedazada es una imagen brillante. En la escena de su aparición, pensé en una metáfora de la herida moral que sufre Ennis. Después se comprende que también está recordando el instructivo cadáver que de niño le enseñó su padre.
Y un último mérito, no el menor: la aparición de Anne Hathaway con la velocidad, el desenfado, el fulgor y la belleza de las amazonas de otro tiempo.
El súbito amor les hace reconocerse, mutuamente y a sí mismos, como personas distintivas. Lo comprendemos mientras vemos su manera de vivir la vida, entre paréntesis, anhelando el momento del breve reencuentro durante el que volverán a su auténtico ser. Las únicas palabras de ternura que oímos en la película son las que se dirigen entre sí, nunca a (o de) sus respectivas esposas.
Lo que quiero decir es que pensar que Brokeback Mountain es una película sobre la homosexualidad es no haber visto Brokeback Mountain. Pensar que es un western es no saber lo que es un western.
Ang Lee tiene la virtud de filmar a sus personajes a la distancia correcta, sin abusar del primerísimo plano (plaga muy de actualidad) ni del empeño de mostrar paisajes fotogénicos. Entendemos a los protagonistas también en su corporeidad, en sus posturas y ademanes.
La oveja despedazada es una imagen brillante. En la escena de su aparición, pensé en una metáfora de la herida moral que sufre Ennis. Después se comprende que también está recordando el instructivo cadáver que de niño le enseñó su padre.
Y un último mérito, no el menor: la aparición de Anne Hathaway con la velocidad, el desenfado, el fulgor y la belleza de las amazonas de otro tiempo.
martes, 31 de enero de 2006
Spanish Cinema for the World
He visto una película que me ha parecido bien: La suerte dormida. La anécdota, la investigación de un accidente laboral en una mina en el que muere un joven obrero, me interesó; el desarrollo moral de la protagonista, también. La escena más eficaz, la discusión entre la protagonista y su padre, es memorable porque se afronta como se debe hacer siempre con los momentos honradamente emotivos: de frente y sin miedo al ridículo. Lo mejor es que la directora, Ángeles González-Sinde, no pretende nunca imponer su talento y narra los hechos sin manierismos.
Además, ella me cae bien y goza de los beneficios de un tranquilo atractivo muy de agradecer. Intervino antes y después de la película, opinando con atrevimiento y sentido común, en una conversación tutelada por Cayetana Guillén Cuervo y en la que también participaban Belén Gopegui y mi admirada Adriana Ozores. A su juicio, en el cine español de los 80 las películas estaban protagonizadas por profesionales liberales bien remunerados porque así los guionistas se quitaban de encima incómodas constricciones (yo estoy de acuerdo con el dictamen de Miguel Ángel Cortés: el cine español de los 80 es el peor de su historia). Admite como referentes a directores insuficientemente reconocidos como Mike Nichols o Sidney Lumet. Y por último, una guinda que aplaudí en mi fuero interno: Cayetana, mujer intrépida que cuando se aventura a dejar de leer las tarjetas preparadas abusa del lugar común, quiero decir de la sandez, terminaba la emisión afirmando que había sido un "programa de mujeres", y Ángeles irrumpió deseando que "cuando la semana que viene vengan cuatro hombres, digas que ha sido un programa de hombres".

En uno de los intermedios, zapeé un rato El lápiz del carpintero. La escena que me encontré, una sesión de sugestión a cargo de un cultivado, civilizado, simpaticón y encantador republicano con uno de sus compañeros de prisión (tosco pero honrado, también simpaticón y encantador), y un posterior advenimiento de Nancho Novo haciendo muecas para figurar un falangista me hicieron pensar que el cine español de los 80, después de todo, no estaba tan mal.
Además, ella me cae bien y goza de los beneficios de un tranquilo atractivo muy de agradecer. Intervino antes y después de la película, opinando con atrevimiento y sentido común, en una conversación tutelada por Cayetana Guillén Cuervo y en la que también participaban Belén Gopegui y mi admirada Adriana Ozores. A su juicio, en el cine español de los 80 las películas estaban protagonizadas por profesionales liberales bien remunerados porque así los guionistas se quitaban de encima incómodas constricciones (yo estoy de acuerdo con el dictamen de Miguel Ángel Cortés: el cine español de los 80 es el peor de su historia). Admite como referentes a directores insuficientemente reconocidos como Mike Nichols o Sidney Lumet. Y por último, una guinda que aplaudí en mi fuero interno: Cayetana, mujer intrépida que cuando se aventura a dejar de leer las tarjetas preparadas abusa del lugar común, quiero decir de la sandez, terminaba la emisión afirmando que había sido un "programa de mujeres", y Ángeles irrumpió deseando que "cuando la semana que viene vengan cuatro hombres, digas que ha sido un programa de hombres".

En uno de los intermedios, zapeé un rato El lápiz del carpintero. La escena que me encontré, una sesión de sugestión a cargo de un cultivado, civilizado, simpaticón y encantador republicano con uno de sus compañeros de prisión (tosco pero honrado, también simpaticón y encantador), y un posterior advenimiento de Nancho Novo haciendo muecas para figurar un falangista me hicieron pensar que el cine español de los 80, después de todo, no estaba tan mal.
miércoles, 25 de enero de 2006
Impresiones que nunca defenderé
(Una paradoja) Al público general (si tal cosa existe) le gusta el impresionismo por la unión de dos características: no deja de ser figurativo, que es lo que está dispuesto a aceptar; y supone una elaboración, una transformación “artística” de esa figuración.
