viernes, 14 de abril de 2006

El diagnóstico y las causas

En una homilía del Cardenal Antonio Cañizares, Arzobispo de Toledo, Primado de España y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal:

Todos somos conscientes de la situación delicada que vivimos. A nadie se le oculta el proyecto de sociedad, de cultura que se está llevando a la práctica en medio nuestro.(…) El laicismo, la quiebra de unos principios y criterios de juicio para el comportamiento moral de la sociedad, la erradicación de nuestras raíces cristianas, la configuración de un nuevo régimen, la preterición de una historia común compartida, los problemas doctrinales, la disidencia de sectores eclesiales es todo un conjunto que reclama el que nos pongamos al frente del rebaño como buenos pastores y defendamos, hasta con el sacrificio de nuestras personas, a ese rebaño que se nos ha confiado, y les proporcionemos los alimentos necesarios y los llevemos a las fuentes de agua viva que pueda saciar la sed de nuestras gentes, sobre todo de los jóvenes, los más necesitados

Si yo fuera católico tendría la misma preocupación. En cualquier época, los valores se entrelazan con las condiciones objetivas de vida y organizan la conducta a condición de ser convenientes. En la actualidad de la sociedad industrial avanzada, estos valores son seguidos en virtud, también, de su comodidad, lo que viene a chocar con el rigorismo moral de las grandes religiones. Además, sobre las tradicionales manifestaciones del poder recae siempre la sospecha escéptica, dudar si el representante del poder ideológico no es en realidad un cínico que abusa de su posición para contradecir en la práctica lo que pregona públicamente en un lenguaje a menudo oscuro o metafórico, inepto para satisfacer la necesidad de comprender, siquiera superficialmente, el porqué de las cosas.

Estas sospechas, estas dificultades, han hecho mella acusadamente en el catolicismo, acompañadas de ciertas demostradas conductas reprobables efectuadas por algunos de sus representantes más conspicuos.

Sabido esto, el discurso del Cardenal Cañizares no sólo ha acertado en el diagnóstico, sino que también, involuntariamente, ha exhibido un muestrario de las razones para esa desafección entre la Iglesia institucionalizada y quienes somos candidatos a constituir su grey: la arrogancia ética (como si el laicismo no supiera nada de esa cosa llamada moral, no fuera una opción moral); la defensa irrazonada de unas tradiciones cuyo máximo valor es el de generar una inercia a menudo indeseable; el aplastamiento del debate teológico interno, considerado como «problemas doctrinales» o «disidencia de sectores eclesiales»; el más que obsoleto lenguaje en el que se unen los alimentos espirituales regados con fuentes de agua viva o el abuso de la bella imagen del buen pastor…

Ni apruebo ni desapruebo, qué más da; sólo constato cómo se marchita y queda sin savia una iglesia de la que me siento cada vez más ajeno. Eso sí, cuando dentro de poco el Papa congregue en Valencia a unos cientos de miles de personas, nos resignaremos a observar pacientemente cómo durante unos días se crean la ilusión de que su árbol no pierde vida.

martes, 11 de abril de 2006

Mentiras reales

Desde la consagración de Borges y la difusión de la estética posmoderna, los literatos se han afanado en explicarnos el verdadero estatuto de la ficción y la alteración que ha sufrido la relación entre la anécdota y la narración en sí. Lástima que, por lo común, la habilidad narrativa tiene poco que ver con la claridad teórica, y el novelista de éxito, dejándose llevar por criterios estéticos y alguna confusión conceptual, suele hacerse (y hacer a sus lectores) un lío con las palabras. Ahí tienen ustedes al bueno de Vargas Llosa, que ha llenado cientos de páginas con el mérito de confundir términos tales como «verdad» con «certeza» y «realidad» y, por lo tanto «mentira» con «falsedad» y «ficción». Creo que nada supera a un diccionario para acabar de una vez por todas con estas aburridas construcciones pseudoteóricas.

Para apreciar verdaderamente a Borges, más que fabricarle una teoría, hay que afirmarse bien en el simple sentido común. Es entonces cuando vivimos la conmoción de sus relatos, el delicado juego entre lo real y lo ficticio. Un caso: un teólogo se aplica en el estudio de la relación entre Jesucristo y Judas, y a lo largo de su vida llega a tres conclusiones sucesivas; según la primera, Judas se sacrifica para que la redención obrada por el sacrificio de Jesús tenga un opuesto perfecto y se siga cumpliendo la economía trascendente del universo [nota pedante: a Borges le gusta tanto esta lógica de los opuestos que la usa bellamente en El inmortal y en Deutsches Requiem; y, a mi juicio, también se sirve de ella para su propia biografía, cuando sacrifica su premio Nobel al infamarse en compañía de Pinochet y Videla]; según la segunda, Judas es el perfecto asceta que, más allá de la simple y fácil renuncia al placer mundano, efectúa una abdicación radical, la renuncia a la bondad; por último, según la tercera, la más abracadabrante, Dios no se encarnó en Jesús, sino en Judas para hacer más perfecta la identificación con el hombre, pecador al fin. Bueno, pues esto tan mal resumido es Tres versiones de Judas, que ustedes pueden leer en Ficciones. La verdadera ficción es la existencia del enloquecido teólogo Nils Runeberg; lo hermoso es saber que cualquiera de esas tres versiones es perfectamente plausible en el ámbito de la disquisición pura y dura; leemos un cabal extracto de la doctrina contenida en las tres —ficticias— obras de Runeberg y no tenemos ninguna razón para dejar de considerarla digna de aprecio. Runeberg es ficticio; sus tres versiones de Judas, en cambio, son especulación, con el mismo estatuto de realidad que gozan la obra de Kant o la cosmología de Platón.

No pretendo agotar la elegante obra de Borges en un párrafo tan pedestre como el anterior; sí quiero explicar que no se le puede apreciar atendiendo a la mayoría de sus exegetas.
Qué bruto soy, ya me fui por las ramas. Bueno, lo que antecede viene a cuento del artículo que hoy firma en El País Félix de Azúa, Cuando lo real no vale un real, en el que se soba una vez más el asunto de la relación entre realidad y ficción, tomando como casos paradigmáticos Tom Wolfe (como creador del nuevo periodismo y exponente de la novela «documentada» con pretensiones de descripción social de una época) o Javier Cercas (posmoderno de pro que alía periodismo, historiografía y literatura). Azúa tiene razón en varios argumentos y se equivoca en otros. Veamos:

«El novelista actual (…) tiene dudas sobre la pertinencia de una realidad literaria soberana. [Eduardo] Mendoza lo dice con claridad: la novela tiene que establecer un contrato con la realidad periodística o histórica»

No veo por qué ha de ser así. La novela es un género que lo admite todo. Ignoro en qué consisten las dudas aludidas del novelista. El lector abajofirmante no tiene ninguna, ni ningún prejuicio al respecto.

«Para nuestra sociedad, que es la que decide lo que lee como real y lo que rechaza como ficticio, no hay apenas diferencia entre la realidad literaria, la periodística y la histórica. En cada caso, sólo la intervención de los jueces (pleitos por calumnias) y de los científicos (denuncias de fraude) puede cambiar el signo de la realidad descrita»

Sospecho que en esta cita se encierran, por lo menos, una generalización indebida (¿«nuestra sociedad» es «la que decide»?) y una petición de principio (¿dónde encuentra esa falta de criterio social?). No creo que nuestro concepto de la ficción, la mentira y el error haya cambiado sustancialmente para volver «al siglo XII, cuando no había diferencia ninguna entre lo real y lo ficticio». Precisamente, la aparición de un periodismo que se sirve de técnicas tradicionalmente usadas en la ficción, o la aparición de crónicas escritas con la ambición y los resultados de la mejor novela (caso de A sangre fría) nos indica que, por el momento, gozamos de buena salud mental y distinguimos entre el mundo real y nuestras voces interiores.

Sí estoy de acuerdo en que nuestro sometimiento a los regulares y masivos bombardeos de esas peculiares células narrativas que son los anuncios pueda erosionar «nuestra capacidad para separar lo real de lo ficticio»; no obstante, dudo que esa erosión se generalice a todos los mensajes que nos llegan desde el exterior. La verdad, el éxito de los publicitarios es el hacernos pasar por reales sus ficciones. Un indicio esperanzador es que la historia de la publicidad moderna es la de una huida permanente, buscando nuevas y cada vez más sofisticadas formas de propaganda que pueda confundirse con información fiable: ahí tienen ustedes los Cronosalud que, bajo un leve disfraz informativo, pretenden vendernos las ventajas de cierta leche con aditivos; mientras tanto, los anuncios tradicionales efectúan su propia escapada para parecer cualquier cosa menos publicidad, llegando a los extremos ridículamente esnobs del ¿Te gusta conducir? y otras pamplinas por el estilo, perpetradas para epatar a los neoingenuos que (allá ellos) han descubierto en los spots una de las bellas artes.

«El chip [de la publicidad y propaganda] exige que nuestras ficciones parezcan reales y que nuestras realidades parezcan ficticias, lo que ha ampliado enormemente el campo de lo ficticio»

La exigencia de que las ficciones nos parezcan reales no me parece nueva, por cuanto el éxito de una ficción es, para empezar, el de conseguir la verosimilitud. A este respecto, no hay que dejarse engañar por la calidad del propio engaño; ahora existen más medios que nunca para que un mensaje parezca real (proyecciones en tres dimensiones; asientos móviles en atracciones y tantas otras cosas), pero, más que suponer un peligro para nuestro sentido de la realidad, provoca en el espectador acostumbrado a las ficciones una crecida sospecha respecto de la autenticidad de una imagen (escribo «imagen» en el más amplio sentido) que es puesta en entredicho desde su inicio. La confusión inversa, «que nuestras realidades parezcan ficticias» es más bien producto de una de las características morales de nuestra cultura: la amplificación patológica de la conciencia del sí mismo. Pero esto cala más hondo, y es para cuando tenga ganas de hacer un post verdaderamente profundo.
Del artículo de Azúa, que pese a todo me parece muy interesante, destaco este escéptico dardo:

«(…) Esto no quiere decir que no subsistan escritores que se atengan a lo propiamente literario (Ferrer Lerín), periodistas que traten de ser objetivos (Kapuzinsky) o historiadores respetuosos con la objetividad (ni idea)»

Y esta sana delimitación conceptual:

«Evidentemente, por “publicidad” hay que entender, además de la que sirve para obligar a la gente a gastar su dinero en lo que convenga a las grandes compañías, aquella otra que ordena tener por real la información que beneficia a las autoridades, como ese Consejo Audiovisual que los políticos catalanes han impuesto a sus dóciles periodistas»

Por favor, querido Félix, cuídate, que haces mucha falta.

lunes, 10 de abril de 2006

El más detestado

Después de unos primeros momentos de desconcierto, nuestros primeros espadas (ejem) de la política nacional se han apresurado a despejarnos todas las dudas: podemos servirnos de una inversión del argumento de autoridad para suponer a Alfredo Pérez Rubalcaba una excelente elección para el Ministerio de Interior. Primero, las quejas.

(¿Que va a ser ministro quién?) Rajoy, para empezar, declaró al recién elegido indigno de su confianza. Según parece, el pecado original de quien hasta ahora ha sido portavoz del PSOE es el de haber alentado a las masas contra las sedes del Partido Popular durante la jornada de reflexión previa a las últimas elecciones generales. Acebes, ministro cuya elocuencia es fiel expresión de su valía política, prefería a cualquier otro que hubiera podido elegir Zapatero. Su protesta es más bien un temor: «¿Qué nos va a pasar a los del PP la próxima jornada de reflexión? Es como poner a la zorra a cuidar de las gallinas». La lástima es que, en mi recuerdo [post del 11 de marzo pasado], el PP perdió unas elecciones que tenía en la mano porque, sin ayuda de nadie (mi indignación no se sirvió de la famosa intervención de Rubalcaba, porque no la conocí hasta días después de las elecciones), ofreció la impresión de mentir para cargar el mochuelo de un atentado monstruoso a quienes estaban siendo caracterizados como amigos del PSOE.

