miércoles, 22 de agosto de 2007

Habla el holandés errante

Paul Verhoeven es uno de los directores de cine más interesantes del momento, aunque sólo unos pocos elegidos que vemos más allá de las apariencias nos hemos dado cuenta de ello. El espectador atento siempre se da cuenta de dónde se encuentra un verdadero autor cuando es capaz de llevar a su terreno los géneros más codificados. Las musas de nuestro holandés errante son las llamadas bajas pasiones: sus personajes no nos esconden el deseo, la crueldad y el dolor, y Verhoeven siempre está dispuesto a enfocarlos con todo detalle. En particular, soy un verdadero admirador de todas sus películas de ciencia ficción, y muy en particular de Starship Troopers (1997), una fábula política que se codea con las mejores de su género. Su personalidad, apasionada y extrovertida, resulta tanto más interesante en cuanto que en las entrevistas nos permite participar sin grandes reservas de los intereses que le mueven y los juicios que le producen las distintas circunstancias de su biografía (matemático, teniente del ejército, estudioso reconocido de la figura de Jesús de Nazaret…). Tengo en mente un montón de posts interesantes, pero no me encuentro con muchas energías como para redactarlos redondamente, así que me conformaré con traducir esta curiosísima entrevista —por momentos un certamen de lucha grecorromana—, que le realizó en holandés un tal Robert Vuijsje para la Nieuwe Revu, y cuya versión inglesa podéis encontrar aquí. Empezamos:

El director de cine holandés de más éxito, Paul Verhoeven, ha recibido el Premio a la Carrera de Toda una Vida en el Festival de Cine Fantástico de Ámsterdam; sin embargo, él rechaza contemplar su propia carrera como si fuera un logro: “no se trata más que de mí. Es muy infantil”.

Robert Vuijsje.: ¿Cuándo se dio cuenta de que “lo había conseguido” en Hollywood?
Paul Verhoeven: Eso de “conseguirlo” no existe. La vida es existencial. Recorremos la vida y de camino probamos algunas cosas; después vemos si funcionan. En el negocio del cine se trata de conseguir financiación para la próxima película. Tener un éxito es la mejor manera de facilitar las cosas de cara a futuras películas y se acabó. Y al final, todos nos morimos. Tal vez más tarde en la vida uno se dé cuenta de eso, de si uno “lo ha conseguido”, como usted dice. O tal vez no.

R.V.: ¿No ve lo bien que le han ido las cosas en América?P.V.: Tal vez los demás lo ven así desde fuera, pero yo lo veo desde dentro. Mi vida gira en torno a hacer películas. Lo único que tengo en mente es mi próxima película. Y como no estoy satisfecho con mi situación actual a ese respecto, estoy insatisfecho con toda mi vida profesional.

R.V.: Usted es el hombre que no era nadie al llegar a Hollywood para acabar por conseguirlo. ¿Qué hay de malo en reconocerlo?P.V.: Usted sigue con eso de “conseguirlo”. ¡Que no lo he conseguido! Parece que usted se ha perdido toda la revolución existencialista de los últimos cien años. ¿Alguna vez ha abierto un libro? La vida no se puede describir en términos tan infantiles.

R.V.: Creo que sólo trato de hacerle una pregunta sencilla y razonable.P.V.: Lo vuelvo a explicar: mi posición como director de cine en Holanda se hizo insostenible en los años ochenta. La manera en que me hacían presentar mis proyectos a los Fondos de Producción [la institución estatal que concedía las subvenciones al cine] para conseguir su aprobación era humillante. Tenía que arrodillarme para conseguir financiación. En los años setenta, las películas eran juzgadas por esos Fondos siguiendo el criterio de la audiencia que pudieran obtener. Con la entrada de Jan Blokker en los Fondos de Producción, de repente todo tenía que ser responsable social y culturalmente. Él destruyó el cine holandés. [Verhoeven se refiere aquí a las crecientes dificultades que encontró para rodar después del escándalo despertado por su película Vivir a tope (Spetters, 1980), con sus crudas escenas de violencia y sexo, incluyendo una violación múltiple y el suicidio de uno de los protagonistas]

R.V.: Le interrumpo un momento: después de veinte años usted sigue mentando a Jan Blokker en todas las entrevistas. ¿No se da cuenta de la enorme desproporción y de la insignificancia de una refriega tan antigua?P.V.: Bueno, ahora que “lo he conseguido”, ¿no me voy a poder preocupar por lo que sea?

R.V.: Haga lo que quiera. Mi pregunta es: ¿por qué usted se subestima y manifiesta ser menos importante de lo que ha conseguido desde entonces? Es como Johan Cruyjff peleándose con Co Adriaanse, que está diez pisos por debajo de él. ¿Por qué? ¿No pueden los holandeses ser superestrellas?P.V.: Sólo es que me gusta meterme con ese hombre en cada ocasión que se me presenta. Blokker dice que después de tantos años debería dejar de quejarme de él. Para mí, ésa es una razón para argumentar en cada entrevista que él ha sido un desastre para el cine holandés. Lo hago con la esperanza de que usted lo transcriba y, particularmente, de que él lo lea. No tiene que ver con el hecho de ser holandés; sólo se trata de mí. Es muy infantil. Después de todo, todos cagamos y meamos, a pesar de lo satisfechos que estemos. En ese nivel está Jan Blokker: para mí tiene tanto significado como el cagar.

R.V.: Volviendo a su vida, usted tuvo que salir de Holanda.P.V.: Se me arrojó al frío, me convertí en un kalgestellt. Se me rechazaban todas las películas que proponía. No es que quisiera en especial irme a América, sino que la invitación resultó llegar de allí. Me ofrecieron Robocop (1987), pero no la quería hacer. Sólo la hice después de que mi mujer recogiera el guión, literalmente, del cubo de la basura y me recomendase rodarla.



R.V.: Robocop se convirtió de inmediato en un éxito, y la siguieron Desafío Total (Total Recall, 1990) e Instinto Básico (Basic Instinct, 1992). Nunca un director holandés había llegado a tanto en Hollywood.P.V.: Es que usted no quiere entender. Estamos hablando de una vida real y esos términos tan simplistas no me sirven. La imagen de mí mismo repantigándome y relajándome mientras pienso en lo buenas que deben de ser mis películas... esa imagen no es real. Para mí, no es nada el haber tenido éxito. Siempre necesitas moverte hacia el próximo proyecto. Vine a Hollywood e intenté hacer películas. Me doy cuenta de que así ha resultado y de que a cada película le ha sucedido otra. Es así de esquemático.

R.V.: ¿No llegó a América con un plan?P.V.: ¡No! Mi perspectiva era la del temor existencial de no poder hacer más películas en Holanda. Billy Wilder se fue a América también por miedo, aunque su temor existencial era de otra clase. No me diferencio para nada de otros inmigrantes. Todos entran en ese país [los EEUU] de la misma manera. El hombre que me cuida el jardín llegó porque en México no tenía nada para comer, y ahora puede mandar a sus hijos a la universidad. Ésa es exactamente la misma victoria que yo he logrado, con la única diferencia de que yo llegué a América con una formación superior. Para mí, hacer Robocop no fue un obstáculo menor que mi ineptitud para aprender griego o latín en la escuela.

R.V.: Eso no ha cambiado. ¿No ha sentido la necesidad de aprender inglés en condiciones? ¿O es que eso es parte de su atractivo?P.V.: Lo hablo suficientemente como para dirigir películas en América.

R.V.: Su atractivo... circulan historias jugosas sobre sus romances con las actrices de sus películas. ¿Qué hay de eso?P.V.: Durante el rodaje de Instinto Básico, Sharon Stone y yo estuvimos en cierto modo enamorados. El resultado de la decisión de no acostarnos se nota en pantalla. Sharon me intrigaba tanto que el gigantesco interés que sentía por ella se percibe en cada uno de los planos en que aparece. Al no haber caído en la tentación, la película ganó en emoción. Tiene que seguir habiendo misterio. Si me hubiera acostado con ella, la tensión habría desaparecido al instante. La realidad habría hecho naufragar a la fantasía. Tal vez eché a perder la mejor oportunidad de mi vida y tal vez habríamos estado fenomenal juntos, pero lo más importante era la película.

R.V.: Cuando acabaron el trabajo, ¿cuál fue el resultado de este juego psicológico?P.V.: Después, a causa de toda esa tensión, ella no me quiso nunca más.

R.V.: ¿Y usted aún la quería?P.V.: No, yo tampoco. Realizar una película así lleva catorce semanas. Cuando esa tensión sigue, pero sin realizarse, llega hasta un cierto punto y se para. La relación descarriló.

R.V.: ¿Por eso Showgirls (1995) no fue una buena película? Si damos crédito a American Rhapsody, el libro de Joe Eszterhas, el guionista de Instinto básico y Showgirls, la protagonista, Elizabeth Berkley, iba contando historias de todo tipo en el plató sobre aventuras románticas con usted…P.V.: Joe Eszterhas miente en todo, naturalmente. Altera la realidad y lo hace tan bien que lo que cuenta parece cierto.

R.V.: ¿Qué piensa su esposa de todo esto?P.V.: Durante el rodaje de Instinto Básico le pregunté a Martine si podía acostarme con Sharon. Me recomendó que no lo hiciera para no perder la concentración en la película. Ella lo percibió muy bien, aunque su consejo también era apropiado a su posición. Ahora se supone que todo ha de ser muy pacato, pero yo viví los años setenta.


R.V.: ¿Tienen ustedes un “matrimonio abierto”?
P.V.: Creo que usted quiere decir “comprensivo”. Sí que lo teníamos, sí. Pero, aun entonces, las situaciones se fueron desarrollando de una manera que sólo podemos denominar existencial. Al final resulta que al otro no le gusta. Ahora esa necesidad se ha desvanecido. Pero la atracción por otras mujeres nunca cesa.

R.V.: ¿Se arrepiente de Showgirls? Se trata de la primera de sus películas americanas que no funcionó.
P.V.: El arrepentimiento no existe; esa palabra no significa nada. Así es la vida. No se puede expresar con términos como el de “arrepentimiento”. Sí, las posibilidades de rodar una película después de Showgirls no fueron tan favorables como después de haber hecho Instinto Básico. Es mala suerte, pero nada más. Usted constantemente quiere mitologizar, pero eso no es correcto. Estamos atascados con la mitología. Lo hicieron los griegos, los cristianos, los judíos, los musulmanes unos cuantos cientos de años más tarde… No se da cuenta de hasta qué punto.


R.V.: Es que no creo que usted vea las cosas de semejante manera, en blanco y negro. Antes de irse a América, usted ganó unas veinte mil coronas por una película y tuvo que pedir prestado dinero a sus padres para comprarse una casa. Ahora usted es un director de cine de éxito en Hollywood. Hay una diferencia enorme.
P.V.: Para mí no, no de la manera en la que pienso acerca de la vida. A mis padres les hizo mucha ilusión ser capaces de darme una casa. Es otra manera de verlo. Además, me lo habrían dado de todas formas como herencia, así que no se trata de dinero.

R.V.: Sin embargo, no creo que usted no piense nunca con satisfacción en lo que ha logrado.P.V.: Claro que pienso a veces en el pasado. Pero para una entrevista es más interesante si formulo una opinión rotunda. Usted tiene una determinada imagen de mí y desea verla confirmada, pero yo a eso no juego. No quiero confirmar lo obvio. Pero de veras pienso lo que digo. El impulso y la energía en mi vida vienen de la próxima película.

R.V.: ¿Dónde nació esa ambición?
P.V.: Antes he explicado que se originó porque mi padre era el director de mi escuela. En consecuencia, tenía que sacar las mejores notas y ser el mejor en todo. Pero, ¿sacaba las mejores notas gracias a mi padre, o es que yo era el mejor estudiante? No me gusta psicologizar mucho eso…

R.V.: Una cosa más: ¿sigue la política holandesa?
P.V.: No he seguido mucho lo de la situación de Srebenica, pero parece que el parlamento ha hecho bien al decidir la evacuación. Se debería hacer lo mismo en otros países: sacar las conclusiones de una política que falla. Como el caso de Israel, por ejemplo, que desgraciadamente se ha convertido en fascista.