En otras palabras, gusta por razones contrarias a las premisas de los impresionistas mismos.
(Cuadros de una exposición) La visita a la última exposición de pintura expresionista en la Fundación Barrié ha sido muy instructiva, si no sobre los misterios de la corriente artística, sí sobre mi propia percepción de las artes plásticas. No soy un esteta, y creo que a mi edad, francamente, estoy muy lejos de aprender a serlo. Soy tan torpe para distinguir una buena obra de una mala que he caído en la ignominia máxima de defender que la finalidad de una obra de arte es muy distinta a la mera provocación de juicios de valor.
No he sido capaz de resistir más de medio minuto contemplando una sola de las pinturas expuestas. Mis pies no paraban y me deslizaba, procurando no molestar a los otros visitantes, mirando las obras de través. De los cuadros, que apenas tenían nada de sorprendente que ofrecerme, sólo veía las gotazas del óleo brillando gloriosamente por obra de una iluminación mala y excesiva. Sólo podía juzgar si se había dado con la “impresión”. En resumen, miré cuadros, pero sólo vi ilustraciones de un calendario.
La apreciación, lo he comprobado, no es sólo una actitud; también es una capacidad. En mi caso, y respecto del impresionismo, una capacidad estragada por el exceso de consumo, por una saturación estética a la cual estoy condenado por el abuso al que se nos ha sometido desde los medios de publicidad (perdón, de comunicación).
Sólo me complacieron algunos efectos logrados por artistas menores (sin duda mi estigma es el de ser un espectador de segunda fila): Caillebotte, las ondas acuáticas de Berthe Morisot, las composiciones arbitrariamente azarosas (¡toma ya!) de Pierre Bonnard, tal vez algún nublado.
En otras palabras, gusta por razones contrarias a las premisas de los impresionistas mismos.
(Cuadros de una exposición) La visita a la última exposición de pintura expresionista en la Fundación Barrié ha sido muy instructiva, si no sobre los misterios de la corriente artística, sí sobre mi propia percepción de las artes plásticas. No soy un esteta, y creo que a mi edad, francamente, estoy muy lejos de aprender a serlo. Soy tan torpe para distinguir una buena obra de una mala que he caído en la ignominia máxima de defender que la finalidad de una obra de arte es muy distinta a la mera provocación de juicios de valor.
No he sido capaz de resistir más de medio minuto contemplando una sola de las pinturas expuestas. Mis pies no paraban y me deslizaba, procurando no molestar a los otros visitantes, mirando las obras de través. De los cuadros, que apenas tenían nada de sorprendente que ofrecerme, sólo veía las gotazas del óleo brillando gloriosamente por obra de una iluminación mala y excesiva. Sólo podía juzgar si se había dado con la “impresión”. En resumen, miré cuadros, pero sólo vi ilustraciones de un calendario.
La apreciación, lo he comprobado, no es sólo una actitud; también es una capacidad. En mi caso, y respecto del impresionismo, una capacidad estragada por el exceso de consumo, por una saturación estética a la cual estoy condenado por el abuso al que se nos ha sometido desde los medios de publicidad (perdón, de comunicación).
Sólo me complacieron algunos efectos logrados por artistas menores (sin duda mi estigma es el de ser un espectador de segunda fila): Caillebotte, las ondas acuáticas de Berthe Morisot, las composiciones arbitrariamente azarosas (¡toma ya!) de Pierre Bonnard, tal vez algún nublado.
martes, 24 de enero de 2006
Moleskine 23-1-06
Del Diario de un golfo, de Höder Sínpagaard, d’après Rafael de Rojas
(La acción es un arma cargada de futuro, cargada por el diablo) A uno le gustaría que, a su voluntad, sus actos no fueran más que actos y que las palabras no significasen más que lo indicado por el diccionario. Que un mimo fuera sólo un mimo, un beso sólo un beso, un coito sólo un coito, y carecieran de toda promesa o connotación.
(Un animal muy social) Sabemos, entiendo que gracias a la experiencia, que la ley de la inercia es el principio fundamental de la vida en sociedad, y presumimos en un ser cercano que va a seguir haciendo lo mismo que le vemos hacer ahora. Da lo mismo que sea para bien o para mal: esta proyección hacia el futuro es economía intelectual, pero también una condena a soportar las expectativas del otro. Y recuerda: la expectativa se mide con el deseo y lleva de la mano a la evaluación, y ésta, como demuestra cualquier filosofía del quietismo, a la percepción de la insuficiencia y al sufrimiento.
(Yo no soy malo, es que me han enseñado así) Si es inevitable usar, en un sentido más o menos evidente, al otro como instrumento, si es inevitable en fin provocar dolor, ¿habrá en alguno de esos usos una mayor razón moral? ¿Soy mejor porque no quiero hacer sufrir a los demás, aunque no sepa cómo conseguirlo? ¿O es otra argucia de mi íntimo hedonismo para creerme mejor de lo que soy?
(La acción es un arma cargada de futuro, cargada por el diablo) A uno le gustaría que, a su voluntad, sus actos no fueran más que actos y que las palabras no significasen más que lo indicado por el diccionario. Que un mimo fuera sólo un mimo, un beso sólo un beso, un coito sólo un coito, y carecieran de toda promesa o connotación.