Rajoy y Acebes no están solos en su batalla. Zaplana desconfía de la información «trabucada» que Rubalcaba pueda transmitir en las reuniones de la comisión de secretos oficiales y del Pacto Antiterrorista. María del Mar Blanco, hermana de Miguel Ángel, el concejal de Ermua secuestrado y asesinado, sentencia que «es la peor noticia que las víctimas del terrorismo podíamos oír» y que «ahora estamos seguros de que ETA va a conseguir bastante más de lo que podíamos pensar en un principio». ¿A qué víctimas te refieres, María del Mar? ¿A las de la AVT, cuya ejecutoria sigue el dictado de Jiménez Losantos?

(El que faltaba) Ya echábamos de menos sentirnos más inteligentes gracias a las irrupciones del camarada Egibar, más callado desde que el PNV lo postergó en un arrebato de sentido común, para bien de Josu Jon Imaz y de todos. Aquí están sus argumentos contra el nombramiento de Rubalcaba, en cierta medida contrarios a los del PP:
«No encontraréis en los últimos tiempos un discurso más rancio y más español» ¡Oopa! Qué manera de arrancarse, uniendo los adjetivos rancio, de carácter francamente valorativo, y español, incapaz de calificar discursos porque sólo sirve para definir la nacionalidad de una persona. La maliciosa intención de identificar «español» y «rancio» no debe despistarnos: hay españoles modernos y revenidos, inteligentes y mentecatos, del mismo modo que hay vascos modernos e inteligentes y vascos como Egibar.

«[Los socialistas] son unos artistas para intentar anestesiar al pueblo vasco. Dicen que primero hay que consolidar la paz, según ellos, hay que verificar, y después “ya hablaremos de los problemas que tenéis”» Esa facultad hipnótica, ¿también alcanzará, por ejemplo, a los socialistas vascos? Llámese anestesia o no, queda claro que Egibar nos ofrece ese monstruito llamado proceso político, es decir, aspira a cumplir el chantaje de la violencia malgré les circonstances. Pues nada, hombre, que tengas mala suerte en lo tuyo.

«[Zapatero y Rubalcaba son culpables de] diseñar y materializar la división del nacionalismo» Lástima que esté tan equivocado este politólogo de batzoki; ya me gustaría que fuera verdad. Interesante me resulta esta invocación a la unidad de los partidos nacionalistas, sean del pelaje que sean, unidos frente a esa rancia España, cruel madrastra que, en el fondo, les da los pretextos (no las razones) para alimentarse. Que conste: estoy tentado de darle la razón en que todos los nacionalismos vienen a parar en lo mismo, es decir, en la retórica, el victimismo sin fin, el sentimentalismo, el desprecio de la razón y la ira.

(La inteligencia al poder) ¿Pero quién es Rubalcaba? ¿El maquiavelo del PSOE? ¿El manipulador sin principios? ¿El mentiroso? No sé. Sí creo que se trata de uno de esos políticos atentos más a la ética de la responsabilidad que a la de la convicción, y por lo tanto un pragmático de los pies a la cabeza, un hombre eficaz. Digamos que su modelo de conducta es el «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». Tal vez es el político más capaz y más consciente del valor de su actividad, lo que le convierte en el adversario a evitar en las trifulcas cotidianas. Transmite tal autoridad sobre su actividad que sus intervenciones, siempre, orbitan muy por encima de las de sus correligionarios. Quienes somos aficionados a disfrutar de los buenos oradores parlamentarios, llámense Beiras, Rajoy o Borrell, hemos pasado nuestros mejores ratos escuchando a Rubalcaba, uno de los poquísimos políticos que no se sirven sistemáticamente de las fórmulas del argumentario y de los que más parece atender a la inteligencia de su auditorio.
Zapatero tiene la inmensa suerte de contar con él, y la agudeza suficiente para servirse de su talento a manos llenas. Lo mismo da que sea para sacar adelante la ley de educación, desatascar el lastimoso proceso del estatuto de Cataluña, abrir el Pacto Antiterrorista, dirigir la campaña electoral o sacarle las castañas del fuego cuando venían mal dadas en la comisión parlamentaria sobre el 11 de marzo de 2004. Recuerden la comparecencia de Zapatero en la comisión, los líos en que se había metido el pobrecillo, y cómo Rubalcaba le hizo salir airoso durante su turno de preguntas; quien en su momento lo haya seguido sabrá qué quiero decir.

A mi modesto entender, José Antonio Alonso estaba haciendo un buen trabajo en el Ministerio del Interior; creo que el nombramiento de Rubalcaba es una de las pocas cosas que pueden convertir a esta sustitución en razonable.

jueves, 6 de abril de 2006

La esquerra nostra

«Una funcionaria denuncia ante el fiscal el envío de cartas de ERC», es un titular de El País de hoy. Al parecer, la denunciante recibió dos cartas de Esquerra Republicana, en abril y en mayo del año pasado, después de haber sido trasladada a un puesto de nivel inferior al que ya había consolidado. En la primera de ellas Xavier Vendrell le solicitaba el certificado anual de aportaciones efectuadas a favor de la Fundación Josep Irla, afín a ERC. En la segunda…

«A primeros de mayo [de 1995], la funcionaria volvió a recibir otra carta, también de Vendrell, recordándole que no había respondido y que si no se ponía en contacto con la secretaria de organización y finanzas de ERC, se actuaría “en consecuencia, hecho que comportará incluso el cese que todo el mundo quisiera ahorrarse”. Por eso, Vendrell le reclamaba “un gesto sencillo” para que esa “tarea desagradable” que le tocaba realizar fuera “un poco más fácil”.»

A esto se suman, según la denunciante, varias conductas calificables de presunto acoso laboral.
Vamos con la parte que ofrece más miga. Sigo transcribiendo de la noticia de El País:

«Fuentes del partido admitieron ayer que la funcionaria nunca debería haber recibido esa carta porque la carta financiera de ERC se aplica únicamente a los cargos de confianza y al personal eventual de la Generalitat [los subrayados son míos]»

Mi experiencia como personal temporal en una institución pública ha venido a enseñarme que los temporales o eventuales son los elementos más frágiles de toda la plantilla. Como los sindicatos nada ganan abogando por sus intereses, en los eventuales se concentran todas las cesiones laborales mientras, el personal fijo —el que más cuenta cuando llegan las elecciones sindicales y, por lo tanto, el reparto de ciertas prebendas y liberaciones— pasa intocado a través de los convenios con una frescura casi perfecta. Los escritos aportados por esta buena señora, así como las extrañas disculpas de nuestros buenos amigos de ERC vienen a confirmar este estado de cosas: el trabajador eventual de la Generalitat ha de avenirse a los pagos para evitar que sus superiores recurran al «cese que todo el mundo quisiera ahorrarse». No quiero parecer sectario, así que me evitaré escribir la palabra bajo cuya acepción cabe enteramente todo este comportamiento. Bueno, me mojaré un poco: empieza por «m» y termina por «afia».

¿Pero es que nadie va a pararlos?

jueves, 30 de marzo de 2006

De vuelta al redil

De Xosé Luís Barreiro Rivas conozco sus a menudo excelentes artículos de prensa. Casi nada sé de su más que incipiente y prometedora carrera política durante los ochenta y su fin abrupto y escandaloso, ni de su actividad docente en la Universidad de Santiago. Ahora nos sorprende con un programa en la televisión autonómica gallega, Volver ao rego, locución cuyo sentido figurado se puede traducir al castellano como «volver al redil»; no acierto a comprender qué pretende con ese título, pero cualquiera sabe cuánta retranca gallega oculta.

Como para confirmar cierto carácter institucional, su primer invitado ha sido Emilio Pérez Touriño. Si bien se notaba el esfuerzo por hacerla transcurrir por cauces de interés, la entrevista, mal encubierta bajo la denominación de tertulia, era tan favorable al invitado que por un momento me pareció estar viendo un programa de Pedro Ruiz. Me divirtió ver a Barreiro y a su invitado, ambos palpables castellanoparlantes, intentando hablar con desenvoltura en gallego, trabándose a cada paso y olvidándolo por momentos para que todos recordásemos cuál es su realidad lingüística (Touriño llegó a decir «dende que te levantas ata que te acostas» en lugar de un más galego «dende que te ergues ata que te deitas»). Más tarde se incorporaron dos invitados-contertulios-entrevistadores más, igualmente favorables hacia el Presidente de la Xunta: un representante de la intelectualidad galleguista de los setenta y la actriz Uxía Blanco, quien, a juzgar por los temas que tocó, parecía decidida a conducirse siguiendo el manual de las cuotas femeninas: el maltrato a la mujer, cómo vivía la esposa de Touriño —llamada, haciendo gala de familiaridad, por su nombre de pila— su condición actual, la representación mujeril en el gobierno gallego, etc.

Me desilusionó mucho la ambientación del programa. Deseosos de ofrecer un espacio para la reflexión tranquila, han recreado una especie de casino de provincias donde el piano no deja de sonar alternando valses con el inevitable Billy Joel, y donde atiende un atildado, enpajaritado camarero que mantiene una adecuada distancia con el reverenciado, envarado presentador; con servilismo, modestia garantizada y una boba alusión a su tía Nonseiquén, para que comprobemos que el condescendiente presentador puede ser tratado con una ajustada familiaridad por simples profesionales de la hostelería. No esperaba gustos tan rancios en una persona habitualmente lúcida como Barreiro.

En las palabras de Touriño no hubo nada que merezca comentario: cháchara hueca de cargo público en un clima propicio. Espero que al redil de Barreiro vuelvan no sólo políticos, sino también personas que tengan algo que decir.

martes, 28 de marzo de 2006

Criterio de maldad

Cada vez que he explicado el pequeño revuelo montado por las cartas de ERC a trabajadores de la Generalitat mediante las cuales se «solicitan» aportaciones a dicho partido [ver post del 25 de marzo], me lo han hecho repetir para cerciorarse de que no les mentía y de que no me malinterpretaban. Esto debe de querer decir que lo ejecutado por Vendrell está verdaderamente feo. ¿O no?

domingo, 26 de marzo de 2006

Sobre la educación del gusto

Me admira cómo siempre que un grupo acude a una cafetería éste, por numeroso que sea, siempre se las arreglará para pedir el café de tantas maneras distintas como personas forman la clientela. Uno lo pedirá con leche; otro, cortado; el otro, solo; una lo querrá con leche desnatada y el de más allá con azúcar moreno, et cætera. También me asombra que, como si esto no fuera suficiente tormento para el camarero, haya personas de gustos especialísimos, tales como:

«Ponme un café con leche muy clarito, que la leche sea semidesnatada y fría, en vaso y con sacarina»

Que nadie me diga que no tiene amigos así, ya sea para tomarse un café, una copa o un revuelto de setas. Yo reconozco no ser una persona refinada, así que me limito a tomar nota asombrada de lo que piden quienes sí acceden a gustos tan delicados y en ocasiones estrambóticos.
Por eso me pregunto: en un acto tan banal como es el de tomar un café, ¿por qué ser tan especiales? La experiencia me ha enseñado que, cuanto más se delimita el objeto que ha de proporcionar el placer, más probable es quedar insatisfecho. En el ejemplo de antes, dos de cada cinco veces la escena continuará con una reclamación al infeliz hostelero:

«Mira, es que el café os ha quedado cargado de más; ¿me echas más leche?»