R.V.: Es un conflicto entre dos partes equivocadas.
P.V.: Los judíos no pueden recurrir a la Biblia para someter la tierra. Todo se reduce a esto: Dios no es un mercader. Es una cita de Gore Vidal; a lo mejor usted lo conoce y todo.

R.V.: Usted era el más listo de la clase; no deja de enfatizar su cultura general y lo leído que es, ¿y ahora sólo le dejan hacer películas de ciencia ficción?
P.V.: En una palabra, sí.

R.V.: ¿No es algo frustrante?
P.V.: A veces pienso acerca de a qué me he limitado simplemente porque una vez me comprometí con la ciencia ficción. Nunca debí haberlo hecho. Por entonces, Robocop fue el único acceso que tuve. Es así como sucedió. Ahora en Hollywood se me considera como “ese tío de las películas de ciencia ficción”. Rara vez me ofrecen otras cosas. A veces algunos thrillers, por lo de Instinto Básico; pero no son así de buenos. Podría realizar una comedia romántica. Podría dirigir una película como La boda de mi mejor amigo, me las puedo apañar con material así de ligero. Pero nunca me llaman para esos proyectos. Es frustrante; pero no es algo que pueda conmigo. En realidad, y por volver a su primera pregunta, me viene un ejemplo a la cabeza. Más o menos cuando se estrenó Robocop, me estaba tomando un café con Martine, Jan de Bont y su entonces esposa Monique van de Ven. Había un cine en la acera de enfrente con una cola que daba la vuelta a la esquina: toda era gente que quería ver Robocop. No me sentí como si lo hubiera conseguido, pero ciertamente, en ese mismo momento, se volvía tangible que la película funcionaba. Y sí, fue verdaderamente agradable.

jueves, 9 de agosto de 2007

Fastidio (post número 100)



En una misma tarde me han llamado dos amigas muy queridas y sin ninguna relación entre si. Las dos me han venido a decir lo mismo: que no voy a saber nada de ellas en tres semanas.

martes, 7 de agosto de 2007

Todo un caballero


A pesar de vivir en un siglo temeroso de la peste y obsesionado con la muerte, el caballero Antonius Block no se precipitó en una auténtica crisis hasta ver el mismo rostro de la Parca. Sus desvelos existenciales no pasaban de ser simples inquietudes; su desencanto con el uso de la fe, el lógico en un espíritu gastado en las cruzadas. Sólo usaba los restos de su voluntad para volver a casa y encontrarse quién sabe qué tras diez años de ausencia.

Cuando la Muerte le convocó, hizo lo que cualquiera en su lugar, ganar tiempo; pero no de cualquier manera: era muy inteligente y sabía que sólo mediante la seducción y el desafío, proponiendo una partida de ajedrez desesperada, podía resistir lo suficiente para realizar un solo acto que le justificase.

Se trata de la diferencia entre saber que se es mortal y experimentar de modo fulminante esa condición, entre conocer y cobrar conciencia. Es la inminencia de la muerte la que le hace reaccionar y le devuelve una genuina preocupación por la vida, la que por fin le ofrece un sentido a su existencia salvando (prolongando, mejor dicho) la de la familia de juglares.

Fue Borges quien expresó en El inmortal la curiosa intuición de que al don de la vida eterna le correspondería una pareja, incesante, degeneración; un abandono que nos haría más primitivos, más simples, menos piadosos. No estamos para relativismos morales: tanto el Antonius Block de Bergman como Borges saben que la muerte nos hace mejores, o cuando menos más interesantes.

lunes, 30 de julio de 2007

Cultura para todos


El otro día me enfrenté a un nuevo venero de vicisitud. Estaba zapeando cuando me encontré con un programa de actualidad cuyo plato fuerte consistía en el flete de un globo aerostático con Paloma Gómez Borrero de pasajera. Un joven reportero requería las impresiones de la veterana periodista, antes de su aventura. He aquí el diálogo:

- Siempre he soñado con subir a un globo, como en La vuelta al mundo en ochenta días.

- Ah, sí -contextualizaba el entrevistador-, como Willy Fogg...

jueves, 12 de julio de 2007

Soy rebelde porque la COPE me hizo así

Hace ya un tiempo publiqué un post un tanto irresponsable acerca de la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, propuesta por el Gobierno para formar en unos mínimos valores cívicos a nuestros indolentes, consumistas, prácticos nihilistas adolescentes. Digo medio en broma que fue irresponsable porque, a pesar de que aún no se sabía nada del contenido de la asignatura, me atreví a opinar acerca de su calado en unos alumnos que la encontrarían como una imposición más de los planes de estudio. Fundándome en su carácter de asignatura regular y en su obligatoriedad —no en sus contenidos, que para el caso no me parecían de relevancia—, pronostiqué que se tratará de un intento fallido y que los adolescentes, lejos de comenzar a parecernos más maduros, seguirán dándonos disgustos con su tendencia a la alienación y su en ocasiones agresivo desprecio por los conciudadanos.

Sigo opinando en torno al asunto y con una irresponsabilidad mayor por cuanto ahora, cuando sí se ha desarrollado el contenido y está más o menos accesible, permanezco en una perfecta y no disculpable ignorancia respecto al mismo. Pero bueno, tampoco voy a entrar en ese tema, sino en el rechazo que ha recibido la asignatura por parte de la iglesia católica y de los sectores vinculados a ella. He llegado a oír, en palabras de insignes representantes de la Conferencia Episcopal, que se trata de colaborar o no “con el mal”, ni más ni menos; un lenguaje digno de épocas bastante menos tolerantes.

El caso es que se está promoviendo la objeción de conciencia de los alumnos (más bien de los padres) a la asignatura, con un éxito suficiente como para constituir un verdadero problema durante el próximo curso. El Ministerio de Educación sostiene que recibir la asignatura no depende de la potestad de los padres de los alumnos y que la ley ha de ser cumplida, tanto para el caso de las matemáticas como para el de la educación cívica. Y este es el punto que quiero destacar: la libertad en las sociedades más desarrolladas entendida como la no aceptación de las imposiciones del Estado. Acaso el asunto quede un poco oculto porque quienes quieren escapar a la coacción del Estado no son hordas de militantes antiglobalización, ni siquiera simpáticos progres: son los representantes más conspicuos del conservadurismo español, convenientemente adoctrinados por la Iglesia más oficial (la que no comulga con pan comprado en el súper del barrio, vamos) y patrocinados eficazmente por la cadena cope. Si describimos el caso como una rebelión mientras echamos un vistazo a los rebeldes y a los impositores, nos quedaremos estupefactos de cuánto han cambiado las cosas en el plazo de escasos decenios.

Sería una suerte que en los textos de la asignatura se incluyera una precisa delimitación de la capacidad de oposición y de objeción del ciudadano frente al Estado; y sería una suerte porque es un asunto de la mayor trascendencia, pero para el cual no disponemos de una solución que no sea la de la facticidad pura y dura, la del resultado del enfrentamiento entre la administración y el administrado. Podríamos caer en la tentación de atajar mediante el método de dirimir en cada caso particular qué es lo justo o lo injusto, y hasta qué punto es admisible la obligatoriedad de seguir lo que el poder ejecutivo y legislativo nos indique; sin embargo nada ganaríamos con ello, porque nuestro propósito no es el de reñir por cada motivo menor de conflicto, sino el de encontrar un criterio sólido y a ser posible sencillo para dirimir estos debates. De lo contrario tenderíamos a ir por la senda de los países leguleyos, donde la excepción es la norma y la seguridad jurídica se diluye en montones de leyes y reglamentos de aplicabilidad cada vez más limitada y en cuyos huecos anida (¡tachán!) el huevo de la serpiente de la corrupción.

Lo cual no quiere decir que el contenido de los conflictos sea ajeno al problema; al contrario: los pensadores políticos han reflexionado en torno a casos tan extremos como el tiranicidio con la conclusión mayoritaria de que la búsqueda del bien común en determinadas circunstancias puede justificar, o bien exculpar, a quienes atenten. O pensemos en los impuestos; si nuestra convicción es de que suponen una carga superior a lo aceptable o de que su uso no es el debido, ¿es legítimo que dejemos de pagarlos? ¿Es más lícito defraudar a la Hacienda Pública que evitar la Declaración emigrando a Suiza? Al contrario que en el caso anterior, parece que lo aconsejable es pagar, aunque sea a regañadientes; ahora bien, si hablamos de defraudar o emigrar…

Demasiados rodeos para recordar que lo legal no es lo mismo que lo justo, y que en una sociedad que supuestamente se asienta en principios tales como la libertad de expresión de los ciudadanos sería una ingenuidad esperar que los ciudadanos no intentasen ajustar o justificar sus actos según unas pautas ideológicas que nadie puede, en principio, acallar.

Y, dada la hora que es y el sueño que tengo, dejo este texto a medias con la intención de continuarlo en otro post que, sin duda, ya están esperando ansiosamente.

miércoles, 11 de julio de 2007

En torno a un pequeño problema


Es curioso cómo, a juicio de otras personas, los mismos rasgos, las mismas tendencias del comportamiento, de ser virtudes pasan a constituir vicios, o viceversa. Por ejemplo, el silencio del niño cuya timidez es divertida se convierte en una aviesa ocultación como arma para camelarse a los demás, cuando probablemente las causas de ese silencio sean las mismas o muy parecidas en ambas ocasiones.

Pensaba que esto era sólo una aporía ética, pero probablemente lo es también psicológica, e incluso ontológica. Huy, madre…

martes, 10 de julio de 2007

Hagan sus apuestas

La noticia, tremenda, se ha extendido a toda velocidad. Un periodista del portugués Diário de Notícias, tras una rigurosa investigación conectado a Internet durante sus horas de trabajo, ha detectado y denunciado la prestación de servicios eróticos a cargo de menores a cambio de retribuciones tan insignificantes como recargas para el teléfono móvil.

¿Se trata de una red? ¿De una actividad que empieza a popularizarse entre las púberes portuguesas? Por de pronto, me pasma que una jovencita de 14 años y beneficiaria de una conexión de banda ancha pueda realizar un striptease o masturbarse ante su webcam a cambio de 10 euros para llamadas y mensajes de móvil. También me admira que la información, que han repetido en España —sin mucho juicio— al menos El País y La Voz de Galicia, venga tan desnuda de datos concretos, de pruebas, de circunstancias que vayan más allá de los detalles escabrosos.

Piensen ustedes lo que quieran, pero en mi opinión se ha abierto la temporada de los periodistas ambiciosos: Internet es, a la vez, el chivo expiatorio y la fuente proveedora de toda sabiduría y de todo escándalo sabroso cuando el verano llega y los personajes importantes callan. Respiren tranquilos y pasen unas felices vacaciones; ya verán lo que queda de todo esto en octubre.

jueves, 5 de julio de 2007

Desde el Castillo de If


Cuando Edmundo Dantés ha de padecer injusto cautiverio en la soledad más terrible del calabozo más ruin de la fortaleza más tétrica de la isla más olvidada del Mediterráneo, sólo encuentra dos resquicios en su negra fortuna para seguir adelante. La más importante, el bendito azar de la amistad con el portentoso Abate Faría, un verdadero Edison de las mazmorras, un Robinson Crusoe de la ergástula que ha alcanzado un curioso compromiso entre la estrechez de su condena y lo ilimitado de su ingenio. La segunda, complementar esta relación con una fuga apurada y el descubrimiento y apropiación de un tesoro digno de las fábulas orientales, el de la isla de Montecristo. Lo demás es sabido: la ejecución de una venganza minuciosa armado con las gracias que el protagonista, según parece, halla en la isla del tesoro además de unas riquezas inmensas: una inteligencia sobrenatural y una práctica ubicuidad. Quién pudiera, ¿verdad?