(Un animal muy social) Sabemos, entiendo que gracias a la experiencia, que la ley de la inercia es el principio fundamental de la vida en sociedad, y presumimos en un ser cercano que va a seguir haciendo lo mismo que le vemos hacer ahora. Da lo mismo que sea para bien o para mal: esta proyección hacia el futuro es economía intelectual, pero también una condena a soportar las expectativas del otro. Y recuerda: la expectativa se mide con el deseo y lleva de la mano a la evaluación, y ésta, como demuestra cualquier filosofía del quietismo, a la percepción de la insuficiencia y al sufrimiento.
(Yo no soy malo, es que me han enseñado así) Si es inevitable usar, en un sentido más o menos evidente, al otro como instrumento, si es inevitable en fin provocar dolor, ¿habrá en alguno de esos usos una mayor razón moral? ¿Soy mejor porque no quiero hacer sufrir a los demás, aunque no sepa cómo conseguirlo? ¿O es otra argucia de mi íntimo hedonismo para creerme mejor de lo que soy?
jueves, 19 de enero de 2006
Un saludo cordial
Sí, un saludo cordial a quien hasta el momento es mi ÚNICO lector (que se sepa): ¿qué tal, Fale? Mientras busco mi propia perseverancia, me alegro de encontrarme con la tuya. Un abrazo.
martes, 17 de enero de 2006
Del nepotismo al sectarismo
Me ha despertado de mi habitual desgana la exhibición en el tablón de anuncios sindicales de mi centro de trabajo (en Galicia) de un escrito en el cual la Confederación Intersindical Galega (CIG) recuerda la promesa que Anxo Quintana (vicepresidente de la Xunta y cabeza del Bloque Nacionalista Galego, con el cual la CIG mantiene lazos fraternos) hizo de desmantelar «a cultura política que deixou o PP», y se contrasta con la permanencia de algunos funcionarios de la Xunta que, habiendo sido nombrados durante los gobiernos anteriores, permanecen en su puesto o en otros puestos de parecidas características. Estos funcionarios son identificados con nombres y apellidos y se describe sucintamente su currículum más reciente. Finalmente, se propone su destitución.
Como cualquier descripción que yo haga sobre este escrito puede despertar recelos, citaré literalmente a modo de ejemplo y de modelo la designación de uno de los funcionarios señalados, así como otros párrafos de interés. Eludiré, eso sí, nombres y nombramientos que permitan identificar a los ya señalados por el sindicato. También ahorraré la traducción, que no creo necesaria.
«Así é como Quintana vai desmantelar o sistema do PP?
»A Consellería da Vicepresidencia (sic) da Igualdade e do Benestar, manten (sic) en postos de libre designación a maioria (sic) dos nomeados a dedo polo PP.
[…]
»SECRETARIA XERAL E DE RELACIÓNS INSTITUCIONAIS
»[Fulano del Mengano Perentánez], nomeado por Antonio Losada como [Blablablá], foi o [nonseiqué] con Xaime Pita e foi tamén [nonseicantos] con Elisa Madarro como Delegada Provincial.
»Continúan nos seus postos a maioría dos xefes de servizo».
De otras dos personas se afirma que «estes dous altos cargos continúan nos mesmos postos a pesar de estar nunha dirección xeral dirixida por Ruben (sic) Cela». Como colofón se añade un sello que reza: «ALTOS CARGOS QUE O FORON TAMÉN CO PP – NON GRAZAS».
No me esperaba este tipo de reacciones después del cambio del gobierno. Lo que supone este escrito, señalar a determinados funcionarios para que sean destituidos sin falta, también es la arrogancia por parte del sindicato de una función de vigilancia que, a mi juicio, va más allá de la defensa de los derechos de los trabajadores. Se puede comprobar que en todo el escrito nunca se intenta demostrar incompetencia o venalidad de dichas personas en su carrera —y, de hecho, por lo que sé de alguna de ellas, no creo que tengan mucho que encontrar en ese sentido—, que es al fin y al cabo lo único que podría justificar semejante presión pública. La única falta es, al parecer, haber sido nombrados por el partido enemigo; ni siquiera se plantea la duda de que ese partido enemigo se haya "equivocado" nombrando por descuido a alguna persona de fiar que bien puede seguir ejerciendo funciones de responsabilidad. No se repara en que estos funcionarios bien pueden ser políticamente independientes. No se repara, en fin, en nada salvo en la afiliación de sus antiguos superiores.
Una conclusión de emergencia es la de la profunda ingenuidad de estos sindicalistas, que cándidamente se hacen la ilusión de que el cambio de gobierno les va a permitir mangonear cuanto quieran. ¡Qué concepto del poder político, qué cultura democrática…! ¿Será cierto que es lo que han aprendido durante tantos años de fraguismo?