Para continuar con una exhibición de fuerza moral como ésta:

«Es que les pides un café clarito y te lo ponen oscuro como el porvenir, hay que ver, blablablá…»

Mi convicción es opuesta a la de estos sibaritas de ocasión: creo que el azar es un ingrediente fundamental la mayor parte de las veces en que alcanzamos de manera palpable y genuina el placer. No podemos dominar ni alcanzar a voluntad esa fina y casi inaprensible sensación porque para ello dependemos del objeto de deseo, sí, pero también de nosotros mismos, de la particular e irrepetible disposición del momento, de la cantidad de azúcar que hayamos ingerido media hora antes, de que el día sea soleado, de lo agradable de la compañía, de la atención que prestemos a lo verdaderamente importante. La sofisticación es antipática y enemiga del placer porque es el intento siempre fracasado de domar nuestro universo próximo, porque hace más raras las sorpresas. El orden se compadece mal y a la fuerza con la experiencia auténtica. Por favor, no convirtamos en puntillo de honor que nueve de cada diez arroces nos parezcan pasados o poco hechos, porque el que queda en su punto nos sabe a divinidad.
Nota para mis admiradores: la conversación que más detesto durante la comida es la culinaria y siempre pido el café solo largo.

sábado, 25 de marzo de 2006

Marga y Fernando: anécdota moral y sentimental

La historia más banal resulta de lo más interesante cuando has accedido a ella a hurtadillas. Mientras vivía las circunstancias que voy a contar, más que como quien mira por el ojo de una cerradura, me sentí como si abriesen la puerta ante mí para que contemplase la escena privada que transcurría más allá del umbral. Creo que, al menos en este caso, la trivialidad de la anécdota va en consonancia con su representatividad y, además, por la convicción de que es algo real. En fin, querido lector, quedas avisado: acaso te importe un pito lo que sigue.
Iba esta mañana en el autobús de línea. En una de las paradas intermedias se subió una chica bastante atractiva que se sentó justamente detrás de mí. A los pocos minutos de reanudar el viaje, hizo una llamada con su móvil y habló en un volumen como para escucharla sin esfuerzo:
—Hola… Soy Marga… Sí… Verás, es que estoy un poco enfadada con Fernando. Como voy a Valladolid, le dije que él se viniera desde Madrid y así nos encontrábamos, pero me dijo que no… Que tenía esta mañana un seminario del master… El caso es que llamo a su casa hace un rato, y le pillo durmiendo todavía… Yo le pregunto qué hace allí que no ha ido al master y el me contesta que se ha quedado dormido pero que no importa, que puede recuperar el seminario en otra sesión. Yo le he dicho que no me lo creía, y como me dijo que tal yo le he pedido el número del master y así lo comprobaba… Él me ha dicho que de qué voy, y que si no me fío de él… Y yo le he contestado que me fiaría de él si me pasaba el teléfono… Al final hemos quedado mal… Sí, sí…
Nada importante. Vuelvo a centrarme en una novela que no me gusta, pero a los pocos instantes Marga hace otra llamada.
—Buenos días… ¿Se imparte ahí el master de osteopatía?… ¿Podría decirme si hoy se imparte un seminario? No, en el de fin de semana no, en el continuo…
Naturalmente, este comportamiento policial despierta mi interés, así que decido no perderme ya nada más. Abandono la novela y escucho cómo a Marga la pasan con otro empleado, y luego con otro que le da el dato que busca.
Ella cuelga y vuelve a llamar:
— ¿Fernando?… Que he llamado al master, y me han dicho que no hay seminario hoy… Pues nada, a ver qué quieres que hagamos. Si quieres quedamos como amigos y se acabó…
¡Van a romper! Me pongo nervioso, me siento violento; ¿estaré invitado a ser testigo casi involuntario de una ruptura sentimental y, para remate, telefónica?
—…Pues claro, si me mientes por una tontería así, qué es lo que no harías por algo más importante… Es que para mí es muy fuerte… Prefiero que me digas que no puedes ir porque no tienes pasta o que no te apetece, pero no me mientas… ¿Cómo que tienes un papel?… Pues tendré que verlo para creerte… Vale, muy bien, si me enseñas el papel y es verdad lo que me dices te pediré perdón, retiro lo dicho y me pones el castigo que tú quieras…
Eficacísimo papel debe de ser ése. ¿Qué coartada estará usando Fernando?
—… ¿Pero cómo me pides que te crea, si luego voy y compruebo que no es verdad lo que me dices?… Pues claro que tengo derecho… Encima de que estamos a distancia… Lo que pasa es que para mí los amigos son para una cosa y la pareja es para otra… Los amigos los tienes ahí siempre…
No pude oír más.

Ejercicio 1º: Haga un comentario sobre el lenguaje coloquial usado en el relato (20 líneas)
Ejercicio 2º: «Prefiero que me digas que no puedes ir porque no tienes pasta o que no te apetece, pero no me mientas». Análisis sintáctico de la oración. Análisis semántico. Análisis psicológico: ¿es sincera Marga cuando pronuncia estas palabras?
Ejercicio 3º: Exposición del subtexto: qué es lo que se querían decir los dos novios y no se atrevían a formular. Evítense los juicios de intenciones demasiado atrevidos.
Ejercicio 4º: Desarrolle, en el espacio aproximado de media página, una continuación para la escena narrada.
Ejercicio 5º: Imaginación al poder: si usted fuera Fernando y pudiera demostrar su coartada con el papel referido en la narración, ¿qué satisfacción obtendría de Marga, teniendo en cuenta la fuerza moral adquirida mediante el incidente? Por favor, demórese explicando cuidadosamente los detalles.

Del tres por ciento al cuatro por ciento

Leo hoy en El País que, en los departamentos de la Generalitat de Catalunya dependientes de Esquerra Republicana, los empleados temporalmente como personal laboral reciben cartas animándoles a que donen una participación fija —como porcentaje tasado— de su salario a una fundación dependiente de ERC. El porcentaje varía dependiendo de la condición del puesto de trabajo, partiendo de un 4% para los de inferior categoría para ir aumentando a medida que es más alto el salario. Si los pagos no se inician en un plazo dado, estos trabajadores públicos reciben otra misiva, en tono más conminatorio, anunciando la consideración de esta falta de colaboración en el futuro si no se cambia de actitud.
Un tal Xavier Vendrell, Secretario de Organización y Finanzas del partido de marras y firmante de las cartas, se defiende con una serie de argumentos más bien falaces y que cito de memoria para hacer mis propios comentarios:
- El propio Vendrell dona siguiendo esta fórmula un porcentaje de su salario. Muy instructivo, pero me permito suponer que esta cesión la realiza de mil amores, dado que ¡vaya coincidencia! está afiliado a ERC.
- Se envían estos requerimientos bajo la convicción de que el personal que trabaja en estos departamentos es considerado por sus superiores como «de confianza», y teniendo en cuenta que esta confianza se puede renovar o no en función del compromiso expresado con esos pagos. Decididos a confirmar la caricatura del catalán para quien la pela es la pela, los acólitos de Carod Rovira sostienen que no hay afecto más sincero que el demostrado en dinerito contante y sonante. Yo podría creer —haciendo gala de una buena fe algo pánfila— que a quienes ocupan puestos de libre designación (los puestos «políticos») sí se les puede exigir ciertas cesiones en pro de los que les nombraron; más difícil me resulta considerarlo así en el caso de los telefonistas, ordenanzas o técnicos que acceden a su puesto mediante un sistema de cómputo de méritos. ¿Qué confianza deben ganarse las personas cuando realizan trabajos que en la mayoría de los casos no les gustan para ganarse la vida?
- De alguna manera tendrá que financiarse un partido escasamente beneficiado por las donaciones «anónimas». ¡Pues claro! A falta de tres per cent buenas son las donaciones extraídas bajo la sutil amenaza de dejar de considerar a una persona apta para su puesto por convertirse en poco de fiar —locución contraria a la temible de confianza—. Si los métodos ajenos son poco transparentes, ¿por qué a nosotros se nos critica por estas delicadas presiones sobre gente que presumiblemente vive —no holgadamente, pero vive— de su trabajo, de tal manera que tendrá cierto natural deseo de conservar la confianza de quien le manda?
Me quito de encima a toda velocidad una conclusión obvia: francamente, es preciso crear ¡pero ya! una regulación de la financiación de los partidos decente.
Me interesa más explicarme respecto de otra cosa. Un partido como lo son la mayoría —PSOE, PP, IU, qué sé yo— se encuentra obligado a evitar determinados actos que puedan resultar en un desdoro de su imagen democrática. Sin embargo, ERC, siempre tan audaz, se siente a salvo de esos juicios ajenos y presumiblemente catalanófobos. Y con razón. Mientras la mayoría de los partidos aspiran a parecer (seamos realistas y no escribamos ser) racionales y fieles a métodos democráticos, los nacionalistas, cuyo credo se basa en argumentos sentimentales e irracionales, pueden saltarse sin complejos ciertas molestas normas de conducta pública, puesto que las arbitrariedades forman parte íntima de su ser. Si verdaderamente ERC se considera a sí misma la auténtica voz del pueblo catalán, ¿por qué no va a actuar de una forma tan indefendible como su propia premisa? Nada les está vedado, porque cualquier norma —lógica, ética, legal— se les queda pequeña ante el gran verdadero máximo venerable fetiche: la nación.
Si ellos son de izquierdas, tendré que inventarme una etiqueta para mí.
Os animo a volver a mi post del 17 de enero, que me parece también esclarecedor a este respecto. Me refiero a la parte en que distingo a los que afectan honradez (aunque sean unos canallas) de quienes no se sienten ni siquiera obligados a mantener las apariencias.

(al margen) Si Ciudadanos por Cataluña forma un partido político y se extiende, ¿podremos hablar, por fin, de un partido radical en esta España mía esta España tuya esta España nuestra?

miércoles, 22 de marzo de 2006

Un pensamiento despeinado

La propiedad es un robo, sobre todo con estos precios.

En el día de la esperanza

Hoy es obligado abandonar el análisis del comunicado de ETA a los hermeneutas de zutabes. Sí indicaré ciertas reacciones características.

Ibarretxe, jugador de ventaja como buen nacionalista, se ha apresurado a resucitar su mesa de partidos, porque de lo que siempre se ha tratado en su caso es de rebañar, aunque sea a costa de la honradez. Y aún nos queda todo el lío del Estatuto Vasco, madre mía.

Joseba Permach y Pernando Barrena (nombres dignos de una historieta de Superlópez) lamentan verse obligados a declarar ante el juez sin que se tenga en cuenta su valor como interlocutores, demostrando así ignorar, sea por cinismo, sea por simple e imperdonable barbarie, que los poderes del Estado deben ser independientes entre sí.

martes, 21 de marzo de 2006

Demasiados, sí señor

Carod Rovira ha justificado el voto negativo de ERC al nuevo estatuto catalán con la siguiente fórmula: «demasiados boicots para este resultado». Mi afán justiciero me obliga a recordar que el primero en hablar de boicots fue él mismo, proponiendo uno contra la candidatura olímpica de Madrid. La disculpa de que se sirvió más tarde frente a las justificadas críticas, que sólo repetía lo que «los catalanes» pensaban en privado, habría sido chistosa en circunstancias más felices.
Es un caso bien curioso. Cuando se le entrevista, encontramos una persona ponderada, de vocabulario tranquilo, voz pausada y razones fuertes pero defendidas con calma. Sin embargo, se trata del mismo que negoció una tregua catalonian way con ETA, instalándose así por derecho propio en la galería de políticos irresponsables en compañía de Arzalluz, Martínez Pujalte, Zaplana, Carmen Calvo et alii. El mismo a quien sus principios partidarios le obligaron a consumar dificultades diplomáticas (líos con las banderitas) y a posar desenfadadamente bromeando con una corona de espinas… La lástima es que su credibilidad social parece sobrepasar su torpeza y su afán de protagonismo: la gente te mira raro cuando lo criticas.
Ah, querido blog, cuánta falta me haces…

domingo, 12 de marzo de 2006

La hoguera de la feria

Joan Tardá, este curioso diputado de Esquerra Republicana de Catalunya, ha llamado a Josep Piqué «burgués instalado en la hoguera de las vanidades». Me abstengo de enjuiciar la etiqueta de burgués, tradicionalmente usada con una discrecionalidad que la inhabilita para significar algo a estas alturas. Como lo demás parece tener ciertos caracteres de síntoma, voy a hacer un breve examen.
Seguramente, este ejemplar de moderación, quiero decir Tardá, estaba pensando en la novela de Tom Wolfe. Tal vez merezca la pena recordar que el título, The Bonfire of Vanities, puede ser una broma a costa de la novela de Thackeray La feria de las vanidades, Vanity Fair; un poco al margen, diré que la obra de Wolfe es muy superior a la de Thackeray.
Es probable que Wolfe tuviera en cuenta, sobre todo, las hogueras de las vanidades encendidas en Florencia durante el período de gobierno de Savonarola, ese austero franciscano que sometió a su ciudad, a finales del siglo XV, a un régimen teocrático en el cual Jesucristo había sido nombrado tirano (sí, sí, créanlo). En estas hogueras se quemaban enseres que entraban en la categoría de consumo ostentatorio (muebles, pinturas, vestidos, lujos variados), además de efigies representativas de algún judío con excesivo interés en el comercio, o alegóricas de los siete pecados capitales.
¿Nos servirá esto para interpretar mejor las palabras del sanguíneo Tardá? Qué va, si ni siquiera él sabe qué quería decir.
Termino ya, que voy a parecerme a César Vidal.