Es seguro que el desdichado Dantés, mientras pena en su primer y completo aislamiento, cuando nada le ofrecía el horizonte que no fueran las regulares raciones de bazofia en una triste escudilla, comienza a comprender que todos sus afanes, las promesas del trabajo productivo y del sacrificio recompensado por el amor perfecto, de la felicidad que uno se gana a golpes de esfuerzo, eran como vanidades, como los esfuerzos de un ser moribundo ya desde el nacimiento: su vida, vale decir la Vida, no tiene ningún sentido. Ni siquiera nos consta que antes fuera, además de bueno y trabajador, un joven muy piadoso.

Luego goza del favor de la fortuna y dedica el resto de la novela a cobrarse venganza de quienes le habían arrebatado su vida anterior de probo marinero y procurado la lección dolorosa del nihilismo, que le queda perfectamente grabada: aborrece (al menos hasta el desenlace) de su propia identidad y se procura tantas personalidades como le vienen en gana, incluida alguna decididamente hortera y a la moda de la época, como la de Simbad el Marino. Demuestra que su imaginación vuela mucho más alto que la de los demás, hasta el punto de que casi todo lo humano se le hace ajeno; basta leer cómo disfruta de la mazzolata veneciana (ya saben, el procedimiento de ejecución en el cual al reo: a- se le propinaba un buen mazazo en la cabeza, b- se le practicaba un tajo en la garganta y c- se le pataleaba el pecho para que el público gozase con las violentas emisiones de sangre), cómo se convierte en un verdadero demiurgo de las vidas y las conciencias ajenas... El Conde comprende.

Si, antes de conocer al bueno de Faría, alguna simpática y bien intencionada, aunque poco precavida alma caritativa hubiera podido infiltrarse sutilmente en el calabozo de Edmundo Dantés para encontrar una explicación a su desdicha, para que pudiera convertir su sufrimiento en un medio para concertar un discurso y un sentido a su existencia (pongamos: “aunque todos te consideren un traidor, aunque no tengas ya fortuna, ni familia, ni amigos, aunque tu amada esté en brazos de tu enemigo, Dios te sigue queriendo”; o “te basta con saber de la integridad de tu conciencia”), lo más seguro es que el prisionero se hubiera comportado con alguna violencia mandando a hacer puñetas a quien sostuviera opiniones tan inoportunas en semejante coyuntura. Y no digamos ya si la imprudencia llegase al intento de convencer el pobre Edmundo de que “nada, hombre, el tiempo lo cura todo”, o de que “de todo se aprende”. “¿Aprender?”, podría replicar nuestro protagonista; “¿Aprender a este precio de sufrimiento y desesperación? ¿Para qué, si puede saberse? ¿Para contar los meses hasta que se me extingan todas las fuerzas y me llegue la última hora? ¡Prefiero vivir en la ignorancia!”. Y, claro, tendría razón. Así que ya saben, terapeutas aficionados: antes de buscar tales lugares comunes para explicar las penas de los demás, procuren comprender. Otro día hablaré de la escuela Paris Hilton de pensamiento contemporáneo. Por el momento y a este respecto me conformo con recomendar de nuevo que lean a Ferlosio.

miércoles, 4 de julio de 2007

28 minutos después

He seguido el desarrollo del enfrentamiento entre Zapatero y Rajoy en el Debate sobre el Estado de la Nación con la ilusión de encontrar algo de sustento para un post. No estaba preparado, ingenuo de mí, para tanta demagogia, tantas mentiras, tanta falta de ideas; mi reserva de paciencia se ha agotado y sólo me acerco al teclado para redactar un breve apunte (con spoilers incluidos) acerca de una película que vi más tarde: la celebrada 28 semanas después. En otras palabras, cambio a los zombis de verdad por los de mentirijillas.

No hablaré de cine, porque si lo hiciera tendría que revisar el catálogo de las últimas modas estéticas: exceso de montaje, efectismo, cámara temblequeante, teleobjetivos, regodeo en ocurrencias visuales que no pasan de ingeniosas, sustos triviales con abundancia de falsas alarmas, primerísimos planos de rostros de miradas perdidas o trascendentes, etcétera.
El recibimiento, al menos en España, ha consistido en una curiosa forma de beneplácito que pasaba por interpretar la trama como una suerte de alegoría crítica de las invasiones estadounidenses allende sus fronteras. Hay soldados, zonas de especial protección, tremendismo dramático con los marines de protagonistas, asesinos que desprecian sus propias vidas… Naturalmente, viene a la memoria la zona verde de Bagdad y otros escenarios igualmente tristes.

No vayamos tan deprisa. Es cierto que en muchos pasajes de la película los soldados son una amenaza tan mortífera para los protagonistas como los propios infectados. Sin embargo, no conviene dejar de atender al verdadero desencadenante del conflicto: la catástrofe que se lleva por delante a los quince mil supervivientes y en definitiva extiende el virus más allá del Canal de la Mancha sobreviene a impulsos tan defendibles como la nostalgia de los hermanitos, la piedad o la curiosidad científica. Cuando uno ve en pantalla las variadas escabechinas, no deja de pensar que si no se hubieran forzado y relajado las normas de seguridad —inhumanas, crudelísimas— de la zona de control, si se hubiera obedecido al alto mando que ordenaba la ejecución de la mamita portadora del virus, no habría que afrontar semejantes apuros.

Es una conclusión bastante más cínica, si no completamente inversa, a la que adelantaban apresuradamente unos cuantos comentaristas. Lo siento; últimamente no doy para más.

jueves, 21 de junio de 2007

Insisto

Del blog de Santiago González:

ETA sabía algo que sus interlocutores ignoraban, que un Pacto con el terrorismo debía tener una característica común con el Pacto contra el terrorismo: tenía que ser un acuerdo de Estado, comprometer al partido de la oposición, con el fin de garantizar la continuidad del proceso más allá de posibles cambios electorales

martes, 19 de junio de 2007

Optimismo y pesimismo esquemáticos


En general, no me satisface la manera en que se definen el optimismo y el pesimismo. La tradicional invocación del ejemplo que Voltaire nos brinda al burlarse del Pangloss-Leibniz en el Cándido nunca me ha producido un gran efecto. Afirmar de un mundo que sólo nos procura calamidades que se trata del “mejor de los posibles” es propio de gentes desesperadas, no de optimistas irredentos; si para criticarlo lo interpretamos como un optimismo cegatón, estaremos errando el tiro. Así las cosas, me arriesgaré a intentar unas definiciones personales, esquemáticas y, espero, inteligibles.

No veo la manera de formular una metafísica optimista ni pesimista, puesto que los dos términos contienen juicios de valor muy alejados, a mi entender, del verdadero campo especulativo de aquélla. Son dos tendencias completamente ajenas a la trascendencia y que sólo se entienden dentro de la experiencia actual del hombre, de la ética. Porque, ante todo, se es optimista o pesimista dependiendo de que se crea o no en la bondad o simple posibilidad de la eficacia de la acción humana. El optimista es quien piensa que la acción de hombre cambia efectivamente el mundo del cual forma parte, y por lo tanto afirmará que esa acción puede ser racionalmente planeada y sus efectos previstos, al menos en parte. Naturalmente, esto supone aceptar que nuestro conocimiento del universo es real y que éste se aviene a leyes inteligibles racionalmente. Para el optimista, este mundo imperfecto en el que malvivimos puede parecer desalentador, pero siempre podremos actuar para aumentar nuestro cupo de satisfacción y felicidad, o siquiera para disminuir nuestra desdicha.

La actitud del pesimista, por el contrario, es la de quien piensa que la acción humana es irrelevante o incluso maléfica. Esto puede tener varias explicaciones: a) el ser humano ignora los verdaderos fundamentos del universo (seguramente porque éste no es racional en el sentido que queremos atribuirle) y no alcanza a comprender el sentido que toman sus actos, inevitablemente disueltos en un caos de causas y efectos; b) el ser humano no puede ser tenido por “bueno”, y por lo tanto sus actos no están guiados por las buenas intenciones; c) aunque se obtengan los resultados que se pretendían, nuestros propósitos son de un alcance tan exiguo que nunca merecen el afán que les dedicamos. Los críticos de la noción de progreso ocupan un lugar de honor en el pensamiento occidental, al menos durante el siglo pasado.

Hasta donde yo alcanzo, no he conocido a nadie optimista ni pesimista en puridad, porque nuestro juicio sobre las contingencias con las que pactamos en la vida varía dependiendo del campo al que lo apliquemos. De modo que yo propondría, casi a modo de juego, usar este modestísimo esquema para interpretar las afirmaciones que nos lleguen referidas a la política, el trabajo, la sociedad, la tecnología, la medicina o lo que uno apetezca. ¡Para que digan que no soy constructivo!

lunes, 18 de junio de 2007

Algo se mueve en el Dirigido por…

Hace unos años, en mis atolondrados tiempos de estudiante en Salamanca, por andar empeñado en convertirme en un cinéfilo de pro era un lector atento de varias publicaciones relativas al mundo del cine. Como además tenía cierto sentido de la excelencia, pronto obvié las publicaciones de orden más mercantil del estilo del Fotogramas, para convertirme en el seguidor más fiel de Dirigido por, el consuelo que necesitábamos quienes suspirábamos por unos Cahiers a la española (con los que sí contamos ahora, por cierto).

El estilo del Dirigido era el que sus lectores requeríamos. Sus colaboradores cultivaban el esnobismo intelectual emitiendo unas opiniones a menudo arbitrarias, defendidas casi siempre con razones alambicadas y permanentemente escritas en un estilo categórico y sentencioso. Alardeaban de un desprecio total por la sintaxis cinematográfica y la semiología no les había tocado: su fuerte era, ante todo, la crítica ideológica y la deducción y diagnóstico, a partir de unas películas vistas y valoradas prácticamente como epifenómenos, del estado de debacle en el que se hundía la cinematografía mundial. Las leyes aplicadas por sus colaboradores podrían resumirse como sigue:

1º El cine actual es un desastre y nada puede hacerse por salvarlo.
2º El cine bueno se hacía antes. Las películas que merecen nuestra benevolencia tienen más de treinta años.
3º Si nos pusiéramos muy generosos, podríamos salvar de la quema a las películas que se hacen fuera de los Estados Unidos.
4º En ningún caso merece nuestra compasión el cine fabricado hoy en día en Hollywood.

Exagero, por supuesto, pero estos sencillos mandamientos ayudan a entender muy bien el espíritu de la revista.

Siendo tan contundentes y temibles cuando sus críticas eran severas, promovían también los malos sentimientos. Me recuerdo a mí mismo aullando de placer cuando una película que me había parecido funesta recibía el consiguiente varapalo a cargo de Antonio Castro. El reverso, claro, también era de bulto: a menudo me cabreaba mientras leía una mala crítica de lo que yo consideraba una obra maestra (Lunas de hiel, por ejemplo, y ninguna de las muchas veces que la he vuelto a ver me ha hecho cambiar de opinión); o, peor aún, debía soportar la veneración de “talentos” tan fatuos como el de Kieslowski.

Como con casi todo en esta vida, acabé por cansarme del Dirigido. Lo dejé de comprar, primero intermitentemente y luego sin mala conciencia en el lapso de unos pocos meses. Decidí que el cine actual es al menos tan bueno como el clásico, y que los mejores cineastas trabajan tarde o temprano en Hollywood. También resolví, y esto es más grave, que no existe el arte de la cinematografía.

Como nada es para siempre, hace algo más de un mes volví a comprar un ejemplar de mi antigua amiga. Fue para hacer tiempo mientras esperaba el comienzo de la película que iba a ver. Un hermoso reencuentro, más humorístico que nostálgico. Algunos nombres no me sonaban, aunque en seguida reconocí a casi toda la vieja guardia (Antonio Castro —que inspiró, recuerdo, al villano de Tesis—, el bilioso José María Latorre, Quim Casas, Tomás Fernández Valentí…); me emocioné al encontrar los artículos impresos en su letra diminuta y apretujada, al comprobar que siguen con su costumbre de publicar dossieres sobre directores consagrados… En fin, que me sentí como si hubiera vuelto a uno de los ratoneros pisos compartidos donde me zampaba la revista apenas había llegado al quiosco. Un mes después del reencuentro he vuelto a comprarla.