Una amiga con la que he comentado esto me dice, con una nota de conformismo melancólico: «todos hacen lo mismo, todos hacen limpieza cuando les llega el turno». No puede evitar responderle que, si bien estamos acostumbrados a esta práctica, es la primera ocasión en que he podido observar que además se reconozca abiertamente como uno de los ejes de la acción política hacer responder a los funcionarios por los puestos que aceptaron desempeñar en el pasado, ya fuera por mera ambición personal (que en principio nada tiene de malo), ya fuera simplemente por seguir haciendo un trabajo respetable en un nivel superior y con más capacidad de influencia. Establecer este criterio para una purga en la administración pública gallega supone el paso de hacer pasar por bueno lo que antes ni se osaba confesar, lo que se omitía hipócritamente. Y es que la hipocresía, como decía La Rochefoucauld (máxima que Sánchez Ferlosio glosa como siempre, tan bien...) es "un homenaje que el vicio rinde a la virtud". Quien calla lo que hace y mantiene las apariencias (por ejemplo disimulando su propia limpieza política) sabe que su acto es o puede ser reconocido como doloso; sabe qué es lo correcto y por eso mismo, por mantener las apariencias, puede llegar incluso a realizarlo, pasando de la ortodoxia a la ortopraxis por vía del qué dirán. En la CIG han superado este nivel de evolución moral para ni siquiera reconocer la arbitrariedad y la injusticia de lo que proponen: para ellos lo correcto es tener a su gente, ¿acaso no es lo normal? Se trata de estatuir las reglas del sectarismo, mucho más convencido de su virtud que el solapado pero no por ello inadvertido nepotismo de antaño. Parafraseando a Huxley, usted paga los impuestos: escoja pues la manera en que se desperdician.
Como cualquier descripción que yo haga sobre este escrito puede despertar recelos, citaré literalmente a modo de ejemplo y de modelo la designación de uno de los funcionarios señalados, así como otros párrafos de interés. Eludiré, eso sí, nombres y nombramientos que permitan identificar a los ya señalados por el sindicato. También ahorraré la traducción, que no creo necesaria.
«Así é como Quintana vai desmantelar o sistema do PP?
»A Consellería da Vicepresidencia (sic) da Igualdade e do Benestar, manten (sic) en postos de libre designación a maioria (sic) dos nomeados a dedo polo PP.
[…]
»SECRETARIA XERAL E DE RELACIÓNS INSTITUCIONAIS
»[Fulano del Mengano Perentánez], nomeado por Antonio Losada como [Blablablá], foi o [nonseiqué] con Xaime Pita e foi tamén [nonseicantos] con Elisa Madarro como Delegada Provincial.
»Continúan nos seus postos a maioría dos xefes de servizo».
De otras dos personas se afirma que «estes dous altos cargos continúan nos mesmos postos a pesar de estar nunha dirección xeral dirixida por Ruben (sic) Cela». Como colofón se añade un sello que reza: «ALTOS CARGOS QUE O FORON TAMÉN CO PP – NON GRAZAS».
No me esperaba este tipo de reacciones después del cambio del gobierno. Lo que supone este escrito, señalar a determinados funcionarios para que sean destituidos sin falta, también es la arrogancia por parte del sindicato de una función de vigilancia que, a mi juicio, va más allá de la defensa de los derechos de los trabajadores. Se puede comprobar que en todo el escrito nunca se intenta demostrar incompetencia o venalidad de dichas personas en su carrera —y, de hecho, por lo que sé de alguna de ellas, no creo que tengan mucho que encontrar en ese sentido—, que es al fin y al cabo lo único que podría justificar semejante presión pública. La única falta es, al parecer, haber sido nombrados por el partido enemigo; ni siquiera se plantea la duda de que ese partido enemigo se haya "equivocado" nombrando por descuido a alguna persona de fiar que bien puede seguir ejerciendo funciones de responsabilidad. No se repara en que estos funcionarios bien pueden ser políticamente independientes. No se repara, en fin, en nada salvo en la afiliación de sus antiguos superiores.
Una conclusión de emergencia es la de la profunda ingenuidad de estos sindicalistas, que cándidamente se hacen la ilusión de que el cambio de gobierno les va a permitir mangonear cuanto quieran. ¡Qué concepto del poder político, qué cultura democrática…! ¿Será cierto que es lo que han aprendido durante tantos años de fraguismo?
Una amiga con la que he comentado esto me dice, con una nota de conformismo melancólico: «todos hacen lo mismo, todos hacen limpieza cuando les llega el turno». No puede evitar responderle que, si bien estamos acostumbrados a esta práctica, es la primera ocasión en que he podido observar que además se reconozca abiertamente como uno de los ejes de la acción política hacer responder a los funcionarios por los puestos que aceptaron desempeñar en el pasado, ya fuera por mera ambición personal (que en principio nada tiene de malo), ya fuera simplemente por seguir haciendo un trabajo respetable en un nivel superior y con más capacidad de influencia. Establecer este criterio para una purga en la administración pública gallega supone el paso de hacer pasar por bueno lo que antes ni se osaba confesar, lo que se omitía hipócritamente. Y es que la hipocresía, como decía La Rochefoucauld (máxima que Sánchez Ferlosio glosa como siempre, tan bien...) es "un homenaje que el vicio rinde a la virtud". Quien calla lo que hace y mantiene las apariencias (por ejemplo disimulando su propia limpieza política) sabe que su acto es o puede ser reconocido como doloso; sabe qué es lo correcto y por eso mismo, por mantener las apariencias, puede llegar incluso a realizarlo, pasando de la ortodoxia a la ortopraxis por vía del qué dirán. En la CIG han superado este nivel de evolución moral para ni siquiera reconocer la arbitrariedad y la injusticia de lo que proponen: para ellos lo correcto es tener a su gente, ¿acaso no es lo normal? Se trata de estatuir las reglas del sectarismo, mucho más convencido de su virtud que el solapado pero no por ello inadvertido nepotismo de antaño. Parafraseando a Huxley, usted paga los impuestos: escoja pues la manera en que se desperdician.