(al margen) Iñaki Gabilondo presentó, hace ya algún tiempo, a su entrevistado Joan Puigcercós como representante de los moderados de ERC. Pues cómo serán los radicales…

sábado, 11 de marzo de 2006

Remember...

La contención con la que se quiere conmemorar la masacre de hace dos años en Madrid es sólo aparente. Periódicos y emisoras de la derecha (El Mundo, La Razón, Onda Cero, COPE) prodigan las dudas acerca de la autoría del atentado; yo las veo un tanto extemporáneas. Me recuerdan bastante a los dichosos creacionistas, con quienes comparten su metodología de la sospecha [ver el post del 13 de enero pasado].
Hace dos años, presa de la indignación, escribí cuatro páginas destinadas a mí mismo como lector del futuro; pretendía recordarme la ira que sentía, y las razones que me la provocaban. En ellas resumía cuáles eran las circunstancias en las que se había producido la matanza, y algunos datos que tal vez ya se hayan olvidado.
Una de las primeras reacciones fue la del Lehendakari Ibarretxe, quien, convencido de que se trataba de un atentado de ETA, afirmaba que los autores eran «no vascos»; tendré la piedad de no comentar la estupidez de negar retóricamente lo que se cree que es de hecho, como si la comisión de un atentado por cuatro vascos extendiera una deshonra a una la vasquidad o lo que quiera que sueñe este distinguido casuista. El caso es que, inmediatamente después, Arnaldo Otegi salió a la palestra para negar la autoría de ETA. Esto fue muy mal tomado por el entonces ínclito Ministro del Interior, Ángel Acebes, quien sentenció que Otegi sólo pretendía crear confusión y tildó de «miserables» a quienes afirmaran otra cosa.
Hay más: el Ministerio del Interior nos informaba cumplidamente de que Europol nos había advertido de que, por un reciente cambio en la cúpula directiva de ETA, la forma de operar de la banda había cambiado.
Poca gente se convence. La emisión del discurso del Rey, previsto para las 8 de la tarde, se retrasa media hora para permitir a nuestro Acebes reconocer por primera vez que ha ordenado «abrir una nueva vía de investigación» debido a la aparición de la furgoneta con detonadores y una cinta con versículos del Corán. A pesar de todo, deja bien claro a ETA como principal sospechosa.
De hecho, se inician las presiones directas sobre los diplomáticos, sobre los directores de los principales periódicos y sobre los corresponsales de la prensa extranjera: tenían que dejar bien claro en sus respectivos ámbitos que ETA era la responsable. Se llega, incluso, a presionar a las Naciones Unidas para que la condena tenga a ETA como destinataria, contraviniendo los usos de la institución.
¿Para qué recordar el lema de la manifestación, alusiva de manera interesada a la Constitución? ¿Para qué recordar la emisión improvisada de Asesinato en febrero durante la jornada de reflexión?
El viernes 12 de marzo, en la estación de Chamartín, sorprendí una conversación de un grupo de chavalitas (que parecían más adictas a Bisbal que a la política nacional, la verdad sea dicha) en la que una de ellas aseveraba: «es que para el PP no es lo mismo si ha sido ETA que si han sido los de Al Qaeda». Hasta ellas lo sabían. Un atentado islamista despertaría los fantasmas —hasta entonces olvidados— de la codiciosa y sanguinaria guerra de Irak, y penalizaría al PP. ¿Y si hubiera sido ETA?
¡Pues claro, hombre! Durante la campaña electoral el terrorismo abertzale había sido el gran protagonista. Zapatero había comenzado a tender la mano al nacionalismo vasco después de la derrota de Redondo Terreros. Carod Rovira, socio de gobierno ya entonces con Maragall, había hecho gala de sus dotes de estadista reuniéndose con ETA en Francia para lograr una «tregua» para Cataluña… Tan enrarecido estaba el ambiente que una ministra del Gobierno había dicho que votar al PSOE en las elecciones era «votar a los terroristas». El PP sacaba partido de la aparente desgana del PSOE para agarrar el toro del conflicto vasco por los cuernos. Y a buena fe que lo conseguía.
Más. Otro tema del que se hablaba mucho por entonces era la reforma constitucional. Qué oportuna la mención a la Constitución en el lema de la manifestación oficial.
Se ha dicho que el grupo PRISA intervino para manipular la información en contra del Gobierno; que el PSOE organizó las protestas del día 13 de marzo; que era un atentado para derribar a un gobierno. Yo creo que no se ha asumido que la derrota del PP no se debió a una reactivación de la protesta antibelicista; tendremos que explicarles que es la mentira la que les desalojó del poder; una mentira que pretendía extraer votos a costa de un atentado con 192 muertos y unos 1500 heridos. Cuánta infamia.

(otro mal recuerdo) El azar me llevó a Madrid el día 12 de marzo de 2004. Participé en la manifestación. Fue, en efecto, muy concurrida, pero me pareció ver a los participantes con ánimo de cumplir con un deber desagradable antes que de realizar un acto de afirmación cívica. Cundía más entre los asistentes el agobio de soportar la lluvia que la aflicción por la masacre del día anterior. Nunca me he sentido más extraño que allí, metido entre miles de paraguas, sin entender nada.

(el derecho a ser creído) Cuando un niño pequeño comete una fechoría, es probable que intente justificarse usando excusas más bien fantásticas e increíbles; cuando el padre, bondadoso pero justo, le diga a la criatura que no se toma en serio esas excusas, el niño se tendrá por injustamente tratado. No le importa usar excusas ilegítimas, pero considera que debería ser creído por su papá. En resumen, una conducta no es reprobable si se encuentra una justificación cualquiera, por artificiosa que resulte.
Ésa es la lógica que sigue el ínclito Zaplana: «vale, mentimos, pero es posible que podamos justificarlo a posteriori. Deberían ustedes pensar que entonces actuamos como si fuéramos sinceros».

(Dreyfus, Kennedy y los dos mil) Mi impresión es que la derecha española pretende crear una incertidumbre semejante a la que existe en los Estados Unidos respecto de la autoría del magnicidio de Kennedy. Lo que se está obteniendo, empero, es un trauma social que recuerda al que hubo de padecer Francia con motivo del caso Dreyfus. Del mismo modo que hubo dreyfusistas y antidreyfusistas mientras el oficial injustamente culpado de espionaje ingresaba en el penal de la Isla del Diablo, hay creyentes y escépticos de la estrambótica conspiración ideada por los medios de la derecha. En este caso, son las víctimas —recuerdo: 192 muertos, más de 1500 heridos— las que quedan atrás, como si no contaran, en su Isla del Diablo, cosificadas por quienes recurren a ellas siguiendo los profanos criterios de valor de uso.

viernes, 10 de marzo de 2006

Sobre la negociación

Si alguna culpa ha de recaer sobre el Partido Popular es la de haber utilizado el terrorismo como munición para dañar el crédito de sus adversarios políticos. Lo hizo Aznar antes y después de ganar sus primeras elecciones, y Rajoy como su leal sucesor, asistido además por esas dos eminencias, Zaplana y Acebes, continúa en idéntica actitud. Es una vergüenza que afirmen que ahora los presos de ETA salen de la cárcel con más facilidad que antes, del mismo modo que es una vergüenza no acatar el liderazgo del Gobierno cuando éste decide, por ejemplo, poner facilidades para realizar una negociación.
Nos reunimos con ETA para comprobar si iban a rendirse, ha dejado dicho Aznar para convencer a los suyos de que no llegó a negociar. Nosotros no estamos negociando, dice ahora el Gobierno. Yo, que soy muy original, afirmo que ambos mienten. Una «política de gestos» constituye por sí misma una negociación, aunque el escenario sea la opinión pública y no una sala con una mesa redonda. Todos los gobiernos, todos, han negociado, de una u otra manera y sin éxito, con ETA.
Dicho esto, sólo me queda evaluar sumariamente los resultados de la negociación actual. ETA ha incrementado sus atentados contra los negocios menos dóciles a sus campañas recaudatorias. ETA ha reforzado su campaña de extorsiones. El entorno de ETA ha convocado una huelga general. Otegi, incluso, pretende ganar su inmunidad judicial en calidad de interlocutor de la negociación. La negociación está fracasando porque los gestos de buena voluntad del Gobierno no son respondidos por los que cabría esperar de parte de ellos. Quiero decir que ya va siendo hora de que el Presidente del Gobierno diga «hasta aquí podíamos llegar» y acabar de una vez por todas. Ya habrá otras ocasiones.

jueves, 9 de marzo de 2006

Raza

Curiosa y rarísima coincidencia, todas las películas candidatas a los Oscar de este año me resultaban, antes de verlas, muy atractivas. Lo gracioso del caso es que la ganadora, Crash, es la única que no había visto hasta hoy. Descartemos lo obvio: las dos principales opositoras eran las mejores que nos ha dado el cine norteamericano últimamente, y dignifican a unos premios que han llegado a los extremos calamitosos de ser otorgados a Titanic, Bailando con lobos, Forrest Gump, El retorno del rey y otras que olvido para evitarme mayores sonrojos.
Bueno, ya he visto Crash, ya me he quedado a gusto. La he vivido como supongo que lo habrán hecho todos sus espectadores, dejándome llevar por las continuas sorpresas que nos ofrece el guión. La primera conversación entre los dos amigos negros es reveladora: uno de ellos intenta convencer al otro de lo difícil que es librarse del estereotipo del negrata-delincuente; terminan, sin solución de continuidad, robando un coche a punta de pistola. La misma lógica de esta escena se sigue con bastante precisión y fortuna durante toda la película, sin que apenas se noten algunos efectos de carpintería de un guión estupendo; en consecuencia, uno no se avergüenza de la emoción que se vive en algunas escenas —el asalto del comerciante iraní al cerrajero hispano, con la abrupta y terrible irrupción de la hija de éste—.
Para quien quiera verlo, en Crash se comprueban, a modo de un experimento sociológico, los efectos de la libre circulación de armas de fuego, de la inexistencia de un sistema sanitario público en un país desarrollado, de la pérdida de una medida humanamente asumible en nuestras relaciones personales. A buena fe que me han quedado pocas ganas de visitar Los Ángeles.
Me he referido deliberadamente a negros, hispanos e iraníes. Hay también wasps, chinos y camboyanos. La raza o la etnia, aunque sea un atributo máximo de la inhumanidad, es lo primero que define a las personas, la medida de todas las cosas en una sociedad que ha aceptado compartimentarse. Esto y sus consecuencias de desquiciamiento general queda, creo, muy bien expuesto. ¿Servirá como advertencia contra las absurdas y discriminatorias políticas de cuotas —y creadoras de ira— a las que es tan aficionado Zapatero?
La sorpresa, presencia constante en todas las secuencias, no sólo es una argucia del guionista para entretener. Constituye parte del discurso implícito de la película, y su valor es el de recordarnos, por contraste, al incumplir una tras otra todas las expectativas, cuánta es la distancia entre lo que es y lo que nos creemos que debería ser.
Me hubiera gustado más un final acorde con el conseguido tono trágico de todo el desarrollo; eché de menos un mayor peso de la vida del político y su desconfiada esposa —lo político siempre importa mucho, mucho—; hay algún truco de guión detectable. Pero es inútil explicar aquí cuál es la película que habría querido ver. Así ya está bastante bien, y la recomiendo francamente.