Alguna vez tendré que explicarme cómo pueden enternecerme oraciones tan asombrosas como ésta, tan del estilo Dirigido, de la anécdota a la categoría:

Tarantino ejerce en Death Proof el mismo proceso de reciclaje-tributo-recreación perpetrado en Kill Bill, sólo que aquí toma como referencias otras manifestaciones del cine popular y actúa directamente sobre el propio soporte de celuloide para lograr un ejercicio de mimesis que ya va más allá de los simples postulados de una determinada posmodernidad sustentada en una nueva formulación del pastiche.

Lo cual significa en román paladino que Tarantino truca su película simulando que el rollo proyectado está deteriorado (con cortes, rayas, virados de color, etcétera), o dibujando siluetas de falsos espectadores que se levantan con el fin de citar, si no evocar, las condiciones en que se veía el exploitation cinema en los años setenta.

Y para terminar, una sorpresa tan grande que por sí sola justifica la redacción de todo este post. Un tal Tonio L. Alarcón inicia así su reseña de 28 semanas después:

...el notable éxito conseguido por Álex de la Iglesia y su simpática El día de la bestia parecía augurar una cierta recuperación del cine fantástico español, dejando de paso atrás más de una década de ese cine academicista, apolillado y anquilosado que dejó como legado la infausta Ley Miró.

Algo así era impensable en el Dirigido de los viejos tiempos. Además, estoy muy de acuerdo: de la cita, sólo restaría el adjetivo “simpática” y añadiría para referirme a la globalidad del cine español de los ochenta el término “amateur”.

Qué lección: todo se mueve, aunque sea con una lentitud geológica.

martes, 12 de junio de 2007

Más madera

La prensa socialdemócrata ha entregado un regalito a la derecha mediática. En un reportaje del domingo pasado en El País, se confirmaba lo que ya se sabía: que el PSOE había conversado con el mundillo abertzale desde el año 2002, mientras estaba en la oposición y tras haber firmado el Pacto por las libertades y contra el terrorismo; por lo tanto, estaba rompiendo de facto el acuerdo con el PP (¿a esto se referían con lo de la lealtad al Gobierno?).

Naturalmente, en la COPE se han apresurado a desempolvar todas las declaraciones de significados socialistas y miembros del actual gobierno desmintiendo categóricamente la existencia de esas conversaciones: nos lo han ilustrado con grabaciones, asombrosas al escucharlas hoy, de José Blanco, López Aguilar, Fernández de la Vega y el mismo Zapatero, ya presidente, con la gravedad añadida de que éste mintió en sede parlamentaria.

Más. En el reportaje antedicho, Aizpeolea explicaba un proceso intelectual cuando menos curioso. Como el PSOE ya gobernante se "negaba" a entrar en una negociación política, decidieron partir el proceso en dos: uno, la negociación con ETA, en la que se trataba de los presos; dos, la mesa de partidos en la que se ventilaría el status del País Vasco. De esta manera, al menos en un sentido formal se separaba la negociación política de la concerniente al desarme.

¿Sólo yo tengo la sensación de que detrás de esta lógica había una estafa?

miércoles, 6 de junio de 2007

Lo que yo me figuraba

Este es un caso en el que no me gusta haber acertado. Veamos qué dos extractos podemos sacar del editorial de hoy en El País:

Zapatero tenía todo el derecho del mundo a intentar la paz. Recibió el mandato del Parlamento para ello, pero Rajoy no quiso apoyarle. Ni entonces, ni ayer, en una actitud lamentable

cuando se refiere al Partido Popular, además de:

No es mirando hacia atrás, a los posibles errores cometidos o a las buenas voluntades insatisfechas, como los poderes públicos podrán hacer frente a lo que se avecina

cuando le toca hablar del Gobierno. ¿Sólo yo advierto la contradicción?

Para remate, el Gobierno nos quiere dar una curiosa satisfacción. Ahora Rubalcaba afirma rotundamente en televisión que De Juana "en ningún caso" pasará el resto de su condena en su domicilio. Ahora.

martes, 5 de junio de 2007

Deprisa, deprisa: la venda antes de la herida


[Zapatero, albergando nuevas esperanzas]

Hay veces en que hay que postear con urgencia, porque la rapidez, curiosamente, nos carga de razón y porque es preciso anticiparse a los espeluznantes argumentos de parte que habremos de padecer.

ETA vuelve a las andadas, pensando sin duda en procurarnos una explosiva temporada turística en la costa levantina. Lo de vuelve a las andadas es casi un chiste, teniendo en cuenta que nunca cesaron en sus actividades de asesinatos, extorsión, chantaje, amenazas, agresiones y destrucción de bienes públicos y privados. El momento del comunicado, además, está calculado con bastante buen tino: ya no corren peligro las listas de ANV que sí pudieron presentarse a las elecciones municipales. Esta evidencia deja en ridículo la actuación judicial al respecto y muy en particular la de la Fiscalía.

Preparémonos para la andanada de opinadores que nos van a aburrir con la cantinela: “que ETA rompa su alto el fuego significa que el Gobierno nunca hizo concesiones, al contrario de lo que afirmaban los siniestros políticos del PP y blablablá…”. Mentirán, o el sectarismo no les dejará ver más allá de sus narices. Que se sepa, el Gobierno —nuestro Gobierno— es la única parte que se ha empeñado en complacer a ETA en las formas más variadas. Para empezar, accediendo a dialogar aunque la actividad terrorista proseguía; atenuada, pero sin vacilaciones. También regalándonos algunas actuaciones poco memorables de la Fiscalía General del Estado. También permitiendo que los secuaces de los terroristas hayan accedido a la representación política en los municipios. También haciendo algunos juicios de intenciones un tanto suicidas: por ejemplo, el Presidente de nuestro Gobierno afirmó que Otegi es un “hombre de paz” o que De Juana Chaos es favorable al proceso de paz; dichosa paz, cuántas bobadas se cometen en tu nombre. También utilizando palabras más duras contra los adversarios políticos que hacia quienes sostenían el discurso y el chantaje de la violencia nacionalista. También negándose (¡desde la mismísima Presidencia del Gobierno!) a dar por cerrado el “proceso de paz” incluso después de un atentado, el de diciembre en Barajas, que se llevó por delante a dos seres humanos y provocó unos enormes daños materiales. También impulsando una reforma territorial (vale decir, una estampida de modificaciones estatutarias más parecida a un sálvese quien pueda) indudablemente planteada también como cebo para que los chicos de las bombas supieran cuánto se podía conseguir si seguían los preceptos del Evangelio según Zapatero...

Podría seguir amontonando facts —lo cual vale por hechos tanto como por pruebas—, o argumentar con más detalle, pero es fatigoso. Haré sin embargo algunas observaciones fragmentarias.

Sabemos, gracias a los morroskos de ETA, que hubo diálogo en muy numerosas ocasiones, tanto antes de que se informara del alto el fuego como después del atentado de Barajas. El Gobierno niega que haya participado en esas conversaciones. Es, naturalmente, mentira o, en el menos malo de los casos, una media verdad pergeñada con intenciones y principios no demasiado claros. Porque es completamente cierto que a esas conversaciones —perfectamente detalladas en Gara— no asistieron ministros ni secretarios de estado; no obstante, podemos dar por seguro que sí participaron personalidades del PSE afines a Patxi López y al camino emprendido tan personalmente por Zapatero. Escudarse en argumentos de abogado de pacotilla, tal como ha hecho el Gobierno, inducía a la desconfianza.

No faltarán quienes culpen al Partido Popular —un partido que no gobierna ni mata, que sólo mete la pata—, porque al retirar su apoyo al Gobierno puede haber bloqueado la capacidad de maniobra de éste para hacer determinadas concesiones (¿más concesiones? ¡Sí, más!). Ya saben, lo de la “deslealtad” de la oposición. Pues lamento afirmar que es la estupidez más ruin que cabe emitir dadas las circunstancias. Porque el Gobierno tuvo la oportunidad de atraer al consenso al PP con ocasión del debate sobre el estado de la Nación; señales no le faltaron para intentarlo. Esta oportunidad fue desaprovechada, lo que se debió seguramente al oportunismo de ofrecer al mundo la imagen de un PP aislado y encerrado en un discurso "rancio", y a la arrogancia de sentirse suficientemente arropado por IU y por la constelación de partidos nacionalistas (los cuales, ya se sabe, se distinguen por un sentido de estado digno de los compañeros de Alí Babá: “¿qué hay de lo mío?”). Además, debo insistir en una idea ya formulada en este blog mucho antes de que gentes como Savater o Espada lo expresasen —perdonen la inmodestia— a su modo: si verdaderamente le corresponde al Gobierno la iniciativa de la política antiterrorista, su primer deber es el de construir un consenso político suficiente para afrontar una hipotética negociación. Si tal consenso no se obtiene (por torpeza del Ejecutivo, por obstinación o cálculo político del oponente), sencillamente no se puede emprender nada. Pero nada de nada. Porque sin el apoyo del otro partido que está en condiciones de gobernar en España, sin el respaldo tácito de esos diez millones de votos, no habrá nada que se pueda ofrecer con garantías al terrorista. Pero nada de nada. Porque sin ese apoyo no se contará con la suficiente fuerza material y moral. Éste ha sido el principal error del Presidente, el que invalidaba desde el principio todos sus esfuerzos relativos a ETA.

Sobre la lealtad hacia el Gobierno: me pregunto qué es más importante, ser leal al Gobierno o ser leal al Estado. Parece claro, ¿no? Planteado el problema en estos términos, debo aclarar que yo nunca he sido leal al Gobierno a este respecto porque creo que está disparatando desde hace mucho. Aplíquese este principio a los partidos políticos. Felipe González se equivocó gravemente en su momento, porque debería haberse saltado la lógica de partido para declarar: “el deber de la oposición frente al terrorismo es apoyar al Gobierno, salvo cuando se equivoque”. Creo que en todo este proceso que, espero, ahora sí se dará por concluido, hemos renunciado a la dignidad de uno, y aun dos, de los pilares del Estado. Y también creo, al contrario de lo que dicta alguna propaganda pro-PSOE, que éste es un asunto muy importante, incluso trascendental, porque afecta nada menos que a la posibilidad de alterar mediante la violencia las normas asumidas para procurarnos una certidumbre en el trato con nuestros conciudadanos, en nuestra convivencia. Así dicho, parece muy abstracto, pero hay muchas personas en muchos lugares de España a las que les cuesta muy caro decir lo que piensan acerca del nacionalismo; lo cual ayuda a concretar las cosas, me temo.

No creo que este post sea únicamente crítico, porque detrás de él se encuentra una idea acerca de cómo deberían hacerse las cosas —desde un punto de vista izquierdista, supongo, aunque eso ya me va dando igual—; pero por si acaso resta alguna duda acerca de la naturaleza constructiva de mi blog, les invito a pinchar aquí.

lunes, 4 de junio de 2007

Los ojos y los ojos


Lo siento mucho, pero me toca regodearme en asuntos personales. Concretamente, en las impresiones que produzco en los demás.

Hace muy poco me he sorprendido viviendo una familiaridad algo perturbadora entre dos situaciones muy distintas, en compañía de dos personas muy distintas. La primera es un diálogo que tuve hace… a ver, que lo tengo que pensar… hace unos tres meses. Para describir de un brochazo la escena, sirva mencionar que es la última conversación digna de tal nombre que he mantenido con la interlocutora en cuestión; más o menos concentrados y sobre todo expectantes (diríase que echábamos los dados para decidir el destino), hacíamos una revisión casi amable de una relación particularmente intensa que había durado bastantes meses. Luego he comprendido que estábamos componiendo, sin saberlo, algo parecido a una elegía. No recuerdo con claridad a qué se debía el comentario, pero me dijo algo así: “al principio pareces una persona muy seria, tienes la mirada seria…”, para corregirse de inmediato porque había encontrado el adjetivo preciso: “… no, triste”. Un pudor que no sabría explicar sólo me permitió sonreír como respuesta a tal apreciación.