domingo, 15 de enero de 2006
Renovación continuista
Si hemos de creer a los cronistas, Fraga ha descrito el último congreso del PPdeG como una "renovación continuista". Es una bonita expresión que semeja dos platillos en una balanza perfectamente equilibrada: renovación y también continuismo, nuevas caras y también viejas, la galicia urbana y también la agraria, jóvenes y también mayores, birretes y también boinas, virginidad y también matrimonio, etcétera. Debe de ser satisfactorio afrontar los dilemas de la vida con la suficiente pericia como para no renunciar a nada. Sin embargo, ingenuamente me había hecho ilusiones de que el platillo de la renovación pesara más que el del continuismo. Al congreso entró un PP gallego alegremente acompañado por los sectores que habían entrado en política para enriquecerse (no lo digo yo, lo dijo López Veiga) y del congreso salió un PP gallego con las mismas amistades. Es la dura ley pero ley del electoralismo de favor, autobús y bocadillo, ahora con la máscara tecnocrática y aseada de Núñez Feijóo: muy gracioso cuando se ve en la distancia, pero más siniestro cuando nos acordamos de que los favores siempre se cobran.
sábado, 14 de enero de 2006
Cuida la libertad
Leo en la recensión publicada en Babelia acerca de un libro de entrevistas con Richard Rorty una cita suya: "Cuida la libertad y la verdad se cuidará a sí misma". [¿Fue el ajedrecista Morphy quien dijo "ayuda a tus piezas y ellas te ayudarán a ti"?] Qué hermoso, y qué instructivo para todos los tentados por el diablillo de la comisión política, ese que insta a crear comités audiovisuales aquí y allá. Sin embargo, la discusión sobre qué es la libertad (y basta entenderla simplemente como libertad política) y qué se debe considerar como verdad nunca se resolverá, porque encierran en sí mismas aporías monumentales. Navegamos por el universo que nos hemos encontrado sin abandonar jamás la incertidumbre, y nunca sabremos si merecemos ser más libres o si lo que concluimos es cierto. Eliminemos a la verdad (social) de la frase, y seamos realistas en cuanto a la libertad (negativa, en el sentido propuesto por Berlin), sin saber más de lo que podemos pero convirtiéndola en un valor supremo. El resultado es como sigue: "Nunca limites la libertad, ¡y defiende tu verdad!".
viernes, 13 de enero de 2006
Diseñó, pues, Dios al ser humano a imagen suya… (Gn, 1, 27)
La prensa española afronta el caso acerca de la enseñanza de la evolución biológica frente a los defensores del "diseño inteligente" con la habitual mezcla de condescendencia y de fariseísmo que aplicamos a todo lo que nos llega de los Estados Unidos, ese trozo del mundo poblado por paletos, fundamentalistas y brutos incapaces de descontaminar las escuelas de la religiosidad más tosca… Éste, como tantos otros asuntos, me sugiere varios puntos de fuga:
#1. El ya aludido fariseísmo del que hacemos gala. ¿Qué ejemplo podemos suponer si nosotros estamos aún lejos de suprimir el adoctrinamiento religioso en nuestras aulas? Me gustaría que el CIS se molestase en preguntar al común de la ciudadanía si a) ¿cree usted que el hombre surgió por decisión divina, o como resultado de un proceso evolutivo? b) ¿opina usted que la teoría de la creación del hombre, tal como aparece explicada en la Biblia, debería ser enseñada en la asignatura de Conocimiento del Medio? c) ¿cree usted que los primeros seres humanos fueron Adán y Eva? ¿Y que se debería enseñar así en clase de Conocimiento del Medio?
#2. Menospreciamos la religiosidad oficial en los Estados Unidos, ahora a partir de la discusión acerca de la creación o de la evolución. Los partidarios del diseño inteligente, nos decimos, eluden los criterios científicos y se dejan contaminar por un punto de vista religioso que, además, quieren imponer a todos los alumnos. Muy bien, aquí sabemos que el diseño inteligente no es un contenido que merezca entrar en los planes de estudios, pero no tengo el menor indicio de que sepamos por qué. Tenemos mucha razón cuando despachamos las creencias religiosas como irracionales y las restringimos al ámbito de lo privado; sin embargo, no seríamos capaces de argumentar ante un defensor del diseño inteligente las razones de esa restricción. Para los europeos laicos la religiosidad de los demás no pasa del carácter de fetiche, pero no nos damos cuenta de que la ciencia constituye para nosotros un fetiche igual de eficaz. En nombre de la ciencia, como categoría superadora de lo humano, y en relación al otro talismán —primo hermano— que es el del progreso, se pueden y se han llegado a cometer atrocidades; para empezar, estableciendo como científicas categorías arbitrarias ("normal" y "anormal", "suficiente" e "insuficiente", "humano" y "no humano" en fin). Su carácter de fetiche es más sutil, pero igualmente perverso.
#3. A falta de pruebas confirmatorias de su creencia, el principal argumento esgrimido por estos entusiastas del Génesis es el de la maravilla. Qué complicado e improbable es, explican, que sobre la faz de la tierra haya surgido la vida, y que esta vida a lo largo de los milenios haya evolucionado tanto y haciéndose tan compleja que por último resultado aparezca el ser humano. En efecto, la probabilidad es remota, pero tanto como lo pueda ser cualquier resultado que se produzca tomando unos mismos elementos (un "caos primordial") que forman un sistema complejo. Atendiendo a su propia y particular génesis, ninguno de estos piadosos científicos se asombra de que, a priori, la probabilidad de que un determinado espermatozoide tropiece con cierto óvulo haya tenido como consecuencia un ser humano que, ¡voilá!, resulta ser él mismo. En definitiva, cualquier acontecimiento —cualquiera— de los que vemos y vivimos cualquier día es sumamente improbable, pero ocurre. Maravillarse de ello es hacerlo también de que los ríos descarguen toda su agua en el mar, y no al revés.