miércoles, 8 de marzo de 2006

Las mujeres públicas


Hoy en el canal Cuatro han presentado un programa periodístico que van a conducir, por turnos, cuatro famosos presentadores. Se explicaron así:
Iñaki Gabilondo hará entrevistas.
Carles Francino llevará los debates.
Jon Sistiaga se encargará de los reportajes.
Y Angels Barceló ofrecerá… ¡la mirada femenina!
Acaso es verdad que existen dos maneras de ver las cosas: masculina y femenina. Quizás Angels Barceló se mire por las mañanas al espejo y se diga: «soy una mujer, y voy a hacer lo que cabe esperar de una mujer». Es posible que, después de todo, la lucha por la igualdad de los hombres y las mujeres buscase en realidad alcanzar una parodia en la que las periodistas nos ofrecen miradas femeninas y las vicepresidentas bailan al ritmo de tambores africanos para no decepcionar a los que esperan ese algo distinto de las mujeres públicas.
A mí me produce más bien vergüenza ajena, sobre todo cuando pienso que la calderilla que donamos en el África subsahariana no va a servir PARA NADA. Eso sí, la repartimos con un movimiento de caderas verdaderamente femenino.

domingo, 5 de marzo de 2006

El aborto: lo político es personal

La entrevista a Jesús Mosterín en El País Semanal de hoy merece ser leída con atención (y aplaudida). Habla con lucidez acerca de las características de lo humano a la luz, sobre todo, de la teoría de la evolución biológica, y de sus implicaciones éticas y sociales. Por ejemplo, establece de manera tajante el corte entre la ética —de naturaleza individual— y la política —social—: para que no haya confusiones tan tontas como frecuentes [me remito a mis posts sobre las dichosas caricaturas de Mahoma].
Me interesa una alusión un tanto marginal al problema del aborto. Mosterín culpa a la influencia del catolicismo de la penalización del aborto en todos los paises de Iberoamérica. Sobreentiendo que el eminente filósofo, quién sabe por qué razones, aboga por la despenalización de la práctica, como viene haciendo tradicionalmente la izquierda.
La postura de la Iglesia, explicada mediante el dogma, merece en consecuencia acatamiento o indiferencia; es falso que el dilema sea entre acatamiento o rechazo, porque éste último supone un reconocimiento del dogma que se pretende atacar. Me interesa más la postura de la izquierda porque yo me considero de izquierdas y porque una ideología no debe apelar a la fe, sino a la racionalidad. Y en general he visto cómo la izquierda ha justificado el derecho a la interrupción del embarazo por causas más escoradas hacia lo social que hacia lo personal: estadísticas acerca de embarazos no deseados, en adolescentes, de abortos clandestinos y sin garantías sanitarias cometidos en circunstancias de prohibición, etcétera. Es fácil convencerse de que detrás de esas estadísticas hay casi siempre verdaderos dramas personales y familiares que se superan eficazmente con la ayuda de la interrupción del embarazo. Sin embargo, detrás de ese consentimiento —y facilitación— yo me pregunto: ¿es que nadie se da cuenta de que el aborto es, sobre todo, un problema ético?
Sí, es cierto que ético quiere decir personal. Pero el Estado imparte justicia en los casos de asesinato por razones que bien pueden ser consideradas como éticas. ¿Acaso un sistema de valores —aunque estén destinados a regular la convivencia en comunidad— no es, ante todo, moral?
Cuando un antiabortista me dice que un feto, o un embrión, o un cigoto, constituye una vida humana individualizada desde el mismo momento de la concepción, yo no encuentro razones para convencerle de lo contrario. Y si aceptamos (o al menos no negamos) el inicio de la vida humana en el momento de la concepción, ¿no deberíamos extender a ese minúsculo ser los derechos reconocidos para los hombres y mujeres hechos y derechos? Esta pregunta es bien lógica, creo yo.
A menudo se despacha a los movimientos antiabortistas como cosa de curillas retrógrados. Es injusto, y no ataca a fondo el problema. Se discute el ámbito de aplicación de los derechos humanos, derechos que en los países civilizados acaban teniendo expresión jurídica… salvo si eres un embrión.
Sí, es cierto que si yo no quiero abortar nadie me va a obligar a hacerlo, pero desde el punto de vista contrario al aborto, es como decirme que se debe despenalizar el asesinato, sin que nadie se sienta obligado por ello a asesinar al congénere que le apetezca.
Sí, es cierto que hay situaciones sociales y personales que no garantizan un ambiente adecuado para un pobre e inerme recién nacido, pero, ¿no sería esa también razón suficiente para llevarse por delante niños ya nacidos y que malviven en un entorno familiar deplorable?
Quiero decir que el del aborto es un problema aún muy lejos de alcanzar una solución convincente. Sería inhumano condenar a las mujeres que pasan por el espantoso trance de interrumpir su embarazo, pero la despenalización no es una solución satisfactoria. A Julián Marías le escandalizaba, aparte del aborto en sí, la aprobación social que había encontrado en nuestra cultura; es ése el primer ámbito en el que cabe plantear el asunto.
A pesar de reconocer la distinción que nos recuerda Mosterín, en una cosa doy la razón a las feministas: lo personal es político, y jurídico.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Civismo escolar

Del mismo modo que se tiende a pensar que las leyes pueden entrar en cualquier aspecto de la vida social, a menudo —tan a menudo que ya es un lugar común que pasa desapercibido— nos encontramos con una voluntad generalizada de arreglar las cosas introduciéndolas en el currículum educativo.
Detrás de esta inercia mental encontramos el bello ideal ilustrado, en una versión ingenua, liofilizada y exagerada, según el cual la educación de los ciudadanos es el principal remedio a los males que nos aquejan. Estoy de acuerdo con estos principios, pero ya hemos recorrido suficiente camino para comprender que tienen sus límites.
Otro latido que podemos encontrar aguzando el oído en esta peculiar auscultación es el de una suposición cada vez más corriente: el Colegio es el sitio donde se explican e imponen las normas, mientras que el resto del tiempo libre se puede dedicar a otras cosas.
Aquí hay otra analogía: si cuando se pretende legislar sobre todo, se admite tácitamente que lo que no está prohibido está permitido, lo que forma parte de manera expresa de la materia escolar formará parte de esa globalidad que es lo escolar, que tiene la virtud de quedar atrás una vez que se sale de clase. Con la misma naturalidad con que los niños se olvidan de las matemáticas mientras están con sus amiguetes en el parque, ignorarán las bienintencionadas consignas proporcionadas en el aula con el sobrenombre de Educación para la ciudadanía; ¿acaso no son administradas como parte de un mismo paquete? Pues de la misma manera serán tratadas. Como de costumbre, el modo influye en el contenido.
Los valores cívicos se aprenden conviviendo en unas condiciones flexibles de seguridad normativa. Los niños, progresiva y espontáneamente, elaboran sus normas de convivencia y se ajustan a ellas. Estas normas acostumbran a ser similares a las que rigen toda la vida social.
Como de costumbre, se carga buena parte de la responsabilidad sobre unos padres abrumados, cansados y a menudo superados por sus problemas particulares. Por si esto fuera poco, las redes de apoyo que antes constituían los vecindarios se han evaporado, razón de que se afronten los baches de la vida con menos recursos que antes. Sin tiempo ni energías, agobiados y frustrados, los padres tienen perfecto derecho a preguntarse: ¿qué ha podido pasar para que hayamos llegado a esto?
La culpa, como en todos estos casos, es de todos y no es de nadie.

lunes, 27 de febrero de 2006

E pluribus unum?

Si he de creer en la manera en que —sobre todo— cierta izquierda maneja sus principios políticos y sociales, yo no soy yo sino un agregado de representaciones; para definirme dejaría de mencionar caracteres y empezaría a usar vínculos con diversos colectivos. Veamos.
Soy hombre, soy blanco. La implicación, evidente por sí misma, es de que por lo tanto me beneficio del mejor trato que se dispensa a miembros de mi sexo y de mi color.
Soy español y nacido en Valladolid. Estaré por siempre estigmatizado, ante los desarrollados nórdicos tanto como ante los en vías de desarrollo, por la mancha de la España negra e imperial, cuyas salpicaduras alcanzan hasta el casi ahora en forma de generalísimos; por si fuera poco, soy uno más de los que impiden a esas otras entidades colectivas, las naciones o nacionalidades o lo que usted quiera, realizarse en un ámbito de autodeterminación suficiente. Además, siempre mereceré aguantar ese chiste majadero cada vez que dé a conocer mi ciudad de nacimiento: «eres de Fachadolid».
Soy miembro de la mayoría heterosexual que ha castigado a los homosexuales con el desprecio y la persecución.
Soy ateo y pertenezco también a esa mayoría a la que la(s) iglesia(s) le importa más bien poco, una mayoría a la que le parece que el Estado debería tratar a esa(s) iglesia(s) con parecida despreocupación a la mía, lo cual me incluye entre los perseguidores del catolicismo.
Por si fuera poco, me eduqué con los jesuitas, gracias a lo cual siempre seré incluido en el vasto universo de cultura cristiana y, aún más grave, católica; toda una serie de culpas caen sobre mí: las cruzadas, la expulsión de judíos, moros y moriscos, el concilio de Trento, la condena a Galileo, la santa inquisición y las caricaturas de Mahoma.
Soy un joven maduro, de ésos que impiden a la juventud joven expresarse libremente.
No soy víctima de ETA, lo cual deslegitima mis opiniones sobre el terrorismo.
Soy castellanohablante, con lo que se supone que mi idioma ha sido una arma destinada a sojuzgar a otras lenguas, si bien minoritarias, incapaces de desarrollarse en plenitud.
Podría seguir añadiendo matices, pero me canso. Sólo trato de explicar una de las razones por las que me ponen difícil definirme como una persona de izquierdas.

domingo, 26 de febrero de 2006

Contra un cierto nihilismo

«Es infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro, que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de la responsabilidad, y que al llegar a un cierto momento dice: "no puedo hacer otra cosa, aquí me detengo". Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo»

Son palabras de Max Weber en El político como vocación, y en ellas se refiere a la escurridiza moralidad de la labor política. Yo voy más allá y creo que son perfectamente válidas no para el hombre político, sino para cualquiera que piense y actúe, es decir, para todo hombre y para toda acción.
Sería todo demasiado hermoso si la valoración ética que merecen nuestros actos dependiera solamente de un juicio de intenciones. Lo cierto es que hacemos y después comprobamos que el alcance de lo realizado llega mucho más allá de lo que nos proponíamos. A menudo, las consecuencias son penosas o difíciles de afrontar, contrarias a nuestros deseos o desproporcionadas respecto a nuestro propósito; no nos consuela decirnos: "si lo hubiera sabido…". Si nos defendemos de ellas apelando a que nos hemos conducido basándonos en nuestros principios, caeremos en la justificación del fanático, para quien sus creencias pasan por encima de todo lo demás. Una solución prestigiosa a este problema es la de plantear nuestras dudas no acerca de nuestros actos, sino acerca de los valores que, aun sin quererlo, hemos transgredido. ¿Qué son al fin y al cabo esos valores? Enseñanzas de comadres, creencias absurdas, esquemas que perpetúan el dominio sobre el ser humano…
Tengo dos razones para no caer en este nihilismo. La primera es intuitiva: me resulta antipático. Nietzsche me recuerda al abuelete cuyos escarnios acatamos pero en el fondo no nos creemos; Cioran sigue en sus libros los melancólicos principios de la obstinación y la intemperancia. Y poco más.
La segunda razón es racional: no me lo creo. Un nihilismo extremo (que rara vez encontramos) propone la maldad o el absurdo de toda actividad, ignorando así que la negación es en sí una acción —lo que nos conduce a la trivialidad del planteamiento— y que el ser no puede no actuar, porque en su naturaleza, aun con su sola presencia, como una cualidad inmanente, está el intervenir en el mundo. Demasiado tranquilizador sería poder sentirnos, por una vez, inocentes…
Me resultan más honradas posturas distintas y que están, en su método, cercanas a este nihilismo. Sánchez Ferlosio, por ejemplo, es un pesimista radical que pone en entredicho los valores dominantes para preservar los que más le importan; en el fondo, cree en una dignidad del ser humano que merecería otra cosa de nosotros. No me resisto a copiar aquí uno de sus pecios, el titulado Siglo XXI:

«He aquí que finalmente nos hallamos en perfectas condiciones de adivinar literalmente, sin temor a equivocarnos, lo que pondrá en la última pintada de la última pared que quede en pie en toda la historia de la especie humana: "¡Qué vergüenza!"»