Vamos con la segunda, hace unas dos o tres semanas. Un ambiente más distendido con una persona que apenas me conoce aún. Siempre son situaciones que invitan a agradables divagaciones en las que los temas graves se toman a la ligera y las trivialidades se tratan con solemnidad; a oscuras, mirando hacia un techo sólo intuido, los únicos lazos sensoriales con tu compañía son su voz venida de la nada, algún rumor, un roce accidental. Escucho la frase brotar súbita, muy espontánea: “¡tienes los ojos tristes!”.

Esto es todo.

martes, 22 de mayo de 2007

En torno al gran problema




Ciertos asuntos de orden privado y que me traen bastante desazonado me han devuelto a algunas cavilaciones en torno al problema, siempre antiguo y para siempre nuevo, del determinismo y la libertad humanos. Como de costumbre, recurriré al auxilio de personas mucho más inteligentes (y también mucho menos) que yo; como de costumbre, no puedo evitar algún vistazo sobre la actualidad… ¿política? Vais avisados: el camino es pedregoso y repleto de una multitud de puntos de fuga, como el que sigue.

#1. El Cid contra De Juana Chaos
Nadie puede negar coherencia a un personaje como el escuálido De Juana, ahora metido a moralista. Su huelga de hambre, además de concitar la atención de todos —de todos los que opinan, claro está—, viene armada de argumentos éticos que, si bien no son demasiado originales ni merecen la aprobación de la gente sensata, son bien sólidos. Para él, su posible y evitada muerte por emaciación vendría a cargarse en el debe del estado español por no aceptar las condiciones impuestas para que no se convierta en un nuevo héroe del Movimiento Vasco de Liberación Regional (¿era así?). No es él quien ha decidido dejar de tomar alimento, es el Estado el que le ha obligado a adoptar medidas de fuerza. Cierto, él puso la bomba que se llevó por delante la vida de más de veinte personas, pero nada podemos reprocharle; él mismo se pregunta retóricamente si la conducta de la mujer violada se le debe reprochar a ella y no a su violador. La eficacia como metaforista de nuestro buen euskaldún (¿debo recordar que por lo menos el apellido “Chaos” es gallego?) flaquea: creo saber que en la inmensa mayoría de los casos el proceso de victimización de las mujeres violadas no pasa por la comisión de asesinatos, ni por la aplicación de la ley del talión. En fin, como dijo Zapatero atribuyéndose en un nuevo acceso de majadería el papel de portavoz oficioso de De Juana, es un tipo que está a favor del proceso de paz y con eso deberíamos quedar satisfechos.

El caso es que nuestro buen patriota nos ayuda a entrar a fondo en un problema clásico. Y es que, aunque sepamos muy bien los propósitos que albergamos cuando cometemos una acción, nunca podremos estar muy seguros de qué alcance va a tener ésta. Se trata de la versión moral del requetefamoso efecto mariposa. [Y de paso anoto que una definición esquemática de la tragedia es la de forma narrativa que demuestra lo fácil que es caer en la cuenta a posteriori de los efectos, sobre todo indeseables, que nuestras acciones han provocado sin que lo hayamos pretendido] El alcance de nuestros actos va mucho más allá de nuestras intenciones, lo cual significa que alteramos per saecula saeculorum el desarrollo de los eventos del universo, tanto cuando pelamos una manzana como cuando divulgamos un maléfico rumor o acuchillamos varias veces a nuestro objeto de odio. Si el Estado decide oprimir las legítimas ansias de libertad de Euskalherría, la respuesta de los más aguerridos de sus mozos, el asesinato, debe ser reprochada exclusivamente a un estado opresor que sin duda no ha sido capaz de calcular los últimos efectos de su afrenta. Es decir, que la única instancia que actúa es el Estado: De Juana sólo ha re-accionado y proseguido la infinita cadena de causas y efectos que el Estado, en su inconsciencia, ha desatado.

Ahora bien, llegados al reparto de responsabilidades, el Estado y De Juana sostienen tesis opuestas. El primero, ejerciendo el poder que tiene como monopolizador de la administración de penas, re-acciona sentenciando al etarra al cumplimiento de casi veinte años de cárcel por sus asesinatos, y luego a otras condenas menores por sus amenazas. El segundo, quien, como ya hemos visto, no se atribuye responsabilidad alguna en sus actos, re-acciona con una medida de presión propagandística: una huelga de hambre, porque “no tenía más remedio”. ¿Cuándo parará la cadena? Nunca, amigos. Ninguna de las dos instancias renuncia a su sentido de la superioridad moral porque se ven impelidos, por así decirlo, a continuar; a los demás no nos queda más remedio que escoger bando y juzgar el caso desde sus presupuestos.

¿A qué me recuerda esta exposición de hechos? ¡Ah, sí, ya caigo! Si no me equivoco, fue ese otro benefactor de la humanidad, Juan José Garfia, quien, convertido en un actual Heráclito, recurrió a esta teoría de los opuestos para, si no justificar, explicar su curiosa conducta de asesinar a escopetazos a tres seres humanos durante una noche tenebrosa. “Vosotros estabais en un bando, y yo en el otro”, explicaba en un breve texto publicado en El País.

Y sigo haciendo memoria, en este caso para explicar mis propios sesgos a la hora de entrar en estos complicados asuntos. Cuando en mis años de adolescencia me tocó leer y estudiar el Cantar de Mío Cid, me causó alguna impresión la observación de su actitud tras ser afrentado por los infantes de Carrión. En el cantar, éstos personajes, recién casados con las hijas del héroe, doña Elvira y doña Sol, y espoleados por el resquemor que padecen a causa de su propia cobardía en la batalla, deciden humillar al Cid maltratando y abandonando a las dos jóvenes esposas en el robledal de Corpes. El rey es impelido por el Cid a hacer justicia convocando su corte en Toledo, donde éste expone su agravio y a consecuencia de lo cual los malvados infantes, junto con su hermano Asur Gonzáñez recibirán justicia mediante una derrota oficial en duelo. Menéndez Pidal explica doctamente que:



La venganza, pasión fundamental en la epopeya, desde Homero en adelante, venía impuesta al Cantar de Mío Cid por la escuela juglaresca que la trataba en forma cruelmente sanguinaria (…) Nada de esto sucede en el Mío Cid; las heridas y afrenta con que los de Carrión repudian a sus mujeres no son castigadas mediante una venganza directa, sino mediante un juicio solemne ante la corte del rey y un duelo decretado por el soberano. El Cid, último héroe que florece en la epopeya romántica, anuncia una edad nueva: su honor se restaura mediante un duelo judicial, rematado, no con la muerte de los traidores, sino con la declaración legal de su infamia

En otras palabras, el Cid desvía el curso clásico y esperable de los acontecimientos derivándolo a la administración de justicia. No es a través de él como se perpetuará la infinitud de re-acciones, sino de unas instituciones a las que se les concede el poder y la fuerza suficientes para que pronuncien la última palabra. Esto, políticamente, es incompatible con la tiranía; además, formaliza un término para la lucha de opuestos. No seguir este camino es acabar cada dos por tres en Puerto Hurraco.

miércoles, 18 de abril de 2007

¿Tú también, hijo mío?


Creo que las célebres últimas palabras de Cayo Julio Cesar expresaban algo más que la indignación ante la traición de su prohijado, algo más que se imponía incluso a la conmoción ante la inminencia de la muerte a puñaladas: la incredulidad de la víctima al adivinar la intención de su asesino.

Cada uno de nosotros podría hacer una breve lista de personas cercanas a las que les concedemos, sin demanda alguna por su parte, el poder de herirnos por su simple voluntad. Si estas personas nos insultan o nos hacen una zancadilla lo que nos afecta no es la afrenta, sino el deseo de afrentarnos. Les bastaría con la expresión de su voluntad de dañar para provocarnos el dolor.

Prueba a hacer tu lista. Piénsalo bien: no pueden ser tantos.

martes, 3 de abril de 2007

Hablemos de sexo

Nunca pasa mucho tiempo antes de obtener nuevas pruebas de que el sexo es seguramente la mayor obsesión de los especímenes humanos, al menos en las sociedades industriales avanzadas: véase si no la pacata y perturbada reacción del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid ante un inocentón anuncio de Armani Junior.

[Durante la realización de este blog no se ha dañado a ningún animal. Tampoco a ningún niño]

Por decirlo de una vez, creo que no nos atrevemos a afrontar el asunto de la satisfacción libidinal sino de forma sumamente indirecta, considerando la pulsión sexual a partir de sus efectos o de nuestros prejuicios y no del valor de la propia experiencia, lo cual supone una desconsideración con nuestra subjetividad y tiende a valorar y sobre todo enjuiciar una condición cuya naturalidad, sin embargo, nadie podría discutir. Me explicaré, o por lo menos voy a intentarlo, con ejemplos. Si para la iglesia oficial el sexo es una conducta de riesgo de condenación, para la moralidad oficial es una conducta de riesgo de embarazos no deseados o de transmisión de enfermedades. Las conductas sexuales han sido minuciosamente estudiadas hasta tal punto que para cualquier terapeuta equipado con el oportuno manual resultaría sencillísimo encontrar rasgos patológicos en las manías, aficiones o inclinaciones de cualquiera de nosotros. Por todas partes se somete al sexo a un análisis global y grosero sin que siquiera podamos atisbar el alivio de una huida individual.

Siempre hay personas, más o menos armadas de valor o de humor, que nos proponen una fuga de esa clase, o por lo menos una invitación al librepensamiento. En el prólogo a una edición reciente de la Psychopathia Sexualis de Krafft-Ebing (el título es suficientemente transparente: se trata del primer intento, en 1886, de clasificación y descripción de las "desviaciones sexuales"; y, para decirlo todo, es un libro interesantísimo que merecería un atento post), el erotómano oficial del reino Luis García Berlanga proponía al lector, a modo de ejercicio, resumir por escrito y a la amena manera del alemán la autobiografía erótica. Es un modo de reconocer lo difuso del límite entre normalidad y anomalía, sobre todo tratándose de un asunto sobre el que todos hacemos muchos chistes pero rara vez abordamos de frente.

Tranquilos: tampoco es cuestión de ponerse pesado incitando a una franqueza que puede acabar resultando dañina para una materia tan sutil como el erotismo, uno de cuyos ingredientes más frecuentes y acaso deseables es un cierto grado de intimidad y de progresiva iluminación acerca de uno mismo y de los demás, dependiente de la experiencia y no de la discusión en el foro. Pero éste es, en fin, otro tema.

A lo que iba: he encontrado una propuesta mucho mejor que la ofrecida por Berlanga. Se trata de unas memorias rigurosamente verídicas a cargo de una tal Catherine Millet, La vida sexual de Catherine M. La contraportada nos promete que la autora es "una figura de gran prestigio en el ámbito de la estética, autora de ensayos y monografías sobre artistas contemporáneos".

¿Qué incita a esta buena mujer a la exposición pública de su sexualidad bajo todos sus aspectos? ¿Exhibicionismo? ¿Afán de notoriedad? ¿Un dinerillo fácil? Cuando la leemos lo comprendemos todo. Al margen y tal vez por encima de su trabajo o de su familia o de lo que se quiera sugerir, para la Millet el sexo ha sido su principal afición, interés y actividad. Se ha dedicado a él con una disposición moral y física que hace sombra a la de todos los libertinos de los que yo haya podido tener noticia. Siempre se ha tratado, no hace falta aclararlo, de una actitud honrada y casi siempre diferenciada del sentimiento amoroso. De modo que escribir un libro sobre su vida sexual es una consecuencia tan natural como lo puede ser para García Márquez esa manía suya de dar la lata escribiendo sobre sus amigos importantes.

No he sido justo al describir el libro como unas memorias. A pesar de que la materia sea la descripción de sus experiencias, la obra está planeada de una manera que más bien se asemeja a un ensayo en el cual las partes narrativas o descriptivas ocupan mucho menos espacio que las consideraciones que le merece lo vivido. Aunque tampoco se dedique, precisamente, a realizar una extensa divagación que por lo demás sería poco interesante. Más exacto es creerla una sana observación de sí misma, aderezada por un conjunto de consideraciones adicionales, de lo que tonta y periodísticamente podríamos llamar "el motor de su vida".