#4. Si los argumentos a favor son realmente tan escasos o por mejor decir inexistentes, su mejor estrategia para defenderlos es el ataque a los postulados evolucionistas; así, los despistadillos (que siempre los hay) creerán que lo escenificado es un debate científico, y que si tal debate existe es porque existe la incertidumbre entre ambos modelos. Para entrar en este punto hay que ser cuidadoso, y recordar en qué parte ha de recaer la carga de la prueba: una teoría científica no se sustenta sólo de las dudas que pueda provocar acerca de otra teoría con la cual compite; y las dudas han de tener un mínimo de consistencia y no consistir en una recogida interesada de eventos descontextualizados y reunidos. La teoría evolucionista, por amplia que sea, tiene sus límites; la teoría evolucionista viene siendo confirmada desde hace más de un siglo por hallazgos con verdadero peso; la teoría evolucionista predice eficazmente. Un puñado de anécdotas no la invalidan, ni provocan grandes dudas acerca de su validez.
#5. Aunque no estoy demasiado informado acerca de los pormenores del diseño inteligente, me permitiré el lujo de encontrar en él la no demasiado escondida huella de una intención. En los términos en que tal suposición se presenta (si hemos de creer lo que explica la prensa), se elimina la referencia explícita a la religión, de modo que se sortea el escollo con el que se han encontrado los creacionistas hasta ahora, el de ser tildados de fanáticos religiosos. Ahora bien, hablar de diseño y de inteligente es dejar implícita la referencia a una voluntad. Diseñar es algo que no ocurre, sino que se hace; la inteligencia no se encuentra en el insondable silencio del cosmos, sino que es una cualidad que se entiende en seres. Un ser y una voluntad es lo que quieren colar de rondón en las escuelas después de que se hayan superado los anteriores ataques, a saber [tomado del excelente artículo que Stephen Jay Gould publicó en The Athlantic Monthly hace veintitantos años, Genesis vs. Geology]: las antiguas leyes, que prohibieron en varios estados la enseñanza de la evolución y que llevaron al procesamiento de John Scopes en 1925; en los años 70, el estado de Tennessee aprobó que se dedicase el mismo tiempo en las clases de ciencias a la evolución y a la creación, aunque más tarde se entendió tal disposición como inconstitucional; el mismo proceso se inició con éxito inicial en los estados de Louisiana y Arkansas en 1981.
#6. Para los diseñados inteligentemente, el ser humano supone una culminación que tiene, definitivamente, una raíz religiosa. El universo fue hecho para que en él naciera y creciera el hombre, el ser más perfecto de la creación. No es que no simpatice con la radical diferenciación entre nosotros y la naturaleza, que es en realidad la primera toma de conciencia de lo humano, la primera realización humana, pero creo que tratar de encontrar un sentido trascendente al ser humano no proporciona ayuda salvo para superar la angustia existencial; todo acaba emborronado allí donde aparece el sentido, la noción de progreso histórico. Ese apego al sentido ha cimentado una civilización, pero también tales cotas de espanto que podrían al menos hacernos dudar de si ha merecido la pena.
#1. El ya aludido fariseísmo del que hacemos gala. ¿Qué ejemplo podemos suponer si nosotros estamos aún lejos de suprimir el adoctrinamiento religioso en nuestras aulas? Me gustaría que el CIS se molestase en preguntar al común de la ciudadanía si a) ¿cree usted que el hombre surgió por decisión divina, o como resultado de un proceso evolutivo? b) ¿opina usted que la teoría de la creación del hombre, tal como aparece explicada en la Biblia, debería ser enseñada en la asignatura de Conocimiento del Medio? c) ¿cree usted que los primeros seres humanos fueron Adán y Eva? ¿Y que se debería enseñar así en clase de Conocimiento del Medio?
#2. Menospreciamos la religiosidad oficial en los Estados Unidos, ahora a partir de la discusión acerca de la creación o de la evolución. Los partidarios del diseño inteligente, nos decimos, eluden los criterios científicos y se dejan contaminar por un punto de vista religioso que, además, quieren imponer a todos los alumnos. Muy bien, aquí sabemos que el diseño inteligente no es un contenido que merezca entrar en los planes de estudios, pero no tengo el menor indicio de que sepamos por qué. Tenemos mucha razón cuando despachamos las creencias religiosas como irracionales y las restringimos al ámbito de lo privado; sin embargo, no seríamos capaces de argumentar ante un defensor del diseño inteligente las razones de esa restricción. Para los europeos laicos la religiosidad de los demás no pasa del carácter de fetiche, pero no nos damos cuenta de que la ciencia constituye para nosotros un fetiche igual de eficaz. En nombre de la ciencia, como categoría superadora de lo humano, y en relación al otro talismán —primo hermano— que es el del progreso, se pueden y se han llegado a cometer atrocidades; para empezar, estableciendo como científicas categorías arbitrarias ("normal" y "anormal", "suficiente" e "insuficiente", "humano" y "no humano" en fin). Su carácter de fetiche es más sutil, pero igualmente perverso.