Qué valioso ejemplo de desesperación y de consideración del hombre como valor fundamental. Y qué lejos de la aburrida sarta de injurias a la civilización de Más allá del bien y del mal. Quien reverencia la dignidad del ser humano sabe que lo hace a una construcción voluntarista, cuyo estatuto de realidad está siempre en entredicho, y de una manera siempre electiva, despreciando así las causas que «se imponen por sí mismas» y que son casualmente las más criminales; es decir, conoce de antemano los límites de sus principios y reconoce con gallardía el fracaso público de su propuesta. Sin embargo, no dejará de advertir de los descarríos y, aunque tal vez llegue a creer inútil su denuncia, no se resistirá a la indignación y al pataleo como testimonios últimos que demuestren que al menos una persona estaba en contra.
El pesimista también sabe que el moral es sólo uno de los casos de la tragedia que nos somete sin descanso, como una condena perpetua, recordándonos nuestra libertad y nuestra incesante responsabilidad en un mundo irreducible a nuestros deseos. Nunca seremos inocentes aunque intentemos ser buenos, ni siquiera aunque practiquemos la renuncia absoluta. Otra vez lo dirá mejor Weber en esta cita de La política como vocación: «el mundo está regido por los demonios (…) Quien no ve esto es un niño»; para ir a parar en La ciencia como vocación en este apremiante eco: «no basta con esperar y anhelar. Hay que hacer algo más. Hay que ponerse al trabajo y responder a las "exigencias de cada día". Esto es simple y sencillo si cada cual encuentra el demonio que maneja los hilos de su vida y le presta obediencia». Conviviremos, pues, con los demonios.

viernes, 24 de febrero de 2006

Una y mil veces no (soneto)

Nonó nonó no nono no nonono
Nono no no nonono nono nono,
No nonó nononó nono no nono,
Nono no no nonono nononono;

No no, no nono nono no nonono,
Nononó no nonono, no nono nono:
Nonó nono no nono no no nono,
No nonó no nonono no nonono.

Nono no nono no nonó no nono,
Nono no no no nono nono nono,
Nonono no nonononono nono,

No nono nononó, no no nonono;
Nonó nonono, no nonó nonono;
Nono nonó, no nono nononono.

lunes, 20 de febrero de 2006

Calderoli

Un amigo me desafía a explicarme acerca de la actitud del ministro italiano Calderoli al mostrar una camiseta con las malhadadas caricaturas de Mahoma. «¿No es cierto», me pregunta, «que él también hace uso de su libertad de expresión en los mismos términos a los que tú te refieres?».
En efecto, Calderoli, al lucir una camiseta con las caricaturas, hace gala de su libertad personal. Sin embargo, los demás podemos considerar políticamente su gesto como desastroso; demuestra que, al menos en punto a este debate, es completamente inhábil para encauzar este conflicto; la tarea del político es la de facilitar las cosas, no la de complicarlas; tal vez fue fiel a su compromiso, pero no a la responsabilidad que admitió al convertirse en representante de sus conciudadanos. Olvidó que el cargo que desempeña implica la representación de la colectividad a la que gobierna y, por consiguiente, una responsabilidad reforzada. Por eso, condenar su gesto y forzar su dimisión merece mi conformidad. Calderoli no es una víctima de la batalla contra la libertad de expresión, sino de su propia torpeza y de su afán de provocación.

martes, 14 de febrero de 2006

Mi amigo Freud

Uno
Durante años he leído a Sigmund Freud con mucho gusto. Sus textos tienen la rara virtud de ejercer una educada persuasión, amparada por una prosa —al menos en su traducción castellana— limpia y circunstanciada. El caso Dora (Análisis fragmentario de una histeria), el caso Juanito, La interpretación de los sueños, Tótem y tabú… Recuerdo que mi primer trabajo universitario se refirió a la que quizás sea su obra más apreciable, El malestar en la cultura. En suma, Freud y su dilecto hijo, el psicoanálisis, me han interesado bastante.
Ahora se cumplen ciento cincuenta años del nacimiento de Freud. Con ese motivo, en los periódicos menudean los artículos que revisan los aspectos supuestamente más controvertidos de la curación por la palabra. Y digo "supuestamente" porque en general el enfoque que se da en la prensa, más que con el propósito de divulgar honradamente, parece obedecer más bien a la intención de promover controversias espectaculares y seguramente insignificantes del estilo de: "lo que decía Freud, ¿es cierto o falso?". Mi propósito es el de explicar que, para responder a esta pregunta, ninguna de las dos respuestas ofrecidas nos sirve; es decir, que las dos valen en ciertas condiciones.
Un artículo escrito en La Voz de Galicia por un psicoanalista lacaniano quería demostrar la vigencia de la terapia psicoanalítica, recurriendo sobre todo a un retórico y triunfal "Freud está más vivo que nunca" de cierre. Lástima que en todo el texto no he sido capaz de encontrar un solo argumento que avale una tesis tan audaz. Para su autor, bastaban dos lastimeras y despectivas alusiones a la terapia farmacológica y a otra cosa (supongo que se refiere a la terapia de conducta), a la que acusaba de proveer soluciones de corto plazo sin atajar los problemas más profundos. En general, me producen sospecha las defensas incapaces de sostenerse por si solas sin descalificar las adversarias, y en esta ocasión no encuentro razones para desconfiar de mi intuición.
El primer juicio inequívoco que podemos formular acerca del psicoanálisis es el de su posible estatuto como ciencia. Evidentemente no lo es. No se atiene a proposiciones claras y comprobables empíricamente. Genera discursos sistemáticos acaso con coherencia interna individual pero imposibles de confrontar entre sí, de modo que subyace en ellos una clamorosa asistematicidad: hay tantos psicoanálisis como psicoanalistas. Favorece la construcción de edificios teóricos a veces muy bellos, pero inaccesibles a una crítica científica: en la historia del psicoanálisis han pesado más las animadversiones personales que el intento serio de dotar de validez y fiabilidad a las teorías; teorías cuya aplicación a la experiencia humana es problemática y, por lo tanto, escasamente prácticas.
Como técnica, las consideraciones que merece no son mucho más favorables, puesto que es un tratamiento prolongado, costoso y de eficacia dudosa. No hay manera (y rara vez se ha puesto en práctica la intención) de evaluar objetivamente los logros de una terapia psicoanalítica: el investigador más conspicuo que se dedicó a ello, Eysenck, determinó su escasa o inexistente utilidad.
Cuando un paciente entra en una consulta pensando en tumbarse en un diván no debería ignorar que se va a someter a una sutil adquisición de metáforas. No discutiré la importancia de esta práctica. Al fin y al cabo, el individuo es un empirista que precisa asimilar su experiencia mediante una organización. Esto es aún más cierto y constituye una necesidad más apremiante cuando se experimenta el sufrimiento. No es otra cosa lo que puede encontrar el paciente paciente psicoanalítico sino un discurso que le explique el dolor que determina su experiencia, un tanto schopenhauerianamente, como única emoción efectiva. Aprovecho una cita muy pertinente de Rafael Sánchez Ferlosio:

«…el estado del hombre siempre ha sido sentido como un estado de infelicidad, y , lo que es más importante, (…) toda la experiencia acumulada de la perdurabilidad y la constancia de esa infelicidad no ha bastado para dejar de considerarla como anómala, sino que, contra toda evidencia, contra el aplastante y anonadador desmentido de los hechos, sigue el hombre sintiéndose nacido para otro muy distinto y, por supuesto, más feliz estado»
O religión o historia

Ni que decir tiene que esta percepción del sufrimiento como anomalía determina nuestra infatigable voluntad de organizar la experiencia en un discurso. Esta tarea acaba siendo realizada por cada uno de nosotros con diversa fortuna, y de ello depende la mayor parte de la sensación de realización personal y de satisfacción que todos esperamos gozar. Tal vez no sea más que una esperanza utópica, una huida de la realidad. Pero constituye un pilar fundamental acaso para toda la cultura. Las religiones, las teorías, las ideologías, los sistemas filosóficos devienen de esta necesidad de organizar la experiencia, la impresión del dolor, en un discurso. Recurro de nuevo a Sánchez Ferlosio:

«…el dolor jamás dejará de ocupar el primer puesto en la mala conciencia universal. Todas las trampas, todas las rebeliones, todos los cinismos, todas las hipocresías, todas las neurosis, todos los disimulos, todas las supersticiones, todos los dogmatismos, todos los rencores, se originan en esta mala conciencia y en el denodado empeño por rehuir el trance de mirar cara a cara el espantoso rostro del dolor»
Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado

La adhesión del paciente al método dependerá del éxito logrado por esa impostación de un discurso; por lo tanto, el paciente atenderá sobre todo a consideraciones pragmáticas y particulares. En el caso del psicoanálisis, se produce una interpretación del mundo mediante una reflexión (qué bien viene precisamente esta alusión a la propia imagen) acerca de la propia experiencia y del propio ser. El problema deja de ser "¿cómo interpreto el mundo?" para convertirse en "¿qué es?". Este deslizamiento se produce con tanta discreción que las dos preguntas acaban por ser tenidas como una sola. Esta confusión, sin embargo, es inevitable, y no hay un sistema filosófico que haya podido desprenderse de ella. [las cavilaciones de Adorno acerca del concepto en relación con la realidad son una variación de este problema] Camus nos explica en El mito de Sísifo:

«Pensar es ante todo querer crear un mundo (o limitar el propio, lo cual viene a ser lo mismo). Es partir del desacuerdo fundamental que separa al hombre de su experiencia para encontrar un terreno de entendimiento conforme a su nostalgia, un universo encorsetado con razones o aclarado con analogías que permite resolver el insoportable divorcio»
Este divorcio entre el yo y el mundo, esta distinción tantas veces resuelta de una manera concebida habitualmente como trágica, es la verdadera materia de un tratamiento basado en la reflexión. Y, acaso, de cualquier terapia.