Sorprende su manera franca de entrar en materia. Ya el primer capítulo del libro se titula, significativamente, El número. Y es que son cientos (¿o miles?) los hombres con los que ha mantenido algún tipo de relación erótica. Millet ha practicado con la determinación de un deportista el sexo en grupo, a menudo simultaneando la atención a dos hombres o más. Un episodio chocante nos cuenta cómo ella, en la zona de carga de una furgoneta, follaba por turno con cada uno de los desconocidos que hacían cola en el exterior del vehículo, previamente animados y organizados por su compañero. No le importan sus identidades (a menudo prefiere no saber quién la penetra o a quién realiza una felación) ni las prácticas a realizar, y sus preferencias estéticas son suficientemente laxas —hecho curioso habiéndose tratado de una joven muy atractiva— como para no haber parado de regodearse durante toda su vida adulta.

[La Millet, inspirándose]
Para quien crea que un tema se puede agotar o puede perder el interés a fuerza de escrutarlo, el libro de la Millet debería suponer una refutación cabal. Todas las circunstancias: los lugares, las partes del cuerpo, la privacidad, el ámbito laboral, los amigos y amigas, las palabras; todas las circunstancias, digo, merecen de su parte una serie de consideraciones la mar de interesantes, y muy bien redactadas por cierto en una prosa exacta, vacía en general de elementos sentimentales y sensuales (con excepciones como esas memorables páginas en las que refiere detalladamente su técnica felatoria y las sensaciones que le produce). Sus guías son la inteligencia, gracias a la cual elude caer en el muy francés vicio de la pedantería y el escamoteo del patetismo. Al leerla he recordado a menudo, por la calidad de la materia introspectiva y lo logrado del tono, obras tan admiradas como La conciencia de Zeno.

Y volvemos al principio y a mi preocupación amoralista. Por lo que yo sé, La vida sexual de Catherine M es el primer libro que logra abarcar tan ampliamente la experiencia erótica de una persona sin entrar en distingos culpables que en su caso serían insinceros (culpable yo o culpable esa otra persona que tan mal me trató...) y que restan dimensiones a hechos y conductas que en la práctica nunca se avienen a esa ingenua manía psicologizante de establecer normas. Porque ella es así: acaso muy distinta al lector, pero coherente al fin.

Lo mejor es buscar un ejemplo. Apenas púber y aún muy inocente, Catherine es sobada por el rijoso abuelo de una amiga. Tras la descripción de la escena, narra una conversación con ésta última:

"Por la noche, en la cama, le conté el episodio. También la había tocado a ella. Al hablar nos mirábamos directamente a los ojos para medir en la mirada de la otra la magnitud de nuestro descubrimiento. No nos cabía duda de que el abuelo estaba haciendo algo que era ilícito, pero el secreto que él nos empujaba a compartir valía mucho más que una moral cuyo sentido, de todos modos, no estaba más claro"

En esta cita se esconde una verdad literaria, un descubrimiento para un lector de sensibilidad entumecida por los telediarios, los consultorios de las revistas y las campañas institucionales. Ningún subrayado del estilo de "jamás volví a ser la misma" o "¡ese hombre era un monstruo!". En apenas unas líneas yo encuentro una muestra de honestidad de la autora, una realidad más real y más verosímilmente cercana a la experiencia de una adolescente de la que se abusa que la de tantos testimonios recogidos en una prensa ávida de confirmar diagnósticos, de encontrar culpables y sobre todo víctimas para las faltas efectivas y aún para las más inventadas y arbitrarias.

Catherine Millet no se defiende ni merece reprobación alguna, porque no tiene un problema moral. Tampoco requiere nuestra comprensión porque, aun sabiendo que su conducta es infrecuente, no la siente como impropia ni anómala; por lo tanto no lo es. Y yo, que soy más bien incapaz de separar la experiencia sexual de la emoción amorosa —exactamente al contrario que la intrépida autora—, aprendo a ver actitudes como las descritas sin un ápice de extrañeza ni condescendencia. ¿Qué más se puede pedir a un libro de memorias?

lunes, 2 de abril de 2007

Hoy tocan lecciones

Magnífico artículo de Fernando Savater...
...y no menos magnífico artículo de Eduardo Mendoza.

La razón de la sinrazón...

Cada día, según voy leyendo sus posts y artículos, me voy convenciendo más de lo inteligente que es Arcadi Espada y de lo certero que acostumbra a ser en sus observaciones. Comento un aspecto de su última carta, acerca del debatido libro de Ian Buruma:

“Lo importante y fatal, sin embargo, es que el ensayista desdeña en este punto la naturaleza humana y las recientes investigaciones sobre ella. Aunque se comprende la inercia. La literatura lleva siglos ocupándose de las ideas malignas. Pero apenas nadie escribe sobre las características biológicas de los sujetos donde prenden”

Acierta al denunciar esta tradicional falta en la reflexión ética, pero no del todo. A pesar de que es importante y, al parecer, se están haciendo progresos en la investigación de los procesos ¿biopsíquicos?, un ensayo sobre la violencia sectaria ha de centrarse de forma natural en lo distintivo de esa violencia, que es el sectarismo. El punto de partida de toda ética es admitir la posibilidad, cuando menos parcial, del libre albedrío. Sobre lo que no es libre albedrío, vale decir sobre lo biológico, no podemos intervenir y por lo tanto poco cabe decir: cualquier esfuerzo se antoja, de momento, estéril. A la biología no se la convence; a la razón sí. Por eso necesitamos el ensayo humanístico, con toda su inercia de siglos de aparente desprecio por la ciencia; por eso desconfiamos de las emociones y de los sentimientos, y preferimos justificarlas, razonarlas, antes que admitirlas.

La apuesta, al menos en nuestra tradición cultural, es por la lucidez, porque sabemos (o creemos saber) que en la medida en que razonamos reside nuestro monto de libertad personal. ¿O no?

jueves, 29 de marzo de 2007

Ruedan cabezas


[La reina Gorgo no se esperaba ser así de bella]

Así es, literalmente. En 300 la representación más cabal de la muerte, la que no deja ninguna duda de que el deceso se ha producido, es la visión de la cabeza segada, cayendo a cámara lenta para que podamos recrearnos en los detalles anatómicos de la víctima: mira, mira, ahí está la médula y ese hueco es la traquea.

Por lo demás, es una película que ha procurado con tanto ahinco convertir en virtud su origen tebeístico que en muchas de las escenas, sobre todo las que se recrean en imágenes de los hombres en formación, más nos parece asistir a una sucesión de tableaux vivants que a un drama bélico. Al ver el forzado estatismo de muchos de los planos he recordado las representaciones del mundo antiguo en el cine mudo: Intolerancia, el primer Ben Hur, alguna de las películas de De Mille...

A la película, eso sí, no le podemos negar coherencia ideológica. El guerrero convencido de su lugar en el mundo adoptará la lógica del sacrificio de sangre, del honor de la batalla y del culto a la posteridad que en 300 se expone ardorosamente. Sólo en un filme bélico y polémicamente belicista, Starship Troopers, he disfrutado de una sana distancia irónica respecto de las hazañas exhibidas en pantalla.

Ah, sí, la oficialidad iraní ha puesto el grito en el cielo contemplando en clave contemporánea una película ambientada, por ofrecer un dato, unos diez siglos antes del advenimiento de Mahoma. No está mal como ejemplo de paranoia propagandística. Y me viene a la memoria una curiosa afirmación de Borges, en la que explica que nuestro repudio de las guerras siempre se refiere a las que se han de librar en el futuro y que, por ejemplo, él se alegra de que los griegos hayan derrotado a los persas. Donde se adivina, más que nada, un regusto por la herencia recibida y una afectada ignorancia del relativismo cultural. Cosas de Borges.

Al hastío con que se llega a contemplar alguna de las escenas contribuye no poco el apreciar las posibilidades de la informática aplicada a una artesanía tan espectral como la cinematográfica, y sobre todo las limitaciones. Lo siento, pero muchos de los escenarios no engañan; una pátina de irrealidad, de inverosimilitud mejor dicho, perturba la apreciación de unas escenas probablemente más aptas para ser vistas en una pantalla de televisión que en el cine.

El verdadero espectáculo es anatómico. ¡Qué cuerpos! ¡Qué machos! ¡Y qué hembras! A ver quién se apunta conmigo al club de fans de Lena Headey.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Una de Almodóvar

[Antonio trata a las mujeres como se merecen... Ella acabará por comprenderlo]

Zapeando, tropiezan con una escena de "Átame".

Él: A riesgo de que me llames cascarrabias, te diré que cuando Almodóvar hizo esta puta mierda de película, a casi nadie se le ocurrió decir que era la cosa más machista, misógina y abominable que se había visto en años. Ni siquiera se movieron las feministas pedorras que se dedican a mirar con lupa los anuncios de la tele por ver si se encuentran con un remoto matiz sexista y tal. Para todos esos memos, Almodóvar seguía siendo "un gran observador de las mujeres".

Ella: Eres un cascarrabias.

Él: Y eso que no he empezado con Zapatero...

viernes, 11 de agosto de 2006

Galicia Caníbal

Transcribo parte de una conversación telefónica mantenida hoy con un amigo gallego, Anxo Forcarei.

—Hombre, qué sorpresa.

—Qué, ¿cómo os va por ahí?

—No me puedo quejar, porque aquí aún tenemos árboles sin calcinar. ¿Qué tal se vive entre el humo y la ceniza?

—Con ganas de relativizarlo todo, pero sin energías para hacerlo. Lo que veis en la tele es una muestra homeopática de lo que te encuentras por la carretera.

—Tranquilos, que ya han ido Zapatero y Rubalcaba por ahí, ya todo está solucionado…

—Bueno, algunos se han creído que abuchear a Zapatero era una buena manera de combatir el fuego.

—Qué curioso. A Zapatero lo abuchean porque ha ido a hacerse la foto, pero a Aznar, que apenas compareció cuando lo del Prestige, le criticaron muchísimo por no haber ido a hacerse la foto.

—Lo pusieron «podre». Lo de Zapatero de ahora es, evidentemente, un ajuste de cuentas por las últimas veces que han reventado actos a Rajoy los de la UGT o el PSOE. El caso es que venimos a parar en que si vienen a hacerse la foto, mal. Si no se la hacen, también mal. Ya estamos de acuerdo en algo: el acto de presencia no hace nada; ni siquiera queda bien en el telediario.

—Mejor harían abucheando y denunciando a los causantes de los fuegos.

—¡Huy, eso nunca! Tendrían que hacerlo señalándose a sí mismos delante del espejo.

—No te pases, no te pases.

—No me paso. Lo de este año puede ser extraordinario, pero por lo concentrado. ¿Acaso no te das cuenta de que en Galicia se da la mayoría de los incendios de España? Sólo nos sigue en salvajismo Cataluña. Lo que está ocurriendo esta semana es lo que viene sucediendo el verano pasado, el anterior, el anterior, el anterior… Forma parte de nosotros. Mi sorpresa, ya ves, es parcial.

—Hablas así porque te has deprimido con este tema. Lo que tiene que ocurrir es el descubrimiento de las tramas que hay detrás.

—¿Qué tramas? O, mejor dicho, ¿qué importancia tienen? Lo que ocurre nos ocurre porque lo hacemos todos. No tenemos el menor amor por la naturaleza. Al menos los gallegos.

—No es precisamente ése un rasgo que os suela distinguir.