#3. A falta de pruebas confirmatorias de su creencia, el principal argumento esgrimido por estos entusiastas del Génesis es el de la maravilla. Qué complicado e improbable es, explican, que sobre la faz de la tierra haya surgido la vida, y que esta vida a lo largo de los milenios haya evolucionado tanto y haciéndose tan compleja que por último resultado aparezca el ser humano. En efecto, la probabilidad es remota, pero tanto como lo pueda ser cualquier resultado que se produzca tomando unos mismos elementos (un "caos primordial") que forman un sistema complejo. Atendiendo a su propia y particular génesis, ninguno de estos piadosos científicos se asombra de que, a priori, la probabilidad de que un determinado espermatozoide tropiece con cierto óvulo haya tenido como consecuencia un ser humano que, ¡voilá!, resulta ser él mismo. En definitiva, cualquier acontecimiento —cualquiera— de los que vemos y vivimos cualquier día es sumamente improbable, pero ocurre. Maravillarse de ello es hacerlo también de que los ríos descarguen toda su agua en el mar, y no al revés.
#4. Si los argumentos a favor son realmente tan escasos o por mejor decir inexistentes, su mejor estrategia para defenderlos es el ataque a los postulados evolucionistas; así, los despistadillos (que siempre los hay) creerán que lo escenificado es un debate científico, y que si tal debate existe es porque existe la incertidumbre entre ambos modelos. Para entrar en este punto hay que ser cuidadoso, y recordar en qué parte ha de recaer la carga de la prueba: una teoría científica no se sustenta sólo de las dudas que pueda provocar acerca de otra teoría con la cual compite; y las dudas han de tener un mínimo de consistencia y no consistir en una recogida interesada de eventos descontextualizados y reunidos. La teoría evolucionista, por amplia que sea, tiene sus límites; la teoría evolucionista viene siendo confirmada desde hace más de un siglo por hallazgos con verdadero peso; la teoría evolucionista predice eficazmente. Un puñado de anécdotas no la invalidan, ni provocan grandes dudas acerca de su validez.
#5. Aunque no estoy demasiado informado acerca de los pormenores del diseño inteligente, me permitiré el lujo de encontrar en él la no demasiado escondida huella de una intención. En los términos en que tal suposición se presenta (si hemos de creer lo que explica la prensa), se elimina la referencia explícita a la religión, de modo que se sortea el escollo con el que se han encontrado los creacionistas hasta ahora, el de ser tildados de fanáticos religiosos. Ahora bien, hablar de diseño y de inteligente es dejar implícita la referencia a una voluntad. Diseñar es algo que no ocurre, sino que se hace; la inteligencia no se encuentra en el insondable silencio del cosmos, sino que es una cualidad que se entiende en seres. Un ser y una voluntad es lo que quieren colar de rondón en las escuelas después de que se hayan superado los anteriores ataques, a saber [tomado del excelente artículo que Stephen Jay Gould publicó en The Athlantic Monthly hace veintitantos años, Genesis vs. Geology]: las antiguas leyes, que prohibieron en varios estados la enseñanza de la evolución y que llevaron al procesamiento de John Scopes en 1925; en los años 70, el estado de Tennessee aprobó que se dedicase el mismo tiempo en las clases de ciencias a la evolución y a la creación, aunque más tarde se entendió tal disposición como inconstitucional; el mismo proceso se inició con éxito inicial en los estados de Louisiana y Arkansas en 1981.
#6. Para los diseñados inteligentemente, el ser humano supone una culminación que tiene, definitivamente, una raíz religiosa. El universo fue hecho para que en él naciera y creciera el hombre, el ser más perfecto de la creación. No es que no simpatice con la radical diferenciación entre nosotros y la naturaleza, que es en realidad la primera toma de conciencia de lo humano, la primera realización humana, pero creo que tratar de encontrar un sentido trascendente al ser humano no proporciona ayuda salvo para superar la angustia existencial; todo acaba emborronado allí donde aparece el sentido, la noción de progreso histórico. Ese apego al sentido ha cimentado una civilización, pero también tales cotas de espanto que podrían al menos hacernos dudar de si ha merecido la pena.
sábado, 7 de enero de 2006
¡Ruido de sables! (o Este Mena es una ganga)
El teniente general Mena ha dicho lo que le parecía el proyecto de Estatuto Catalán y ha recordado convenientemente cuál es el papel que la Constitución otorga al Ejército y en qué casos podría actuar. Un pobre infeliz con ganas de hacerse el héroe de la derecha a costa de recordar el peor clima pregolpista de la transición. Mientras tanto, los nacionalismos identitarios se sirven del incidente para cargarse de razón y, en consecuencia, hacerse oír. Enhorabuena a todos y vale.
Lo más preocupante es el eco que se ha hecho entre los aficionados. Escuchando un programa de radio, varios oyentes se declararon de acuerdo con el bueno de Mena y alegaron el derecho a la libertad de expresión para justificar su discurso. En lo que no han reparado estos bienintencionados opinadores es en que la democracia no elimina el principio de autoridad; a buen seguro están incluso de acuerdo en ello. Por lo tanto, no les ha de costar ningún trabajo admitir que su arresto y su destitución está siendo efectuado por el Gobierno haciendo legítimo uso de sus funciones.
Tendemos a disculpar o condenar los comportamientos intolerables según su contenido "explícito". Si éste nos gusta, invocamos la libertad de expresión y a otra cosa. Parecido caso —salvando las distancias— nos lo encontramos cuando un grupo de gente del mundo del espectáculo irrumpió en un debate en el Congreso de los diputados exhibiendo unas camisetas con lemas contra la guerra, como si no fuera la cámara de representantes y como si su postura antibelicista no estuviera representada allí ese día. En fin, ese día quienes se indignaron por el trato aplicado a los protestones fueron los izquierdistas despistados, y ahora es la derecha rancia, reaccionaria… Todo eso.