Dos
Describir la terapia psicoanalítica como impostación no supone, de por sí, condenarla: afirmo resueltamente que cada quien puede organizarse como mejor le convenga, y que esa adquisición del discurso es buena en tanto sirve a los propósitos del paciente. Sin embargo, es desacertado dilatar esta aceptación personal y voluntaria hasta convertirla en un criterio útil y global para todas las personas y para todas las ocasiones.
A propósito de esta importante distinción, la mejor crítica que conozco de la teoría y método psicoanalíticos es la burla de un escritor particularmente lúcido, Vladimir Nabokov, tradicional azote de los seguidores de Viena, para quienes reservaba casi sin defecto en todos los prólogos de sus novelas un parrafito de descalificación mordaz. Cito de memoria lo que dijo en una de sus entrevistas, tal vez la que concedió a Bernard Pivot para la radiotelevisión francesa: "aprecio mucho al psicoanálisis como parte del género cómico. Sin embargo, me preocupa cuando es utilizado para eximir de culpa a un asesino porque su padre le pegaba demasiado o demasiado poco". Tiene razón. Las teorías psicoanalíticas, a causa de su tendencia a la confusión, pueden dar las razones más contradictorias de la conducta humana. Y es como mínimo imprudente derivar consecuencias prácticas de cierta gravedad a partir de una construcción teórica incierta. Y es oportuno al distinguir entre la teoría y la práctica, porque es en la primera donde creo encontrar la esperanza de redención del psicoanálisis, una redención acaso parcial e insuficiente para los intereses de sus seguidores, pero indiscutible.
Volvemos a las metáforas. Creo que el psicoanálisis, Freud y sus seguidores más insignes merecen un puesto en la historia del pensamiento. Para reconocer esto no es menester estar de acuerdo en lo que dicen, sino reconocer la extraordinaria influencia que ha ejercido en la historia de esa especial construcción a la que llamamos cultura occidental, un influjo superior incluso al obrado por contribuciones como las de Nietzsche, el positivismo o el existencialismo. Dudo de la realidad de conceptos tales como el complejo de Edipo, las dos tópicas de la vida psíquica, el eterno combate entre eros y thanatos y demás; es decir, dudo que tales espejismos describan efectivamente o digan lo que necesitamos saber sobre el ser humano; pero han sido tan influyentes que puedo asegurar que, en el mismo sentido en que podríamos afirmarlo del eterno retorno, existen realmente o han comenzado a existir desde que se convirtieron en un lugar común para los hijos de una era. En mi caso, nunca me he podido sustraer a la convicción íntima de que los sueños son, también, una realización de deseos o de que existe una oposición real entre un principio de realidad y el principio del placer.
Alguien llamó era de la sospecha a esa delicada y estremecida época en la que las concepciones sobre las leyes de la física, de la biología, de la sociedad y del ser humano detonaron para transformarse de manera radical. Einstein, Planck, Böhr, los Curie, la popularización de la evolución biológica según el evangelio de Darwin, las conmociones teóricas y políticas provocadas por los movimientos de masas e ideologías como la comunista y la socialista, así como la contribución del propio Freud, han determinado lo que ahora somos y ocupan nuestro imaginario de manera más verdadera e íntima, creo, que los descubrimientos y la manipulación genéticas, las tres guerras mundiales, la teorización del Big Bang, la crisis de la familia tradicional o la irrupción de Internet y las nuevas tecnologías de la información.

lunes, 13 de febrero de 2006

Es lo que tiene

El artículo de Mario Vargas Llosa en El País de hoy, acerca del tan traído y llevado asunto de las caricaturas de Mahoma, es el primero de su autor en mucho tiempo que podría firmar yo mismo. En él afirma que el comportamiento de la izquierda le da "ganas de llorar". Cierto. La verdadera lástima es la nada sutil elección de los temas para sus artículos: me gustaría ver en él la misma energía para criticar la invasión de Irak (que le produjo una verdadera reacción neurótica. Para él la invasión estaba injustificada, pero la ONU debía haberla aprobado si no quería resultar deslegitimada. Todavía no me he repuesto del espanto), para condenar las torturas en Guantánamo o en Abu Ghraib, para condenar los gobiernos corruptos e ineptos de los países iberoamericanos que han venido a parar en victorias electorales de la izquierda populista —ésta sí oportunamente condenada—, et alii.
Esta actitud no es la de un intelectual que se pueda preciar de su independencia. Desde que Vargas Llosa dejó de defender una línea ideológica para convertirse en un hombre de partido, sus artículos se han devaluado y su discurso se ha debilitado. Es lo que tiene, una vez más, el sectarismo.

miércoles, 8 de febrero de 2006

Libertinaje de expresión

En el fondo los pacatos tienen toda la razón: la libertad de expresión debe ser ejercida con responsabilidad y con moralidad. Sólo veo el inconveniente de la perfecta futilidad de la sentencia, puesto que todos reconoceremos que cualquier libertad siempre debe ser ejercida con responsabilidad y con moralidad. Debido a la insustancialidad de los artículos de los bienpensantes, echamos de menos la respuesta a las preguntas ¿a qué llamamos responsabilidad? ¿Qué criterios morales usaremos? ¿Encontraremos respuestas válidas para todos? Lo particular de la libertad de expresión es suspender cualquier gesto de poder legal en contra de determinadas expresiones, por mucho que ese gesto esté justificado por unos principios (considerados siempre discutibles por un elemental liberalismo) que hayan sido, por ejemplo, ridiculizados. Si las caricaturas nos han parecido inoportunas, o insultantes, o una simple cafrada, tenemos la libertad de decirlo así, pero suponer que debe haber un límite para la sátira es como suponer que la libertad de expresión es un principio en estado de naturaleza que nos cayó de un árbol y que debemos dominar y reducir, colectivamente, a una escala manejable.

Lo que yo discuto es ese propuesto dominio colectivo sobre la regulación de tal derecho.
Desde un punto de vista individual —porque, insisto, la expresión, si bien se produce en un entorno social y tiene unas consecuencias sociales, es un acto individual—, los demás tienen perfecto derecho a equivocarse, a ser inmorales o groseros, y yo a decirles que se equivocan, a proferir mi condena moral, discutir su gusto y su sentido de la oportunidad. Y nada más.

Conviene hacer dos distinciones. En general, y limitándonos a un plano político, asumimos que la amplitud de posibilidades que nos ofrecen todos nuestros derechos y libertades nos hace parejamente responsables de nuestros actos, de igual modo que afirmar la libertad de movimientos no suponga el derecho a la intromisión en los espacios privados ajenos, o que el libre mercado no llegue a la posibilidad de adquirir por Internet una bomba nuclear, o que la libertad de acción no justifique el asesinato cometido haciendo uso de ella. El límite tolerable en el ejercicio de los derechos individuales queda (o debería quedar) instituido por las leyes penales, que son (o deberían ser) las únicas que se redactan para que disuadir a los ciudadanos que quieran ejecutar determinadas acciones consideradas no admisibles, puesto que pondrían en riesgo los fundamentos acordados de la sociedad misma.

Los límites tolerables de la libertad de expresión llegan hasta el respeto a las personas y no a sus opiniones, ideologías o creencias. Es fácil suponer por qué: la vida humana es el valor supremo en nuestro orden social, y sabemos que históricamente esta consideración es excepcional: cuando la vida humana ha sido considerada prescindible se ha debido a que se han antepuesto consideraciones ideológicas. El cambio de valores provoca un acuerdo (en el mismo sentido en que hablan de acuerdo o contrato Hobbes o Rousseau) según el cual los principios se afirman discutibles; la democracia bien entendida admite y promociona espacios para la discusión y en ella se sigue la costumbre de delegar la representación para la toma de decisiones. La elevación de la consideración debida a la vida humana supone, correlativamente, una devaluación de los principios que seguimos los hombres. Es la única manera de salvaguardar aquélla. La noción de que «todas las opiniones son respetables» es absurda. Si lo fueran, no cabría la existencia de un sistema democrático tal como lo entendemos o proyectamos. Sí son respetables, en cambio, las personas. Ésta es la primera distinción: entre el ciudadano y sus valores personales. Ésta distinción no es reconocida por los que afirman tranquilamente que faltar a un dogma religioso es atentar contra el respeto a las personas que lo admiten como eje de sus valores. Es una gran equivocación. Si elevamos hasta tal punto la consideración otorgada a las opiniones, ideologías o creencias, desbaratamos la posibilidad del debate y sólo nos encontraremos en el conflicto, peyorativamente entendido; eliminamos la capacidad del hombre de evolucionar y cambiar de aspectos o de puntos de vista personales, porque si los valores constituyen al hombre, ¿no provocará un cambio de aquéllos una modificación consiguiente en éste último?


[¡Parad! ¡Se nos han acabado las vírgenes!]
En efecto, los derechos deben ser ejercidos con responsabilidad, pero para ello deben poder ser ejercidos. Es un pilar de la humanidad tal como la entendemos construirse una concepción del mundo; no lo es elaborar una concepción del mundo determinada. Para la ordenación de la vida en sociedad, tener en cuenta la idea particular acerca de cómo son las cosas es algo completamente excusable. Se debe distinguir, y esta es la segunda distinción, entre la existencia del derecho, que debe ser lo más absoluta posible, y el uso que se hace de tal derecho, limitado por el propio individuo y opinable; ambos términos van completamente unidos en la práctica, pero para un análisis aceptable de la responsabilidad esta separación es fundamental.

Si admitimos el pluralismo, si sabemos que todas las ideas, creencias y valores deben ser discutibles, comprendemos que no puede haber un principio superior al de la libertad de expresión.

(La triple hipóstasis de los bienpensantes) Las iniciativas de reconsiderar los límites propuestos para la libertad de expresión suponen tres hipóstasis: una, la de confundir a la persona con sus valores; otra, la de sobreentender que la crítica o la burla a una creencia suponen una crítica o una burla a una colectividad; otra más, el suponer que las leyes deben entrar en el terreno que debería ser regulado estrictamente por la buena crianza o por el sentido de la oportunidad.

(Llamar a las cosas por su nombre) Como de costumbre [véase el post del 7 de enero], las razones de quienes quieren matizar los derechos son, o al menos parecen, espurias. Por ejemplo, el miedo a las consecuencias últimas de las protestas en los países islámicos; por ejemplo, la simpatía o el acuerdo en general con los valores del supuesto ofendido. La creencia, en fin, de que los derechos están muy bien cuando sirven a mis intereses y opiniones, o cuando perjudican a mis adversarios. Si se trata de temor o de imparcialidad, ¿por qué lo llamamos moral?

(Ejercicio de historia virtual, sobre la proporcionalidad) Si las protestas se hubieran limitado a una prolongada serie de manifestaciones ante las embajadas danesas, ante la redacción del Jyllands-Posten, a la publicación de caricaturas de contraataque en las que se retratase a Jesucristo como un plutócrata explotador y belicoso, o a los daneses como mentecatos consumidores de galletas, el periódico probablemente habría aclarado mediante comunicado público que su intención no era la de ofender los sentimientos de los musulmanes y pediría disculpas si ése había sido el resultado. Se habría activado el debate en Europa: ¿hay razones para la protesta de los ofendidos? ¿Se deben admitir presiones para limitar la libertad de expresión? Se habría concluido de manera tácita que la libertad de expresión es un bien muy preciado, y el periódico habría sido caracterizado durante unos años como tendencioso. Y nada más.

En otras palabras: si insulto a otro individuo, y más sin mediar motivo alguno, mi conducta es francamente reprobable; si el insultado me responde con una cuchillada en el vientre, considerar que "me lo tengo bien merecido", o que "bien podría haber sabido que podía acabar con un cuchillo en la barriga" sonarán como discursos poco pertinentes. Es prioritario suponer que el cuchillero es un individuo peligroso y al que hay que denunciar; no existe una carga de razón suficiente para justificar semejante agresión. Supongo obvio que esta sencilla parábola sólo se refiere a la proporcionalidad de las reacciones, y no a la libertad de expresión. Y la presento aquí porque se está cometiendo el vicio de medir el alcance del insulto por la brutalidad de las acciones de protesta; hermosa lógica que evoca en mí la misma aprensión que me ataca al oír esa antigua locución popular: "¡Algo habrá hecho!".

(Para mis Memorias de un niño de izquierdas) Qué desasosiego siento cuando oigo defender la libertad de expresión con más energía en la COPE que en la SER.