—Sí, hemos vendido el mito del gallego en comunión con la naturaleza, pero mira qué montes tenemos. No hablo de la chamusquina de ahora, sino de nuestras arraigadas costumbres de destrucción de los parajes naturales. Quizás Pepiño el de Curtis no pegue fuego al monte, pero sospecha acertadamente que Manoliño, que vive dos casas más allá, sí lo hace, y calla la boca, y seguramente envidia su suerte. Los mismos que proclaman su amor por el monte se parecen bastante a quienes se hacen la casiña en cualquier parte (porque, claro, no hay planes urbanísticos) con todo lo que eso trae. Los que proclaman el carballo como el árbol nacional de Galicia se parecen bastante a los que plantan en sus montes eucaliptales sin control alguno (así el eucalipto se puede propagar a sus anchas por todas partes, como una plaga). Los que se indignaban con grandes aspavientos por la catástrofe del chapapote se parecen mucho, pero que mucho, a los que convierten las playas en estercoleros celebrando la noche de San Juan. Los que te cuentan, guiñándote un ojo, que son muy sutiles porque tienen mucha retranca gallega se parecen mucho a los que arreglan sus asuntos a berridos en el trabajo. Y tú no te rías, que has sido uno de nosotros durante varios años.

—Me río porque te pones muy gracioso cuando te indignas. Pensaba que si Castelao viviera hoy, debería dedicar uno de sus «retrincos» a «Manoliño, o incendiario».

—No es mala idea. Daría de lleno en el verdadero carácter gallego.

—Ya sabes que a mí eso de los caracteres por territorios me parece una majadería.

—Porque no te das cuenta de que para que algunas cosas existan basta con enunciarlas. Por ejemplo, una nación. Atiende lo que te digo. La identidad colectiva (no hablo de conciencia nacional porque sé que te pones nervioso) siempre, pero siempre, tiene una porción de soberbia y otra de agravios. Da igual que los agravios sean reales o míticos, eso es lo de menos, pero de las dos cosas tiene que haber. Hasta hace muy poco esa identidad era embrionaria, o demasiado fragmentaria. Un poco de la mentira de la herencia celta, otro poquito del pueblo sacudido por la miseria, la emigración, la explotación por los forasteros, etcétera; luego unas poesías de Celso Emilio Ferreiro («o pobo quere terra, a terra quere pobo») por aquello de darse pisto, y fuera. Nada más. Pues llegó el Prestige para terminar de constituir la identidad gallega. Una juventud pujante que pudo agarrarse al acontecimiento gracias a lo nefasto de los gobiernos de Fraga y Aznar. Madrid y cierta jerarquía gallega, los «malos gallegos», se convertían en culpables. A manifestarse a Madrid. El grito, más o menos, era: «nosotros no nos merecemos esto». Y es verdad: ¿quién se merece un Prestige? Bueno, pues miles de familias pegan en sus ventanas el cartelito de Nunca Máis y se enteran así de que la cosa puede funcionar. En seguida llegan las componendas: los informativos se llenan de imágenes de pescadores diciendo que «mexan por nós e din que chove», famoso adagio que, por cierto, si a algún botarate se le ocurre repetirlo con motivo de los incendios, prometo que le sacudo con un palo. Sigo con las componendas: Madrid se inventa el Plan Galicia, que es como una petición de disculpas. Los gallegos entienden el mensaje: si prometen una millonada en inversiones, será porque nos la merecemos, porque somos el pueblo castigado. Y la campaña electoral gira, más que acerca de lo patético de Fraga, sobre conceptos como el de «deuda histórica». Tan es así que no sólo se agarran a ello los nacionalistas. ¡El mismísimo Acebes habló de la deuda histórica en Pontevedra! Y en éstas estamos.

—Tenemos lío. ¿Has visto los titulares de El Mundo? Me refiero a que están hincando el diente en la cuestión lingüística.

—Cada cual a lo suyo…

—En un editorial decían que se podía dar la paradoja de que se admitiera en las brigadas de extinción de incendios a un belga o un alemán que acreditasen haber pasado los cursos de gallego, pero no a un español que no los tuviera.

—Ya, pero es que no llegan al fondo de la cuestión. Lo que dicen es cierto. No es necesariamente negativo, pero es cierto; sólo es la mitad del problema.

—Pues ya me estás explicando la segunda mitad.

—A ver… Me parece de lo más normal que quien aspire a una plaza de empleo público en Galicia tenga que acreditar que sabe gallego. La razón es muy simple: el gallego es un idioma perfectamente vivo y en buen uso por parte de una porción enorme de la población. Esto tú lo sabes perfectamente.

—Aceptado.

—Pues eso, que por mí ningún problema. Ahora bien, ¿por qué no se exige acreditar un conocimiento suficiente del castellano?

—Cierto. Es un idioma con una implantación incluso mayor que el gallego.

—Sabemos que en la práctica no hay casos así, pero un belga que sepa gallego y no castellano es tan apto, o inepto, para un trabajo público como un madrileño que no tenga ni idea de gallego.

—¿Oyes esto?

—Sí. ¿Qué haces?

—Estoy aplaudiendo. Y cuando colguemos voy a escribir un post.

lunes, 7 de agosto de 2006

Dejar de matar matando

Aprovechando la tradicional tendencia minimalista del mes de agosto según la cual todo debe ofrecer menos calidad, El País ha iniciado una serie de «crónicas de la vida» dedicada al País Vasco de la era de la esperanza. Vistos los capítulos de ayer y de hoy, encontramos una especie de reclamo turístico a base de impresiones joviales a cargo de la redactora, Tereixa Constenla —un apunte: en qué mazmorra han encerrado a mi añorado José Luis Barbería?—: entrevistas a aizkolaris y a humanísimos domadores de perros que no trabajarían para dueños que fueran a maltratarlos, el Guggenheim como imagen de una Euzkadi pujante y modernales, las tácitas normas de las cuadrillas bilbaínas de amiguetes… Por supuesto, no se habla de política, no sea que se vaya a estropear la armonía del paisaje. Las ilustraciones, abigarradas de buenos y sonrientes vascos, parecen aptas para un álbum familiar.

En general, creo que los juicios de intenciones son un grave pecado y una descortesía para con los demás. Sin embargo, no soy capaz de enjuiciar esta serie de reportajes si no es practicando esta misma descortesía. Porque unos textos tan inanes, tan insípidos, tan inofensivos y acaramelados no son justificables en un periódico «de referencia»; ni siquiera son explicables si no es partiendo de los propósitos del autor.

Me explicaré mejor si intento glosar la primera frase de la entradilla (vulgo «lead») del primero de los reportajes: «Nadie quiere echar las campanas al vuelo, pero desde hace tres años, los vascos respiran mejor y ríen más». Sin duda, lo más relevante, el único dato cierto e inapelable que nos ofrece la frase es temporal, «desde hace tres años». Notemos que para Tereixa el momento relevante de cambio no es la declaración de tregua indefinida de ETA, sino el momento desde el cual no comete asesinatos. Podríamos iniciar una discusión acerca de si verdaderamente podemos afirmar que ETA ha dejado sonreír a los vascos a lo largo de los últimos tres años, pero me interesa ceñirme a un plano, si se quiere, más formal.

La versión jocosa de la novela «La conciencia de Zeno» es el chiste que dice así: «dejar de fumar es facilísimo; ¡yo lo hago veinte veces al día!». La versión trágica es la ofrecida en su entradilla por Tereixa Constenla. ¿Qué hizo ETA hace tres años? Dejar de matar, ¡cómo no darse cuenta! Irrebatible lógica, pero que no repara en que ETA dejó de matar en el justo momento en que mataba a Bonifacio Martín y a Julián Embid. Como dos caras de una misma moneda, la realización de un acto independiente y la omisión del mismo se dan la mano en el instante en que el acto termina de realizarse. ¿Perogrullada? Pregúntenselo a Tereixa. Si aceptamos la docta sentencia de la redactora, podemos calcular en aproximadamente ochocientas las ocasiones en que ETA ha dejado de matar. Lo cual supone una irreprochable voluntad de paz que ni usted, amigo lector, ni yo podemos acreditar. Hale, ya hemos convertido a ETA en los campeones de la no violencia. Debo decir que yo, en este momento, tecleo en el ordenador; cuando deje de hacerlo, habré dejado de hacerlo. ¿Es otra perogrullada? Pero hay más. Mientras tecleo no miro la televisión, ni leo a Kant, ni hojeo el periódico, ni, claro es, estoy asesinando a nadie. Pero claro, como no soy Txapote, explico estas cosas y la gente se ríe de mí.

A ver si se me entiende: la realización u omisión del acto pueden ser más o menos relevantes, pero para el caso que estudiamos lo que nos interesa evaluar es el propósito del agente. Porque no hacerlo supone el riesgo de dejarnos llevar por la mera facticidad de la acción o de la omisión, no entender nada y escribir un reportaje para El País.

Por si acaso los párrafos anteriores aún resultan oscuros, tomemos la frasecita de marras y sustituyamos la locución adverbial «desde hace tres años» por «desde que ETA asesinó con una bomba a Bonifacio Martín y a Julián Embid» y veamos el resultado:

«Nadie quiere echar las campanas al vuelo, pero desde que ETA asesinó con una bomba a Bonifacio Martín y a Julián Embid, los vascos respiran mejor y ríen más»

Donde concluimos algo así como que, muerto el perro, se acabó la rabia: la causa de que el ambiente vasco estuviera enrarecido y de que los vascos rieran poco era nada menos que estos dos policías nacionales, cuya molestia presencia en Navarra ha sido erradicada, como la de más de ochocientas víctimas mortales, la de miles de heridos y amargados de por vida, y la de decenas de miles de emigrados a otros lugares del universo mundo, erradicada digo, con precisión de cirujano de hierro por los inevitables morroskos.

Ya sé, ya sé que las intenciones de Tereixa no iban por ahí, pero no he sacado las cosas de quicio. La redactora no quería decir eso, pero ¿se puede saber qué carajo quería decir?

Concluyo haciendo votos para que en el momento en que Tereixa Constenla deje de teclear haga otra cosa: cesar de dejar de leer la «Crítica de la Razón Práctica», donde, creo yo, dejará de no encontrar unas atinadas pautas de enjuiciamiento de la conducta ajena.

domingo, 6 de agosto de 2006

Descanso forzoso


Unas obrillas en casa, efectuadas por unos operarios cuyo apetito de destrucción los hermanaba tanto con los Guns N'Roses como con Conan de Cimeria, me han obligado a desmontar el ordenador y a dejar reposar el blog durante una buena temporada. En fin, si al fin y al cabo soy yo quien lo ha echado más de menos…

domingo, 9 de julio de 2006

Auf wiedersehen!


Sí, amigos: se acabó. Italia ha ganado el mundial de fútbol, y estos son algunos apuntes efectuados con mi típica irresponsabilidad.

Unidad de método
La pregunta parece una de ésas que acaba en chiste: ¿en qué se parecen los periodistas deportivos a los economistas? La respuesta: en que siempre son capaces de predecir con toda fiabilidad… el pasado. Ocurre con las crisis económicas como con los resultados futbolísticos. Basta con empezar una frase diciendo “claro, claro, es normal que ocurra así porque…” y continuar con una batería de especiosas razones, habitualmente desatinadas.

En el caso del deporte, se producían estas explicaciones, muy a menudo de signo contrario, a un ritmo vertiginoso; varias veces a lo largo de un partido y efectuadas por las mismas personas. ¿Que España va ganando a Francia? Está claro que nuestros jóvenes mocetones son técnicamente superiores a los vejestorios franceses, y que el fútbol siempre es generoso con nuestro juego de ataque, y no remunera a los agarrados franchutes. ¿Que Francia nos mete tres chicharros? Claro está que la veteranía es un grado, y que los franceses han hecho valer su superior físico (¡qué altos son, cómo corren!) y su experiencia frente a los aún bisoños pupilos de Aragonés.

Y así todo. Un matiz: los economistas actúan así debido a la reconocida insuficiencia de sus métodos de análisis, mientras que los periodistas deportivos no hacen más que recordarnos que en la naturaleza del fútbol el azar ocupa un lugar importantísimo. Y no se debe solamente a que se juegue con los pies y no con las manos. Más importante es tener en cuenta que un juego en el que los marcadores son tan exiguos cualquier golpe de fortuna (un error arbitral, un rebote raro, un mal día) puede ser tan decisivo como los mismos goles. A ver si nos enteramos de una vez: quien quiera ver un deporte justo, que se aficione al baloncesto, al tenis o al voleibol. Y si son femeninos, mejor.