El reconocimiento al otro es una de las condiciones para que exista una verdadera democracia, y dentro de ese reconocimiento habríamos de mantener la observancia de unas mínimas normas de respeto hacia los demás: unas normas de uso de la democracia, digamos, para hacer "como que" consideramos a los otros como personas respetables. Cuando esas normas se transgreden devaluamos al otro respecto de su condición de persona. El debate deja entonces de existir, y nos encontramos con la dichosa crispación y todo lo que comporta. Creo que, contra el virus del sectarismo, bien haríamos en proponer la vacuna de la buena educación, que es sólo uno de los principios contra los que ha atentado Mena. Las formas, la hipocresía, hacer como si fuéramos distintos a nosotros mismos, ceder parte de nuestra soberanía simplemente para reconocer al otro, permitiría aumentar la calidad de nuestras relaciones sociales y políticas y edificar, de una vez, el debate. Del mismo modo que el Teniente Coronel Mena cometió también una grave falta contra las buenas maneras, sus compañeros de ideología harían bien en distinguir entre una cosa y otra, y condenar el dichoso discurso como es menester. Hala.
Lo más preocupante es el eco que se ha hecho entre los aficionados. Escuchando un programa de radio, varios oyentes se declararon de acuerdo con el bueno de Mena y alegaron el derecho a la libertad de expresión para justificar su discurso. En lo que no han reparado estos bienintencionados opinadores es en que la democracia no elimina el principio de autoridad; a buen seguro están incluso de acuerdo en ello. Por lo tanto, no les ha de costar ningún trabajo admitir que su arresto y su destitución está siendo efectuado por el Gobierno haciendo legítimo uso de sus funciones.
Tendemos a disculpar o condenar los comportamientos intolerables según su contenido "explícito". Si éste nos gusta, invocamos la libertad de expresión y a otra cosa. Parecido caso —salvando las distancias— nos lo encontramos cuando un grupo de gente del mundo del espectáculo irrumpió en un debate en el Congreso de los diputados exhibiendo unas camisetas con lemas contra la guerra, como si no fuera la cámara de representantes y como si su postura antibelicista no estuviera representada allí ese día. En fin, ese día quienes se indignaron por el trato aplicado a los protestones fueron los izquierdistas despistados, y ahora es la derecha rancia, reaccionaria… Todo eso.
El reconocimiento al otro es una de las condiciones para que exista una verdadera democracia, y dentro de ese reconocimiento habríamos de mantener la observancia de unas mínimas normas de respeto hacia los demás: unas normas de uso de la democracia, digamos, para hacer "como que" consideramos a los otros como personas respetables. Cuando esas normas se transgreden devaluamos al otro respecto de su condición de persona. El debate deja entonces de existir, y nos encontramos con la dichosa crispación y todo lo que comporta. Creo que, contra el virus del sectarismo, bien haríamos en proponer la vacuna de la buena educación, que es sólo uno de los principios contra los que ha atentado Mena. Las formas, la hipocresía, hacer como si fuéramos distintos a nosotros mismos, ceder parte de nuestra soberanía simplemente para reconocer al otro, permitiría aumentar la calidad de nuestras relaciones sociales y políticas y edificar, de una vez, el debate. Del mismo modo que el Teniente Coronel Mena cometió también una grave falta contra las buenas maneras, sus compañeros de ideología harían bien en distinguir entre una cosa y otra, y condenar el dichoso discurso como es menester. Hala.
Moleskine 6-1-06
Otro te lo habría dicho mejor que yo: “el hombre abandonaría a su amada porque no podría conservarla junto con su lucha interna. Para conservar a su amada tendría que convertir todo su amor en un engaño, pues de otra manera ella participaría de sus sufrimientos de una manera que no se justifica en modo alguno”.
No te digo a quién le tomo prestadas estas palabras, porque me da vergüenza.
No te digo a quién le tomo prestadas estas palabras, porque me da vergüenza.
lunes, 2 de enero de 2006
To Know or not to Know
Camino hacia mi casa, ya de día, después de celebrar la Nochevieja. Es esa mirada tan particular, que hace los colores más vivos, de los ojos ya acostumbrados a la penumbra. Me mira una urraca posada en la barandilla del puente de Isabel la Católica. Ella no sabe nada, ni siquiera que un nuevo año comienza (salvo que sea una urraca decididamente anormal). Y yo, consciente de que las fechas son meras convenciones, no puedo evitar la inercia de sentirme como si empezase un tiempo nuevo, como si el tiempo no fuera uno nada más que uno y la fragmentación arbitraria implicase una diferencia en la sustancia de cada año, de cada día o de cada segundo. “Mira tú, con ser tan boba esa urraca sabe mejor que yo”, me digo.
La última línea de defensa
Cuando la ambición de dominio nos haya hecho progresar tanto como para darnos la oportunidad de erradicar de una vez por todas la conciencia de humanidad (o a la humanidad misma, tanto da), cuando nos encontremos, después de tanto denuedo y sudor, en el mismísimo trance de lograrlo, de avanzar el definitivo paso, sólo impedirá conseguirlo la misma humilde vibración que, nacida en el vientre y amplificándose poco a poco hasta inundar el pecho, impidió al soldado de la reina ejecutar a Blancanieves: la misericordia.
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