(Un texto para reflexionar, o argumentum ad hominem)
«Si el pluralismo es un punto de vista válido, y si es posible el respeto entre los sistemas de valores que no son necesariamente hostiles entre sí, entonces lo que se sigue es tolerancia y resultados liberales, lo que no ocurre con el monismo (sólo un conjunto de valores es verdadero, todos los demás son falsos) o con el relativismo (mis valores son míos, los tuyos son tuyos, y si chocamos, mal que peor, ninguno podrá decir que tiene razón)»
Isaiah Berlin, Mi trayectoria intelectual

domingo, 5 de febrero de 2006

Orwell: “La libertad es poder decir a los demás lo que no quieren oír”

Es inevitable decirlo: los que protestan incendiando embajadas o paseándose con carteles donde se nos promete a los europeos una eficaz e ineludible decapitación ofrecen una imagen del Islam harto menos halagadora que las caricaturas de Mahoma ofrecidas por el Jyllands-Posten.
A propósito de este conflicto, los periódicos de los países donde la libertad de expresión es corriente y celosamente guardada se han lanzado a opinar sobre la propia libertad y sus límites. Para que conste mi originalidad, he de señalar que lo que voy a decir no lo he encontrado en ningún artículo: buenas o malas, son mis conclusiones.



[Con un par]

A mi juicio, es un error pronunciarse como se ha hecho en la mayoría de los casos, repitiendo lo que ha acabado por convertirse en una cantinela según la cual la libertad de expresión y de prensa es de un valor incalculable, pero que debe ejercerse con el suficiente tacto como para no ofender a los demás. Ambos juicios, por separado, son perfectamente plausibles, pero unidos en un texto escrito en un contexto semejante ofrecen la lamentable impresión de que bordean la justificación de la autocensura: uno más uno otra vez no hacen dos. Según estos especuladores, debemos tener derecho a decir lo que queramos y como queramos, aunque no queramos (eufemismo por podamos) usarlo.

La confusión es bastante notable si nos percatamos de que quien piensa de esta manera utiliza argumentos basados en que los valores a respetar son sostenidos, según convenga, individual o colectivamente; que pide que esta concepción del respeto gobierne los actos de los que se expresan, entendidos como colectividad. En un curioso artículo de El País (hoy mismo, 5 de febrero) se recogen dos opiniones que vienen a coincidir en que la libertad de expresión ha de ser ejercida de manera responsable, pero que difieren en el motivo: para Walid Wattrabi, «hay que ser respetuosos con la fe de millones de millones de personas incluso si a veces afecta a la libertad de expresión»; para el dibujante Baha Bujari, la religión no ha de tocarse «porque es algo entre uno mismo y Dios». Evidentemente, no hay una relación lógica ni factual que justifique esa petición de respeto basándose en la noción de la colectividad ni en la de individualidad de la creencia afectada. Urge explicar que esas caricaturas son actos individuales y no colectivos (no de occidente, no de Dinamarca, sino de un periódico y de cada uno de los dibujantes) que pueden suponer, a un criterio particular, disgusto, desagrado o incluso ofensa, pero cuya posibilidad de aparición debe ser amparada por todos, en buena medida porque a todos nos gustaría ser amparados en ciertos momentos para expresar lo que queramos.

Ningún periodista se ha tomado la molestia de preguntar a los islamistas moderados si no son más graves los disturbios de Siria y Líbano que la publicación de las caricaturas. ¿Cuál habría sido la respuesta? Por cierto, el mismo Wattrabi se preguntaba retóricamente si se publicaría un dibujo de Jesucristo fornicando con San Juan (¡vive Dios, qué imaginación la de este buen hombre!). ¿Será preciso recordar las galerías de arte occidentales han acogido un crucifijo introducido en un depósito lleno de orina (vean la foto)? ¿Que he visto con estos ojos que se han de comer los gusanos, y en este estado plurinacional que habito, una publicación satírica en la que un Cristo en la cruz se beneficiaba del milagro de la resurrección gracias a una felación de María Magdalena? Afortunadamente, en algunos lugares del mundo hemos dejado atrás la teocracia…

Y éste es, creo, el problema político al que nos enfrentamos: unos regímenes que alientan un concepto de la vida pública atravesado por una concepción reduccionista e invasora de la religión. Muy posiblemente, buena parte de la responsabilidad de tal implantación cabe achacarla a los países más avanzados, que han alentado a su conveniencia determinadas dictaduras y estrangulado movimientos más laicistas que permitieran a los habitantes de los países islámicos desplazarse en pos de un concepto distinto de la vida política. Muy posiblemente las protestas han sido alentadas indirectamente gracias a una atención obsesiva de los medios occidentales, la que recibieron las (inaceptables) primeras medidas diplomáticas y comerciales de presión por parte de los países más tempraneros; nada precisan con tanto ardor los más brutos del lugar como una suficiente atención mediática. Y necesitamos apoyar a otro Islam porque necesitamos un Islam tolerante muy distinto del actual, que no mida con distintos raseros la violencia religiosa y la publicación de unos dibujos ofensivos.

Me voy por las ramas. En resumen, el respeto es algo muy deseable y sí, debemos favorecerlo. Pero ahora, ante la duda, todos deberíamos estar a favor de la libertad. Y sin fisuras.

sábado, 4 de febrero de 2006

Amar la vida

Mientras estoy escribiendo escucho un recital de Vinicius, Toquinho y Quarteto em Cy. Una máxima de Dorival Caymmi, me lo prometo, figurará en mi evangelio privado: "quien no ama la samba no ama la vida".

Mis delgadas líneas rojas

La mujer que quiera enamorarme nunca, NUNCA, deberá proferir una de estas sentencias o apotegmas:

«No puedo estar sin hacer nada»
«¿Eres así de rápido para todo?»
«Busco al hombre de mi vida»
«El pan está seco, la sopa sosa, el vino picado, el filete demasiado hecho y el camarero me mira mal»
«Las mujeres somos más sensibles»
«Necesito estar con alguien»
«Yo digo las cosas a la cara»
«Qué peli más chula. Me encantó la fotografía»
«Si las mujeres mandásemos todo iría mejor»
«¿Puedes leerme el pensamiento?»
[después de hora y media de narración] «...y entonces él me dijo: "ya ves". ¿Tú te crees?»
«Es que soy así»

viernes, 3 de febrero de 2006

Muerte accidental del derecho natural

Desde que varios aspectos de la vida en sociedad son progresivamente regulados mediante normas que incluyen regímenes sancionadores, la capacidad de los ciudadanos de administrarse a sí mismos buscando pequeños consensos o rigiéndose por la costumbre cada vez está más deteriorada.
La Ministra de Sanidad acaba de descubrir algunos fundamentos de filosofía del derecho. Por ejemplo, que cuando uno se pone a prohibir, la gente sobreentiende que lo no prohibido está permitido, y actúa en consecuencia. Apenas ha pasado un mes desde que entró en vigor la Ley de medidas frente al tabaquismo y un precipitado furor evaluativo la ha llevado a observar que, si bien el estricto cumplimiento es satisfactorio, los efectos logrados sobre las conductas no son los deseados. Viene a propósito una cita del por otra parte un tanto inhumano Herbert Spencer (La esclavitud del porvenir, en El individuo contra el Estado):

«La teoría según la cual el político procede habitualmente, es la de que las medidas adoptadas no rebasarán los límites que él pretende trazarles de antemano. Estudia atentamente los resultados inmediatos de tal o cual acto, pero no sus efectos remotos, y menos aún los concomitantes»

En esta ocasión el Gobierno ha previsto mal, pero por haber calculado que un cumplimiento cabal de la ley iba a corresponder con su objetivo práctico de la disminución del consumo de tabaco. Cumplir la ley permite, después de todo, fumar más de lo que se proponía la Ministra; esa distancia entre el efecto conseguido (evaluado después de ¡sólo un mes!) y lo pretendido por la ley no estaba prevista, aunque fuera previsible. Vivir para ver.
Algún asesor jurídico debe de tenerla advertida de que es inconstitucional redactar una ley con un artículo único que rece: Prohibido fumar so pena de castigo grande. Ha querido entonces hacer otra ley que pareciera inspirarse en principios incuestionables, pero hete aquí que, una vez que cuando esa ley se promulga y se cumple no ha encontrado razones suficientes para conformarnos. Debe dar "un paso más". Y, mientras tanto, los ciudadanos comprendemos que facilitar a los no fumadores vivir sin humos no es lo mismo que obligar a los ciudadanos a no fumar.
Una opinión osada, pero que me permitirán expresar porque no fumo: la ministra se entrega a estos arranques porque por fin ha gozado el insuperable gusto de la docilidad del ciudadano ante la norma.
(Un juego de palabras) Allí donde me gano el sueldo la dirección ha pegado varios carteles que dicen: «En cumplimiento de la normativa vigente se prohíbe fumar en este centro de trabajo». Alguien, apegado a la literalidad de la norma, ha tachado se prohíbe y en su lugar ha escrito no se permite.

jueves, 2 de febrero de 2006

Ars Iniuriae

Hoy una compañera de trabajo me ha designado, en presencia de otros dos compañeros, como «cerdo», «maleducado», «sinvergüenza» y otros calificativos entre los que creo recordar «cabrón». Esta forma de expresarse viene a indicar perfectamente lo enrarecido del clima laboral en el que tengo que navegar y llegar a las componendas que tenga a mi alcance. Un matiz y dos preguntas:
(El pato cojo) Como resultado de un concurso de traslados a punto de resolverse, lo más probable es que pronto tenga que abandonar el puesto de trabajo que ahora ocupo. Se trata de un puesto de cierta responsabilidad, la justa para que haya dos categorías profesionales por debajo de la mía y, en principio, esperando mis instrucciones. A una de estas dos categorías pertenecía la encantadora persona que ha declarado este alto concepto de mí. Una compañera que, entre otras cosas, interpreta mi futura marcha como una pérdida de autoridad, y que aprovecha la oportunidad para reprocharme así un apercibimiento que hube de hacerle (en privado y en términos francamente correctos) en noviembre del año pasado. Ya tengo dicho en otra parte que las deudas siempre se pagan.
En los Estados Unidos se llama lame duck o "pato cojo" al presidente que está a punto de concluir su segunda y última legislatura. Su autoridad se evapora poco a poco, y cada vez es más contestado e ignorado: importa más a los subordinados llegar en buena situación simbólica o material al final de la legislatura actual o, preferiblemente, al inicio de la próxima. A menudo me veo como un miembro de esta rara especie.
(Una pregunta revolucionaria) ¿Qué hacer?
(La duda inevitable) ¿Habré dado algún motivo, por ínfimo que pueda parecer, para que alguien piense así de mí?

miércoles, 1 de febrero de 2006

En la montaña mágica

Dos vaqueros, ovejeros más bien, mozos familiarizados con la precariedad, se conocen poco a poco en unas circunstancias de aislamiento extremado y se enamoran. Pero la verdadera soledad no les rodea en la montaña donde pastorean ovejas, sino a lo largo de toda su biografía. El mayor acierto del guión es hacernos entender que ellos, hasta que encuentran la conmoción del amor, no han alcanzado una suficiente conciencia de sí mismos como para reconocerse solos. Son demasiado toscos, no han podido literaturizar sus experiencias, la vida no les ha mostrado otras caras; su envidiable estoicismo no es electivo y por lo tanto no es estoicismo.
El súbito amor les hace reconocerse, mutuamente y a sí mismos, como personas distintivas. Lo comprendemos mientras vemos su manera de vivir la vida, entre paréntesis, anhelando el momento del breve reencuentro durante el que volverán a su auténtico ser. Las únicas palabras de ternura que oímos en la película son las que se dirigen entre sí, nunca a (o de) sus respectivas esposas.
Lo que quiero decir es que pensar que Brokeback Mountain es una película sobre la homosexualidad es no haber visto Brokeback Mountain. Pensar que es un western es no saber lo que es un western.
Ang Lee tiene la virtud de filmar a sus personajes a la distancia correcta, sin abusar del primerísimo plano (plaga muy de actualidad) ni del empeño de mostrar paisajes fotogénicos. Entendemos a los protagonistas también en su corporeidad, en sus posturas y ademanes.
La oveja despedazada es una imagen brillante. En la escena de su aparición, pensé en una metáfora de la herida moral que sufre Ennis. Después se comprende que también está recordando el instructivo cadáver que de niño le enseñó su padre.
Y un último mérito, no el menor: la aparición de Anne Hathaway con la velocidad, el desenfado, el fulgor y la belleza de las amazonas de otro tiempo.