El medio es el medio; el mensaje no existe
El mundial nos ha permitido ver un fútbol muy distinguido y la peor televisión que recuerdo. En este caso, cualquier tiempo pasado fue mejor. Antes, los programas deportivos seguían un cierto orden, esto es, eran comprensibles para un espectador que sabía qué cabía esperar a cada momento; a menudo eran resúmenes bastante sustanciosos de los partidos, al fin y al cabo lo más importante.

Ahora se ha impuesto otro modelo. Para que el espectador no sienta la tentación de cambiar de canal, se trata de sorprenderlo siempre y, sobre todo, de producirle la impresión de que en cualquier momento puede llegar «lo bueno». No hay orden real ni aparente: los totales y las crónicas de los partidos se entremezclan sin ton ni son; los resúmenes de los partidos se han reducido a simples radiografías consistentes en imágenes de los goles, a ser posible tan escuetas como para que no se pueda apreciar las jugadas que los precedieron, y en montajes «ágiles» (vale decir, sincopados y estupidizantes) con los gestos de un jugador cuando falla un regate, marca un gol, o llora porque ha perdido. Mención aparte merecen los larguísimos, agotadores, aburridísimos reportajes en los que los corresponsales de los países participantes se zambullían en las algazaras correspondientes a las victorias, ya fuera en París, Roma, Lisboa o donde fuera; o los larguísimos, agotadores, aburridísimos reportajes en los que se nos contaba con todo lujo de detalles cómo había viajado a Alemania la hinchada española y la sana diversión que la caracterizaba.

Alfredo fue uno de mis compañeros de piso durante mis estudios en Salamanca. Había jugado al fútbol bastante, creo recordar que incluso federado, con el equipo de su pueblo. Una vez hizo una pregunta fundamental. Seguíamos en el telediario la narración de una de las frecuentes reuniones de ejecutivos de la UEFA. La imagen los mostraba: en su mayoría hombres, gordos, encorbatados, desparramados en sus sillones, fumando puros, decidiendo las primas a los equipos ganadores y cosas así. Alfredo, con una característica mezcla de candidez y malicia que en nadie más he encontrado, dijo: «pero a estos tíos, ¿les gustará el fútbol?». Pues lo mismo me pregunto yo al ver la horrible televisión deportiva de estos mundiales. A los que cometen semejantes programas, ¿les gustará el fútbol?

Lasciate ogni spera
España ha vuelto a conocer, siguiendo su destino con edípica precisión, sus límites fatales. Tengo una hipótesis bastante poderosa para explicarlo. El problema de nuestra selección no es que pierda siempre que llega a un determinado nivel (digamos los siempre temidos cuartos de final), sino que nuestra selección no es capaz de ganar a equipos tradicionalmente competitivos (digamos Italia, Francia, Brasil, Alemania, Inglaterra… Añadid los que queráis). Cierto es que no siempre es así: a veces perdemos contra equipos notoriamente inferiores (digamos Nigeria, Corea… Añadid, añadid sin miedo). Creo en suma que el problema no es práctico sino trascendente, más apto para un ensayo de Ortega que para las capacidades del Aragonés de turno.

Adieu, Zizou
Adiós, Zidane. Es hermoso haberte visto.

[No, no es Zidane, sino el blogmaster con una camiseta de Zidane]

lunes, 3 de julio de 2006

Sin comentarios - Sen comentarios


[Aquí la víctima]

Me lo ha contado hoy mi amiga Xema. En el Telexornal de la Televisión de Galicia dijeron, más o menos, lo siguiente: «el accidente en el metro de Valencia ha causado más de treinta muertos. Tenemos una mala noticia: una de las víctimas era gallega».

domingo, 2 de julio de 2006

Mira tú


Me he preguntado a menudo por qué los relatos de decadencia nos resultan tan interesantes. Y he llegado a una conclusión tan débil que sólo sirve como razón fragmentaria y parcial, y por si fuera poco transitoria; no creo que pueda aplicarse a épocas distintas a la actual. Y es que opino que la imagen que ahora nos ofrece la decadencia está muy mediada por la imperante estética posmodernista, y, como todo el mundo debería saber, el posmodernismo se basa en la ironía. Comprobar cómo los grandes valores, costumbres y fortunas sostenidos durante generaciones pueden venirse abajo, viene a confirmar nuestra sospecha absoluta —y rabiosamente actual— de la imposibilidad de la perduración. [Notad que digo «imposibilidad de la perduración» y no «fugacidad de todas las cosas». Todo hincapié en el ingrediente corrosivo de estos tiempos se queda corto]

Claro, me refiero a las decadencias más elegantes, cosmopolitas y lúcidas, no a las lentas consunciones galdosianas con personajes memos de mesa camilla, sustancia en el cocido y misa de ocho. Galdós sabía, y asumía la labor en toda su dificultad, que el lector podría simpatizar con protagonistas con quienes no tomaríamos ni una caña en virtud de su humanidad misma y no de la equivocada y elevada idea que de ella tenemos. Don Fabrizio de Salina, sin embargo, no necesitaba apelar a la empatía ni a la piedad de sus lectores (ni mucho menos de los espectadores cuando lo encarnó para el cine nada menos que el gallardo Burt Lancaster): culto, lúcido y todavía riquísimo, su melancolía era de un género distinto a la del iluso y pobretón cesante Ramón Villaamil.

Un documental venía representando a mi parecer el primer tipo de decadentismo. Se trata de «El Desencanto», que se refocila en las patológicas relaciones familiares entre los deudos del poeta Leopoldo Panero. A cada ocasión en que lo he visto —han sido muchísimas— ha vuelto a despertarse en mí un mórbido gusto por los intentos de cada uno de los miembros de la familia de comprender sus hechos y circunstancias en un discurso razonable. Unos lo intentan con más denuedo o desesperación que los otros, y seguramente todos acaban siendo conscientes de sus respectivos fracasos. Felicidad Blanc, esposa del difunto, que al principio hace un relato muy en el tono de quien despliega su álbum de fotos de familia, acaba perdiendo los nervios cuando irrumpe el vástago Leopoldo María. Éste, aún no totalmente devorado por su egotismo psiquiátrico, asume convincentemente el papel de hijo incomprendido y genial. Juan Luis, el más despistado de todos, procura crear un personaje de poeta sarcástico aficionado al mot juste, pero desaparece cuando la película toma forma siguiendo un camino inesperado. Por último, Michi, el más consciente de lo que se cocía detrás de las cámaras, aporta el discurso del desapego y la melancolía; en sus palabras, el de los Panero es «un fin de raza astorgano, nada wagneriano», frase suculenta si antes la despojamos de su evidente sobrecarga de self-consciousness. En fin, una película interesantísima y apenas estropeada —sin duda gracias a su carácter de hallazgo casual— por una ineptitud, la del director Jaime Chavarri, que llega incluso al incomprensible título.

Pues hoy mismo he vuelto a ver otro curioso documental que ya hace unos meses me había llamado mucho la atención: «El encargo del cazador», emitido en televisión en recuerdo a su director, Joaquim Jordá, fallecido la semana pasada. Narra, usando testimonios de allegados y en menor medida documentos del momento, la vida de un curioso personaje de quien apenas sabía nada antes, Jacinto Esteva. Típico retoño de la alta burguesía tardofranquista catalana, abandonó sus estudios de arquitectura para dedicarse al cine experimental y a disfrutar de la vida con amiguetes igual de burgueses que él en esa mezcla de diversión y rebeldía con sordina que debió de ser la gauche divine. Con Ricardo Bofill, Pere Portabella o el propio Jordá se inventó eso de la Escuela de Barcelona, ahora analizable en términos sociológicos antes que cinematográficos. Sin embargo, entre las cualidades de su favorecida naturaleza no figuraba la constancia; abandonó el cine y afrontó la vida como todo un diletante: pintaba, fotografiaba, escribía, cazaba elefantes —¡noventa y dos!— en África, traficaba con marfil y, casi, con diamantes, se emparejaba con distintas compañeras —a todas ellas se les puede columbrar un curioso parecido físico entre sí—, todo ello sin poco ni mucho orden o concierto. Porque, según parece, lo único que hizo con un rigor digno de mejor causa fue acumular vicios como las timbas, el alcohol y probablemente «otras cosas». La minuciosa descripción que se hace de sus últimos tiempos es agobiante: aplastado por el suicidio de su jovencísimo hijo; en brazos de sus diversas adicciones; incapaz de acabar nada; entregado con una conciencia cada vez más clara a su propio desmoronamiento. Murió como era de esperar, demasiado pronto y dejando a todos con la amargura de saber que alguien tan generosamente dotado estaba destinado a más altos fines.

La verdadera herencia de Jacinto Esteva es, pues, la película realizada por uno de sus amigos de juventud. Aunque su tono y su tema las emparenten, «El encargo…» no es «El desencanto» ni, afortunadamente, Joaquim Jordá es Jaime Chávarri. Para empezar, el director catalán es del todo consciente de sus propias intenciones y del material que maneja. Su aproximación a la gauche divine es de lo más honrada: lejos de imponer su propia descripción, reúne a los viejos camaradas del Bocaccio para ponerlos a hablar en corrillos de los que nos llegan voces inconexas. Aunque el ojo distingue a Terenci Moix, Román Gubern o Rosa Regàs, las identidades quedan eficazmente amalgamadas en la penumbra de un pub. Unos hablan de aquella época con dulce nostalgia, otros acusan su ingenuidad de entonces, otros (acreedores a mi compasión) afirman audaces que de jóvenes hacían más de todo: beber, revolucionar, follar y tal.

Por lo demás, pocas cosas se han reservado de la vida pública, privada o íntima de Esteva. Ni su agresividad cuando se emborrachaba, ni su desmedida y ruinosa afición al póquer, ni su inmadurez, de la que daba muestra cada vez que podía; acabamos convencidos de que el protagonista poseía todos los rasgos constitutivos de un perfecto adolescente inaguantable. Todos los testimonios son reveladores. Los compañeros de juventud (Bofill, Portabella y compañía) lo tratan con una distancia incómoda y descortés. Sus sucesivas compañeras hablan de él como alguien que las hizo felices, pero a quien había que abandonar a toda costa; está claro que en la paradójica economía de la psique humana el diletantismo es perfectamente conciliable con el carácter excesivo y tempestuoso. Y, tal vez sin que resulte sorprendente, las aportaciones más ineptas vienen de los psiquiatras que en uno u otro momento le trataron. Nos hacemos así con todos los elementos para fabricarnos otra atractiva y ejemplar historia de decadencia y ruina humanas, uno de esos entrometidos apólogos que las porteras de los artículos costumbristas empiezan a contar diciendo «mira tú lo mal que acabó, con lo listo que era». Y nosotros escuchamos embargados por una fascinación atávica. ¿Para aprender a evitar la senda emprendida por Jacinto Esteva? ¿Para sentir lástima? Qué va: para asimilar la lección de la que hablaba más arriba: sic transit gloria mundi.

La colaboración más importante, la más amplia, la que constituye la espina dorsal de toda la película, es la de la hija del protagonista, Daria Esteva. Sus palabras, con seguridad las más maduradas de todas las que escuchamos a lo largo del metraje, revelan al personaje sin hacer burdas reservas ni subrayados patéticos. No cae en el temible, repetidísimo vicio de ofrecer una perspectiva sentimental de la catástrofe. No pretende conquistar al público invocando lo difícil de ser hija de semejante padre. Sus musas son la inteligencia, la lucidez y la reserva de toda tentación interpretativa. El filme, según ella nos explica al final, es su intento de cumplir con el encargo simbólico que el difunto Jacinto (ella siempre se refiere a él por su nombre de pila) le hizo.

Sí, sutil Daria, has cumplido con Jacinto. Por fin podemos conocerlo e imaginar un sentido a su vida. Otra vez podremos entonar la vieja cantinela: «mira tú…».